Goce Femenino

 En el siguiente artículo, Leda Guimaraes desarrolla, articulando viñetas clínicas, lo que Lacan denominó  “goce femenino”, ese goce del cuerpo que se manifiesta como un goce desmedido, sin límites,  no determinado a una zona especifica del cuerpo; a diferencia del goce fálico, un goce cuantificable, localizable y articulado a lo simbólico.

Advierte que cuando las mujeres comienzan a experimentar ese otro goce tienden a asustarse y es ahí cuando la voz del superyó se hace escuchar pudiendo tomar la forma de la injuria: “puta”. Esta voz silenciosa del superyó  puede infiltrar el goce y  manifestarse como “estrago” .

Jacques-Alain Miller en El partenaire-síntoma se refiere a “la mujer lacaniana” : “está enganchada a lo ilimitado, la que se ve arrasada a lo ilimitado es esencialmente la extraviada” afirma.

En relación con el hombre, la mujer puede asumir para él una función escondida, la de “sínthoma”, sin que ella ni él quieran saberlo.

Florencia Vidal Domínguez.

 

Goce Femenino

Una mujer, al referirse a su primer amor en la adolescencia, dice que ella experimentaba algo muy extraño en el cuerpo. Cuando su pareja –un hombre mayor que había sido escogido como objeto de amor a partir de una referencia paterna– se acercaba, a una cierta distancia donde sus cuerpos aún no podían tocarse, todo su cuerpo comenzaba a temblar, sus piernas se debilitaban y sólo con dificultad se mantenía en pie, porque, como ella misma decía, todo su cuerpo comenzaba a gozar locamente. Esa pasión no duró mucho. El efecto de esa experiencia fue una defensa radical contra ese goce. Pasó a vivir dedicada al amor materno por su hija y descartaba constituir una pareja con un hombre porque “es difícil para un hombre vivir conmigo, pues cuando tengo un hombre preciso tener relaciones sexuales todos los días”. La defensa era: vivir sin un hombre.

Ese goce del cuerpo fue nombrado por Lacan como “goce femenino” a diferencia del “goce fálico”. Este último se experimenta de un modo puntual, localizado en un determinado contexto o en zonas específicas del cuerpo; está articulado a lo simbólico, marcado por la castración, por un límite. Es muy diferente del goce femenino, que no conoce límites ni zonas específicas del cuerpo, instituyéndose así como un goce desmedido.

Tanto las mujeres como los hombres pueden aproximarse al goce femenino. Sin embargo, como las mujeres no tienen pene se encuentran más abiertas a la posibilidad de experimentar ese goce del cuerpo. Los hombres tienden a ocuparse y a embrollarse con el funcionamiento de sus penes, que toman como referencia para su masculinidad, poniendo así una distancia al goce del cuerpo. Las mujeres, cuando comienzan a experimentar ese goce del cuerpo, tienden a asustarse por su fuerza incontrolable: ¿será que me estoy volviendo ninfómana? ¿Van a pensar que soy una puta? Temor muy presente en las mujeres ya que la voz del superyó toma, comúnmente, la forma de la injuria: “Puta”.

Son muchas las ocasiones en que una mujer podrá escuchar, desde la voz del superyó, la injuria silenciosa “puta”: cuando se presente muy disponible a las demandas sexuales de los hombres, o si son muchos los hombres con los que transó, o cuando es mujer de un solo hombre pero disfruta del placer sexual por demás, o si la frecuencia con la que desea tener sexo es mucha, o si es infiel al marido, o si usa ropa provocativa, en fin, una lista infinita de situaciones donde una mujer es tomada por su sexualidad. La voz silenciosa del superyó tampoco descansa cuando una mujer desiste de su sexualidad, sea por la vía de la maternidad, sea intentando ser santa o haciéndose la niña ingenua. Freud decía que los grandes moralistas que buscan la santidad son atormentados por la culpa y se sienten los peores pecadores, es decir que reprimir los impulsos sexuales no libra al sujeto de la culpabilidad impuesta por el superyó.

En las mujeres histéricas, la culpabilidad superyoica generalmente se mantiene en el registro del inconsciente. Aun cuando una mujer venga a decir “soy una mujer moderna y, por la tanto, soy dueña de mi cuerpo”, eso no significa que esté liberada de su superyó. La injuria superyoica puede advenir en el temor “pero ¿qué va a pensar él de mí?” o “¿qué va a pensar todo el mundo de mí?”. Así las mujeres proyectan en su pareja, o en “todo el mundo”, la voz de su propio superyó.

El goce femenino es solidario de una vivificación de la mujer, mientras que el goce del superyó conduce a la mortificación. El problema es que la gran mayoría de las mujeres se defiende del goce femenino porque el superyó, vertiente mortífera de este goce, tiende a infiltrarse fácilmente cuando se lo experimenta. En otras palabras, hay en las neurosis femeninas lo que Lacan denominó “estrago”, que corresponde exactamente a la infiltración de ese goce mortífero del superyó en el campo del goce femenino.

Hay relatos de mujeres en los que, si bien dicen de su experiencia en relación con el goce femenino, se trata de un goce femenino fuertemente infiltrado por el superyó y, como resultado, a la experimentación de un profundo éxtasis le sigue un estado de mortificación, culpa o devastación. Otros relatos de mujeres hablan de la experiencia de un estado avasallador poco común. Se trata de fenómenos que indican la entrada en la dimensión de la vertiente mortífera del goce del cuerpo. Así, una mujer no experimentaba ninguna sensación de libido con relación a sus actividades diarias: dar clases en la universidad, atender pacientes, ocuparse de su hijo. Su sensación era que ella no existía, era apenas un semblante de lo que intentaba demostrar para los otros, pues nada sentía en su cuerpo. Ella se sentía una cáscara vacía sin su ser. A la noche, cuando se desocupaba de sus quehaceres y se encontraba sola, experimentaba en su cuerpo la sensación de un horror tan profundo, tan terrorífico que sólo le advenía una significación: voy a morir. Así alternaba dos estados: un estado de ausencia de sí misma, también cuando estaba en contacto con sus parejas; y, cuando se encontraba sola, en contacto consigo misma, experimentaba todo su cuerpo tomado por una sensación de muerte. Este tipo de experiencia no es común: se trata de una travesía en el campo del goce mortificante, lo que generalmente resulta en un efecto de decisión subjetiva de salida del campo del estrago, operando una separación del goce femenino del goce mortificante al que estaba enganchado. Así, una mujer podrá usufructuar la experiencia del goce femenino extrayendo de allí una vivificación, además de pasar a tener condiciones subjetivas para no alojarse en el estrago.

“Sínthoma”

Lacan define el sínthoma (sinthome) como el modo singular de goce de cada uno. Se trata del goce del cuerpo, un goce sin ley que reside en el silencio, un goce esencialmente singular, privado, no transmisible ni compartido. En las neurosis, ese modo singular de goce se mantiene recubierto por la fantasía, al tiempo que es desvirtuado por las defensas, aunque manteniéndose como el eje que subsiste en lo real. Hablaré ahora de la mujer como sínthoma de otro cuerpo: la mujer como sínthoma del cuerpo del hombre. Pero, si ese goce es singular, ¿cómo una mujer podrá ser sínthoma del cuerpo de un hombre?

Cuando un hombre elige como pareja una mujer adecuada a sus condiciones de goce, esa mujer asume para este hombre la condición de funcionar como su sínthoma. Les traigo un ejemplo clínico. Un hombre, que tenía fuertes dificultades para asegurarse su virilidad, se casó con una mujer que le permitía sustentar frente a ella una posición viril. Sin embargo, restaba una cuestión inquietante: el temor de que ella deseara tener un hijo suyo, ya que él no se sentía en condiciones subjetivas para sustentar una paternidad. Cuando la conoció, ella ya tenía un hijo con quien él estableció una relación de compañerismo, satisfactoria para ambos pero que no correspondía exactamente a una posición de paternidad. El sólo pudo apaciguar el tormento relativo al temor de la paternidad cuando su mujer hizo una menopausia precoz, antes de los 40 años. ¿De qué modo esta mujer es sínthoma del cuerpo de este hombre? En la subjetividad de ella tiene que haber algo, ya que sólo después de conocerla pasó a experimentar una posición viril en el campo del sexo y el amor, y se decidió a casarse. Y ella respondió de modo efectivamente acogedor, al encarnar en su propio cuerpo la marca del sínthoma de él, cuando la menopausia precoz instituyó en su cuerpo el impedimento a la paternidad.

De este modo, ellos establecieron una pareja muy bien fijada, de tal manera que podríamos decir que, en este caso, hay una relación sexual, como dice Lacan en el Seminario 23: “Allí donde hay relación (sexual) es en la medida en que hay sinthome, esto es, en que el otro sexo es soportado por el sinthome. Me permito afirmar que el sinthome es precisamente el sexo al que no pertenezco, es decir, una mujer”.

En un texto más antiguo, La dirección de la cura y los principios de su poder, Lacan mencionó el ejemplo clínico de un paciente suyo que había presentado una impotencia frente a su amante y entonces “le propone que se acueste con otro hombre a ver qué pasa”. Esa misma noche ella tiene un sueño e inmediatamente se lo cuenta a él: “Ella tiene un falo, siente su forma bajo su ropa, lo cual no le impide tener también una vagina, ni mucho menos desear que ese falo se meta allí”. Lacan agrega: “Nuestro paciente, al oír tal, recupera ipsofacto sus capacidades y lo demuestra brillantemente a su comadre”. El inconsciente de la mujer produjo un sueño que funcionó para el hombre como una interpretación analítica reasegurándole su virilidad. Lacan señala, en ella, “la concordancia con los deseos del paciente, pero más aún con los postulados inconscientes que mantiene”. Al formular esta concordancia entre la mujer y los postulados inconscientes de los deseos del hombre, Lacan anticipaba lo que posteriormente formuló como mujer sínthoma del hombre.

Casados con el superyó

Hay otros casos de pareja sinthomática en los que se verifica una prevalencia de goce superyoico en la fijación del lazo. Algunos hombres buscan análisis subyugados por las quejas proferidas por su mujer, al punto de presentarse como culpables de todas las cosas de las que son acusados: se presentan alienados en el discurso de su mujer, sintiéndose siempre en deuda con ella, una deuda eterna, inextinguible, frente a la cual sólo él encuentra una posibilidad: torturarse. Uno de estos hombres, cuando se dio cuenta de las artimañas de su mujer para hacerlo sentir siempre culpable, y conociendo algunos términos psicoanalíticos, dijo: “Ahora sé que me casé con mi superyó”, nombrando así la vertiente sinthomática que su mujer encarnaba; él mantenía la convicción de su culpabilidad a pesar de ofrecerle a su mujer amor, sexo, fidelidad, los hijos que ella quería y su trabajo desmedido para aumentar el patrimonio para uso de ella. Este ejemplo clínico da noción del usufructo que la mujer extraía de la posición de sínthoma del hombre. Aunque tal usufructo puede cuestionarse desde una perspectiva ética, es también evidente que la culpabilidad cultivada en él era la condición para que se mantuviera la pareja. No siempre las mujeres se dan cuenta de la importancia que ellas tienen para el hombre en la condición de sínthoma.

Las mujeres, en su propia neurosis, pueden terminar encerrándose en el campo de la devastación. En ese mismo Seminario 23, Lacan dice: “Si una mujer es un sinthome para todo hombre, queda absolutamente claro que hay necesidad de encontrar un otro nombre para lo que el hombre es para una mujer (…) Se puede decir que el hombre es para una mujer todo lo que les guste, a saber, una aflicción peor que un sinthome (…) Incluso es un estrago”. El estrago es el gran tormento femenino en las neurosis, y lleva a la mujer a sentir, pensar y actuar contra su propio deseo de ser feliz en el amor.

En el estado de enamoramiento el estrago podrá advenir bajo el modo de un temor a sufrir, a perder el amor, a ser engañada, desvalorizada, temores superyoicos inconscientes sobre la sexualidad femenina. El estrago acaba produciendo un estado tan aprensivo que la estrategia utilizada por algunas mujeres para apaciguar ese tormento acaba siendo una trampa peligrosa. Muchas veces piensan que, para no perder el amor de su pareja, lo mejor sería convertirse en la Mujer que él desea, respondiendo a las demandas de él, a sus exigencias, y entregarse a ese servilismo de modo incondicional, otorgando a la mortificación su vida, sus posesiones, su ser, su cuerpo y su existencia.

Recibí en mi consultorio una mujer que no entendía por qué no había continuado su carrera universitaria en dirección al doctorado. Se presentó como feliz en su matrimonio, diciendo que había compañerismo y que las decisiones sobre la vida de la pareja eran siempre tomadas democráticamente en diálogos amistosos. El análisis le permitió constatar que esa versión sobre su casamiento, en la cual ella había creído hasta entonces, era una gran mentira. A través de la subjetivación de elementos hasta entonces inconscientes descubrió que los muebles y la decoración de su casa, que había decidido en conjunto con su marido, no correspondían en nada a su gusto, sino exclusivamente al gusto de él. Advirtió que los diálogos que mantenía con su marido eran sólo oportunidades para descubrir lo que él quería a fin de decidir conforme al deseo que ella suponía ser de él. Se dio cuenta de que no había hecho el doctorado para que su marido no se sintiera avergonzado con su propia carrera profesional, que ella consideraba mediocre. También se dio cuenta de que había engordado mucho para no sentirse bonita, intentando evitar el riesgo de desear y ser deseada por otros hombres. Un síntoma que la atormentaba y que había sido motivo de la demanda de análisis –despertaba en la madrugada sintiendo que estaba muriendo– mudó radicalmente: percibió que las reacciones corporales que experimentaba como preanuncio de muerte correspondían a intensos orgasmos, vividos en los sueños. Comenzó así a distanciarse del impulso de entregarse ciegamente a las demandas de su pareja, admitiendo para sí misma sus sueños y deseos olvidados, avanzando en la dirección de vivificar su cuerpo de mujer, antes mortificado por la devastación.

 

·      Texto extractado del trabajo “Mujer, sínthoma del hombre”, que puede leerse completo en Virtualia, revista digital de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Nº 28, julio de 2014,

 

Reseña XXX. Seminario EOL. Carlos Dante García

                 

                             “Finales de análisis”

                                                                Martes 18 de Noviembre de 2014
C.D.G comienza la clase presentando los puntos de coincidencia entre lo que  Lacan dice que le tendría que ocurrir a alguien que quiere ocupar la función de analista y el final de análisis.
Lacan (1): “El psicoanalista debe ser capaz, en su práctica, de presentificarse  en todo momento como el que sabe cúal es su propia depedencia respecto de algunas cosas que en principio debió palpar en su práctica inaugural, y por ejemplo su dependencia con respecto a cierto fantasma. Se trata de algo que está , en principio, perfectamente a su alcance. El no debe considerar que sabe, con el pretexto de que se lo va a ver en calidad de lo que he llamado el sujeto supuesto saber. No se lo consulta sobre lo que está al margen de un saber cualquiera, ya sea el del sujeto o el saber común, sino sobre lo que escapa al saber, precisamente,  sobre lo que cada uno radicalmente no quiere saber.
-Debe saber cual es su dependencia
-No se lo consulta por lo que sabe
– Lo que escapa al saber, debe incluir sobre lo que cada uno no quiere saber
El final de análisis supone saber de la máxima sujeción del sujeto. Es un sujeto sujetado con su fantasma y sus condiciones de goce.
El sujeto (página 103) del que se trata, no tiene nada que ver con lo que se llama lo subjetivo. (La estructura subjetiva es el esquema Lambda), ni con lo individual. Es un efecto del significante. ¿Cómo reconocerlo en un análisis? (2)y (3)
El análisis consiste en diferentes travesías: una es pasar de I—->S, y otra de S—->R.
 I–>S Miller la llama  la muerte del yo, que lo saca del 1° Final de análisis de Lacan  (4). Efectos de análisis: caída de prestigios del yo, lo que se sabe, lo que se cree conocer, los prejuicios.
Tenemos la muerte del yo 1-como operación y 2-Manifestaciones de los pacientes.
La operación: Función de la palabra: representar, eso implica que la palabra deja de comunicar, funciona como significante y hay efecto, sujeto como falta en ser.
Caída del yo: efecto sujeto más puro.
Ejemplo de efecto sujeto menos puro: un paciente que en análisis  habla de alguien que le dijo “ no seas ridícula” , al salir de la sesión dice: “Voy a hablar de lo que me molesto”, eso es hablar de manera menos pura, el yo no está muerto. Es una falta en ser impura, mediatizada por lo I.
Efecto sujeto de manera pura es el efecto resultado de una representación por el significante, la asociación libre. Todo lo que no es eso, es yo.
El yo muere= Castración Lacan
El analista debe saber de qué fantasma depende, solo puede hacerlo si en su análisis va desarrollando todas sus fantasías, con que se consuela, sus sueños diurnos.
¿Cúal es mi deseo? Deseo lo que mi fantasma desea.
¿Por qué es importante que el yo del analista muera? Para que se pueda producir lo que Lacan desarrolla en la página 142 (5). ¿Cómo queda el analista en un final de análisis? “Él termina representando eso a lo que el progreso  analítico debe finalmente hacerlo renunciar, es decir, ese objeto a la vez privilegiado y objeto-desecho al que él mismo se unió. Se trata de una posición dramática, puesto que al final es preciso que el analista sepa  él mismo eliminarse de este diálogo como algo que cae, y que cae para siempre.”
El analista va a ser eliminado como un desecho, y el mismo debe eliminarse. “Así la disciplina que se impone a sí mismo  es contraria a la de la autoridad sabia.”
Lacan desarrolló muchas direcciones de la cura y finales:
1) 1.951: Intervenciones sobre la transferencia. Dirección como movimiento dialéctico para llegar a ubicar la matriz I que organizaba la vida del sujeto.
2) 1.951: S.I.R
3) Variantes de la cura tipo: El final es la muerte del yo. Debe prevalecer lo S, eliminar lo I. El yo está eliminado.
En la interpretación analítica considerar tres cuestiones:
    a- No es una palabra de Demanda
b- No debe incluir su yo
c- Tiene que ser lo más breve posible. (El concepto  es que más muere el yo, menos bla-bla-bla, eso implica interpretación breve.
4) Función y campo de la palabra
5) La dirección de la cura y los principios de su poder. La dirección es la rectificación subjetiva (es el cambio que aquel que habla tiene en relación a lo que dice), se deja de quejar del mundo. Pasa de la queja a la asociación libre. A la histérica hay que mostrarle cómo participa de aquello que se queja. En la neurosis obsesiva hay que mostrar el lugar que ocupa en la escena (fantasma de ubicuidad). La rectificación subjetiva debe incluir el lugar donde el sujeto se encuentra: En la neurosis histérica: actuando, en la neurosis obsesiva: afuera.
Fin de análisis: modificar la relación del sujeto con el falo. Tener sin quedar amenazado y no tener sin envidia.
6)Semianario X: poder ir más allá de la roca de la castración de Freud. Va más allá del falo. En relación al fantasma y la pulsión.
7)Seminario XI. Lacan precisa el interrogante básico ¿qué ocurre con la pulsión después del análisis? Comienza a interrogarse sobre lo que desarrolla en
a-Problemas cruciales
b- La lógica del fantasma: Idea de que el final se basa en la reducción del significante a la letra, introduce lógica y gramática. Ubicar aquello que consiste en el guión que rige en parte el fantasma.
Fantasma–> I (convocar ciertas fantasías para tolerar un displacer)–> S (mediante el fantasma velo lo que está detrás de la satisfacción pulsional. La dimensión muda)—>R.
Final de análisis:
I- Goce del bla-bla-bla, satisfacción que encuentro en el hablar en el análisis. El goce está en las mismas palabras en que soy hablado (S 19- Goce fálico)
II- El plus de goce que funciona en el lugar del objeto causa, se debe modificar.
III-El sinthome. No está especificado el goce de cada uno, del hombre y mujer en análisis.
¿Qué modificación se produce en el análisis?
El obsesivo modifica esencialmente el odio-enamoramiento, la dimensión que obstaculiza la relación con una mujer. Se debería modificar el goce del odio.
 La histérica debería modificar la Demanda de amor (La condición y exigencia absoluta ) que arruina el lazo con el hombre. Esa modificación da lugar al otro goce.
Dos sinthomes: Hombre y Mujer.
El año próximo se va a desarrollar la dimensión de la cura desde el Seminario Aún.
(1) “Mi enseñanza”, página 139 a 140 Lacan.
(2) Pág. 103 “Función y campo de la palabra…” Lacan.
(3) pág. 130 “Partenaire síntoma”. Miller
(4) “Variables de la cura tipo” Lacan.
(5)“Mi enseñanza” Lacan.

 

Breaking Bad

“Elementos de una químca subjetiva”

Bario y Bromo, elementos químicos de la tabla periódica de los elementos. Bario… brea, breaking; bromo… ba, bad, del elemento químico a la química subjetiva, enlaces y desenlaces de la lengua. Del inglés puede traducirse al español como “corrompiéndose” o “volviéndose malo”. Sin embargo, si tomamos la palabra del sujeto que es encarnado por el protagonista, él lo definiría como un “despertar”. Breaking Bad, es una serie de televisión dramática estadounidense creada y producida por Vince Gilligan, narra la historia de Walter White (Bryan Cranston), un profesor de química, padre de un joven discapacitado y casado con una mujer (Anna Gunn) la cual está embarazada. Walt, además, trabaja en un lavadero de coches por las tardes. Cuando le diagnostican un cáncer pulmonar terminal se plantea qué pasará con su familia cuando él muera. En una redada de la DEA organizada por su cuñado (Dean Norris) reconoce a un antiguo alumno suyo, Jesse Pinkman (Aaron Paul), a quien contacta para cocinar y vender metanfetamina y así asegurar el bienestar económico de su familia. En un principio, Walter no cree tenga sentido pagar un tratamiento para tratar su enfermedad, pero su mujer insiste y finalmente él elige acceder. La serie, ambientada y producida en Albuquerque (Nuevo México), se caracteriza por poner a sus personajes en situaciones que aparentemente no tienen salida, lo que llevó a que su creador la describa como un western contemporáneo. La serie se estrenó el 20 de enero de 2008 y es una producción de Sony Pictures Television. Breaking Bad ha recibido una gran aclamación por parte de la crítica y está considerada como una de las mejores series televisivas de todos los tiempos. Walter arriba al “despertar”, abandona una posición de hombre recto y predecible, metódico y escrupuloso para ir detrás de lo que quiere, desvestido de algunos prejuicios morales, serán sus manos en el asesinar las que, juntando en un balde casero las tripas tibias y húmedas de quien se interpusiera en su camino, aquellas estecas artesanas que tallarán el tapiz de una maldad impensada. El bario colorea la llama de un verde voraz e intenso y, el bromo, se estira de rabia desde el naranja hasta el rojo carmín. Ahora bien, ¿cuál es el despertar que ha invadido a Walter? ¿Qué mutación siniestra puede apropiarse de un hombre que, de enseñar en la llana pizarra universitaria los elementos químicos a sus alumnos, se vea compelido indefectiblemente a cocinar el brebaje siniestro, los diamantes enlazados, uno por uno, al origen de su maldad, el arte de odiar cristalizado en una perla, gota mortal a convidar?. Nos dice Umberto Eco en “Construir al enemigo”: “Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, el encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”. Walter construye a sus enemigos y los arrea haciéndoles tragar la química de su odio, enlace subjetivo a una posición y descenlace pulsional sobre el otro, como dice Freud: “el ser humano no es un ser manso, amable (…) es lícito atribuir a su dotación pulsional una buen cuota de agresividad(…) el prójimo deviene una tentación para satisfacer en él la agresión, (…) humillarlo, martirizarlo y asesinarlo”. Y nos esclarece que: “la condición de oponente no coincide necesariamente con la de enemigo; sólo deviene tal cuando se la toma como pretexto y se hace abuso de ella”. Es en “Pulsiones y destinos de pulsión” que Freud ubica al odio como más antiguo que el amor en relación al objeto, el cual nace de la repulsa primitiva del mundo exterior. Se constituye en ese principio activo que genera ese “exterior” a partir de un rechazo original que delimitará las fronteras, siempre vacilantes, con lo “interior”. Al respecto Miquel Bassols en “El odio como vínculo y ruptura” expresa: “La satisfacción de la pulsión, que traducimos con el término lacaniano de “goce” (jouissance) puede ser entonces, ella misma, objeto del odio, del rechazo más radical del sujeto cuando lo experimenta como un goce Otro. Situamos en esta vertiente toda una serie de fenómenos que el término “desinserción” puede muy bien agrupar por los efectos que produce como formas de vínculo y de ruptura. Son los fenómenos subjetivos más paradójicos que encontramos en el odio a lo más querido, en el pasaje al acto de la violencia dirigida a lo más próximo, incluso a una parte del propio sujeto: la violencia llamada de modo tan inapropiado “violencia de género”, la violencia ejercida voluntaria o involuntariamente hacia los niños, hacia los locos, hacia los sujetos que son objeto de la exclusión social, pero también el acto suicida que apunta a tocar la raíz de ese odio en el propio sujeto… En esta vertiente, es cierto, no se promueven grupos o asociaciones fundadas en el odio dirigido a estos objetos. El goce, en su vertiente más intolerable, no promueve el vinculo social sino su ruptura en el retorno más puro de la pulsión sobre el propio sujeto”. De este modo, a la luz de una lectura lacaniana de la serie, podemos decir que Walter da cuenta de qué modo la pulsión se satisface llegando a ser ella misma objeto del odio, cuando el protagonista experimenta ese goce Otro que lo enlaza a una satisfacción en el exterminio del otro y lo desenlaza del vínculo al otro. Algo de esta serie capta a la audiencia, logrando rasgar y producir resonancias en lo propio, estimo que es por ello su éxito, pues lo más íntimamente subjetivo, aquello familiar que deviene ajeno se encuentra latente, al asecho de cómo los borbotones subjetivos escriban su propia química. Aquello que hace del Bario Breaking y del Bromo Bad, lo que enlaza y lo que desenlaza. Una serie para disfrutar con recaudos y advertencias, pues no siempre del enlace químico entre el Bario y el Bromo se llega a un feliz “despertar”.

“Nada bueno hay que esperar de los intentos de restauración de la figura de un padre”

En la entrevista realizada por Pablo E. Chacón, desde Telam Cultura, el 26 de febrero de 2014, “Nada bueno hay que esperar de los intentos de restauración de la figura de un padre” , Miquel Bassols, despeja la condición de estructura entre la corrupción y el sentimiento de culpa, y diferencia (esa condición) en las tradiciones católicas, protestantes y shintoistas. Puntúa que la corrupción siempre va acompañada por un secreto sentimiento de culpa más allá del goce del uno, a diferencia de cómo se lo imagina en el común colectivo como alguien que goza sin culpa. Sitúa cómo la tradición católica de la confesión de los pecados y de su posterior absolución propicia la impunidad del goce más allá del espacio circunscripto a lo religioso, pues la confesión también es notable en el ámbito de lo público. En nuestra modernidad signada por la pluralización de los Nombres del Padre, comunicar las faltas y los desaciertos abiertamente parecería queda bien, adviniendo la confesión a desfilar en la escena del reality show.

Andrea F. Amendola

 

 

T : ¿Por qué serían paradojales las relaciones entre la corrupción y la culpa?

B : La paradoja empieza con la idea de que los corruptos son siempre los otros y que eso nunca es responsabilidad mía. Sigue con la idea de que el corrupto lo es con el único fin de un beneficio y de un goce propios. Y sigue todavía más con la idea de que el corrupto nunca se siente responsable, de que es alguien sin escrúpulos, sin sentimiento alguno de culpa, alguien que goza como nadie con el beneficio de su secreta corrupción. Si esto fuera tan cierto, la historia no estaría tan sembrada de corrupción explícita, de una corrupción socialmente permitida, cuando no promovida desde la propia política. Alguien tan políticamente correcto como Winston Churchill pudo decir, no sin cierto cinismo, aquella frase que cité y que hoy ningún político osaría defender: Un mínimo de corrupción sirve como lubricante benéfico para el funcionamiento de la máquina de la democracia. O también: Corrupción en la patria y agresión fuera, para disimularla. ¿Se justifica así la corrupción? El problema no es tan sencillo, pero todos hemos escuchado casos de corrupción llevada a cabo con las mejores de las intenciones. Quienes han estudiado el fenómeno, como Carlo Brioschi en su Breve historia de la corrupción, han tenido que ponerse a cierta distancia de algunos prejuicios. No ha habido, en efecto, ninguna época de la historia sin una dosis de corrupción en los distintos ámbitos sociales y políticos. Y esta extensión de la corrupción viene siempre acompañada de un secreto sentimiento de culpa. Corrupción y sentimiento de culpa parecen así una pareja inseparable. Entonces, cuando este vínculo se hace demasiado evidente, la paradoja nos conduce hacia el polo opuesto: ¡Todos corruptos, todos culpables! Mire las primeras páginas de los periódicos de cada día. La paradoja se mantiene en la medida en que creemos que la corrupción no supone en ningún caso un sentimiento de culpa, sentimiento que según Freud es siempre inconsciente. El ideal del corrupto, el corrupto perfecto sería alguien que no sentiría culpa en ningún caso, es decir, un verdadero perverso. Los hay, es cierto, pero no tantos como creemos entre los que se consideran social o políticamente corruptos. Aunque cuando aparece alguno, también es cierto que no hay quien lo pare. Por otra parte, el verdadero culpable, el que siente un intenso sentimiento de culpa, no sabe nunca verdaderamente de qué es culpable, como en los mejores personajes de Kafka. Tanto es así que existe una especie, mucho más extendida de lo que creemos, diagnosticada por el mismo Freud como delincuentes por culpabilidad. Son los que delinquen o se corrompen para satisfacer un sentimiento inconsciente de culpa. Y los hay, se lo aseguro; los psicoanalistas los escuchamos a veces en los divanes, pero también pueden encontrarse casos en algunas historias de delincuentes conocidos, y en ejemplos de corrupción política reciente.

T : Podría usted extender esa idea de que en los países de tradición luterana los estragos de la corrupción son menores que en los de tradición católica? Esa idea, ¿condenaría a los países del sur? ¿Y qué pasa en los Estados Unidos?

B : Parece un hecho constatado por encuestas de este tipo, aunque no siempre sean ajenas a los fenómenos que pretenden denunciar con la elaboración de sus rankings internacionales de corrupción. En todo caso, es cierto que hay una importante diferencia entre la lógica del discurso católico y la lógica del discurso protestante. La tradición católica de la confesión de los pecados y de su posterior absolución -por supuesto, siempre en el ámbito del sacramento de la confesión-, propicia sin duda la impunidad del goce. Puedo permitirme mejor una falta si preveo su confesión y su posterior absolución, algo absolutamente fuera de lugar en la tradición protestante, que abomina de la confesión, especialmente de la confesión privada. Pero solemos ver hoy también este fenómeno en el ámbito público de los medios de comunicación. Cada vez queda mejor, por decirlo así, confesar públicamente ya sean los errores, las faltas o los supuestos pecados. Y cuando no se hace o se intenta negar la culpa, se paga un precio. El caso reciente del Rey Juan Carlos apareciendo en la televisión española pidiendo disculpas con su me he equivocado y no volverá a ocurrir, después de haberse hecho pública su afición a la caza de elefantes, es un ejemplo. En realidad, era un desplazamiento de los casos de corrupción que han ido apareciendo en el seno de la propia familia real. Todo ello ha ido a la par de la caída de uno de los semblantes -como decimos los lacanianos-, uno de los símbolos mayores que sostuvo la llamada transición democrática española. La disculpa pública, impensable en una monarquía de antaño, ha tenido cierto efecto, entre patético y pacificador. El caso reciente de François Hollande en Francia intentando separar lo público y lo privado con el descubrimiento de su infidelidad, es un ejemplo inverso. De hecho, en Francia, estos asuntos no eran antes tomados tan en serio. Las infidelidades de Miterrand no produjeron tanto escándalo, y hasta su esposa pudo elogiarlas un poco: François era así, era un seductor. En los temas vinculados con la corrupción está ocurriendo algo similar. También se pasa a veces del mayor escándalo a la complacencia más secreta. Hay cierta hipocresía social al respecto. En todo caso, y para añadir más diferencias a las distintas tradiciones que articulan faltas, corrupciones y culpas, no debemos dejar de lado al Japón, donde la tradición shintoista implica una relación con el honor que puede hacer imperdonable seguir viviendo después de haberse descubierto una falta por corrupción. El honor japonés parece preferir el suicidio a la confesión o a la impunidad del goce. Y hay que señalar que el fenómeno llamado globalización está difuminando cada vez más las fronteras entre países y tradiciones, entre costumbres del norte y costumbres del sur, entre orientales y occidentales. Estamos ya en la época de la post-humanidad, como ha dicho Jacques-Alain Miller en alguna ocasión, donde la primera corrupción, la más generalizada, sea tal vez la corrupción del lenguaje mismo a escala global. Hay palabras que pierden su poder evocador, hasta de interpretación.

T : Usted dice que el tráfico de influencias o prebendas está sancionado socialmente (en las formaciones luteranas) pero después dice que comprada la absolución, ésta puede tomar un matiz mimético, sin respetar tradiciones.

B : El tráfico de influencias está sancionado socialmente, incluso en el sentido de prohibido, pero en muchos casos también está regulado de forma más o menos institucionalizada. A veces, forma parte de manera explícita de lo que se da en llamar el sistema, y de ahí la idea tan extendida de que no hay corrupción en el sistema sino que el sistema es la corrupción. Pero no es por mimesis o imitación que eso se propaga. Lo que los estudiosos del fenómeno llaman ley de reciprocidad responde al hecho de que -especialmente en política económica pero no sólo en ella-, no hay ningún favor desinteresado, nada se hace por nada. Gozar de una prebenda estará entonces siempre justificado y la supuesta reciprocidad se contagia entonces como un ideal muy singular, según el cual cada uno piensa que debe gozar de lo mismo que goza el otro. ¡Si el otro puede gozar de ello yo también! Este es por otra parte el principio de la publicidad, y también el principio de la corrupción. Pero en realidad no hay nada tan singular, tan irrepetible y tan inimitable como el goce de cada uno, empezando por el goce sexual. Es lo que Jacques Lacan llamó el goce del Uno. Y esto es algo que atraviesa siglos y tradiciones, lenguas y fronteras, y cada vez de manera más rápida en nuestro mundo de realidades virtuales. Cuando uno ve en qué se gastan a veces los beneficios de la corrupción, la cuestión tiene un lado tragicómico. Es la inutilidad del goce.

T : Se lo pregunto (también) a la luz de la teoría del chivo expiatorio que desarrolló René Girard.

B : El deseo que está en el principio de los vínculos y conflictos humanos no puede reducirse a la mera imitación de un modelo en el sentido de la mimesis a la que se refiere Girard, fenómeno imaginario que puede darse también en los animales. Un animal puede imitar una conducta, aprenderla siguiendo un modelo, pero esto no quiere decir que esté habitado por un deseo, que pueda llegar a subjetivarlo, que pueda dividirse ante él o incluso rechazarlo como una parte de sí mismo. En este punto, la fórmula de Jacques Lacan, el deseo es el deseo del Otro, va mucho más allá de la idea de un deseo mimético -aunque piense inspirarse en él- e introduce una lógica más compleja sin la cual no pueden entenderse las paradojas de las relaciones entre los seres humanos, ni el amor, ni el odio, ni la segregación. Para empezar, este deseo del ser que habla es ya equívoco de entrada, no tiene un modelo ni una norma, y es tan singular que no hay modo de imitarlo. El sujeto histérico es el que más intenta identificarse con este deseo del Otro, pero resulta que esa es a la vez su mayor fuente de insatisfacción. Este deseo del Otro es tanto el deseo del sujeto hacia el Otro como el enigma del deseo de este Otro hacia el sujeto. No, no es por imitación que funciona el deseo ni tampoco el fenómeno de la corrupción. Más bien funciona por el contagio de una forma de goce, lo que es muy distinto. La idea de Girard del chivo expiatorio es una forma de entender la segregación del goce del Otro, ese goce que siempre nos parece bárbaro, distinto, heterogéneo, hasta llegar al racismo. Hoy el chivo expiatorio puede ser el inmigrante, pero también la mujer maltratada.

T : Si la corrupción es un hecho de estructura, ¿será acaso porque el sistema de jerarquías que ordena una sociedad jamás es igualitario?

B : Por supuesto, la jerarquía no será nunca igualitaria. La corrupción puede entenderse por este sesgo, siguiendo un eje vertical en las relaciones sociales de poder. Pero la corrupción es también y sobre todo un fenómeno vinculado al reconocimiento entre pares, entre sujetos de una misma clase, sea cual sea esa clase, siguiendo su horizontalidad y según la ley de reciprocidad a la que antes aludíamos. Muchas veces, la propuesta de corrupción es más una afirmación de igualdad y de reconocimiento entre pares que no de afirmación de una diferencia en la estructura jerárquica del poder. Hay aquí una paradoja difícil de tratar: cuanto más homogéneo e igualitario se pretende un grupo, más segregación interna se produce, más tendencia a la corrupción podrá encontrarse entonces. Es algo que Lacan anticipó de manera sorprendente en los 60, cuando el ideal comunitario, especialmente el de la Comunidad Europea, parecía la promesa de una integración en condiciones ideales de igualdad, incluida también la Europa del Este. El resultado es en la mayor parte de los casos una feroz segregación interna y un aumento notable de las críticas a la corrupción generalizada. Pero el mismo Claude Lévi-Strauss se encontró un poco abucheado al defender la necesaria diferencia y la separación de las poblaciones para mantener una convivencia soportable entre formas de gozar diferentes. La igualdad forzada por un lado retorna como diferencia segregada por el otro. Parece un virus para el que no encontramos antídoto. El psicoanálisis propone una ética del deseo, lo que supone siempre una pérdida de goce, y eso es siempre una buena vacuna contra la corrupción.

T : ¿Es posible que los chinos se hayan contagiado también? ¿Cómo pensar una absolución (un goce) comprado en la tradición confuciana?

B : Y sí, China ha entrando ya de lleno en el contagio, no hay duda alguna. Y además de una manera que parece mucho más eficaz, es decir, posiblemente mucho más arrasadora para la subjetividad de nuestra época porque la propia transacción de bienes, por ejemplo, no es entendida de la misma forma. Pruebe a negociar con un comerciante o con un empresario chino, no terminará de saber nunca si se ha cerrado o no el acuerdo. Es al menos lo que me comentan empresarios catalanes para los que las cosas deben estar siempre muy claras: al pan, pan… Tal vez la tradición del confucionismo, que según Max Weber toleraba mucho más que otras tradiciones una gran variedad de cultos populares sin proponer un sistema cerrado, esté en el principio de esta facilidad de contagio que es a la vez signo de una gran flexibilidad. Pero aquí de nuevo, por muchas puertas al campo que se quieran poner, como con el endurecimiento de la censura en Internet por parte del gobierno chino, el contagio del lenguaje y de las formas de goce está asegurado. Y veremos adónde nos llevará.

T : Usted seguro usted leyó la nota sobre las fortunas que algunos jerarcas chinos han escondido en paraísos fiscales. ¿Qué relación tiene esa cultura con la culpa y el goce, que es lo que queda sin responder en Maonomics, el libro de Loretta Napoleoni?

B : No he leído todavía el libro de Loretta Napoleoni. La idea de que el nuevo comunismo chino puede ser mucho más eficaz -eficaz también en el peor de los sentidos-, que el viejo capitalismo occidental puede parecer sorprendente. Un neocapitalismo de trabajadores ideales, dispuestos a trabajar masiva y solidariamente sin sentirse explotados porque encuentran las promesas de su estado realizadas de manera rápida, puede ser una maquinaria tan infernal como efectiva. Lo interesante es que todo ello parecería fundarse en la eficacia de un Estado-Padre que interviene sin contemplación en los mercados, sin dejarlos seguir la pendiente de su supuesto principio de autorregulación, ese principio del placer que se nos ha vendido en Occidente como la mejor de las leyes del aparato psíquico-financiero. Y es cierto, el principio del placer, el supuesto principio homeostático de los mercados, fracasa por definición, tal como hemos comprobado de manera trágica durante estas últimas décadas. Es el fracaso del principio del placer descubierto por Freud y del que Lacan extrajo la nueva economía del goce, la economía de lo inútil. El fracaso del principio del placer parece tener un vínculo con la crisis de los Estados-Padre. ¿Cómo no evocar aquí ese declive de la imago paterna que Lacan diagnosticaba hace unas cuantas décadas en Occidente como uno de los factores más sintomáticos de su malestar? Pero tampoco hay nada bueno que esperar de cualquier intento de restauración de esta figura de Un Padre, sea en el estado que sea. Tampoco en China. En todo caso, hay algo que aprender, especialmente en la nueva y vieja Europa: era más lógico haber partido de una unidad política que no de una comunidad económica y monetaria como ha sucedido con el euro y los tratados de Maastricht. Pero es también más prudente partir de la diversidad de las identidades en juego que de la homogenización impuesta por la identificación con Un Padre. La pluralización de los Nombres del Padre indicada por Lacan como un dato de la clínica psicoanalítica es un signo de nuestra era. Pero esto daría para otra entrevista.

Ciclo Anual de Conferencias 2014, Causa Clínica. Carlos Dante García

Parte III: Particularidades del análisis que termina. 
 
“Uno acaba siempre por convertirse en un personaje de la novela que es su propia vida. Para eso no hace falta hacer un análisis. Lo que este realiza es comparable a la relación entre el cuento y la novela. La contracción del tiempo que permite el cuento  produce efectos de estilo. El psicoanálisis le permitirá descubrir efectos de estilo que puede resultarle interesantes”
Cuatro observaciones acerca de la inquietud científica de Jacques Lacan, ¿Conoce Ud. A Lacan? Por Eric Laurent
 
En esta última parte de la conferencia Carlos García nos enseñará acerca de las particularidades que toma el análisis que termina.
El deseo del analista, en este momento, es la puesta en juego de un deseo de terminación. Empujar al sujeto al cambio en relación a su inconsciente.
El deseo del analista en relación a la regla fundamental en la primer modalidad de análisis, el deseo de analista en relación al deseo puro de diferencia en el análisis que dura y el deseo de terminación y de separación en el análisis que termina.
Vuelve a la frase autorizarse a si mismo; y dice que sería un hacerse  cargo, me ocupo de lo mas desagradable de mi, responsabilidad en  lo más desagradable de mi. 
El psicoanálisis se inventa, no se transmite, el analista se caracteriza por la respuesta que da en cada ocasión con un paciente, uno por uno.
 
Por Angela Vitale
 
 
 
Carlos Dante García: El análisis que termina tiene una particularidad, voy a dar dos referencias: una referencia el testimonio de Eric Laurent cuando hizo un homenaje a la muerte de Lacan en un libro que se llama ¿Conoce usted a Lacan? Ahí, él habla de cuál fue la experiencia de análisis con Lacan, y él, en determinado momento, va describiendo cómo entró, cómo se desarrolló y cómo terminó, y respecto de la terminación, ¿qué dice Eric Laurent? Que en determinado momento, lo sorprendió mucho una intervención de Lacan: Eric Laurent iba todo entusiasmado a verlo a Lacan y le llevaba un sueño para analizarlo, y ya venía con todas las asociaciones, y Lacan le dijo lo siguiente: “Eso ya no tiene ninguna importancia”.
 
Se quedó totalmente sorprendido y totalmente descolocado, eso era el primer movimiento, porque no terminó ahí el análisis, duró un año y pico más, pero el primer movimiento donde se manifestaba el deseo del analista Lacan, bajo la forma de qué, de la separación, de ser un deshecho, de que termine, de que no siga el análisis al infinito.
 
Entonces, el deseo del analista es la puesta en juego de un deseo de terminación, y para eso tiene que haber determinadas condiciones narcisistas elaboradas, no tiene que haber problemas económicos, por supuesto, tampoco tendría que haber problemas de amor, es decir, ninguna de las cosas terrenales, de los humanos.
 
 
Para poder intervenir diciendo: empuja a ese sujeto a que cambie la relación que el sujeto tiene no con el analista, con su inconsciente. El deseo del analista introduce esa dimensión en la parte final del análisis. Lo puede traer el paciente mismo, y también el analista soportar todos los movimientos que tiene que hacer.
 
Entonces, dicho en otros términos: deseo del analista en relación a la regla fundamental, es la primera modalidad. El deseo del analista en relación al deseo puro de diferencia en el análisis que dura, y el deseo del analista en el deseo de terminación y de separación, no de alienación, porque primero, cuando comienza es de alienación.  Entonces, ahí podemos encontrar que según la modalidad del análisis, cambia la modalidad también de intervención y de los dichos del paciente. 
 
Diana Nasra: Tenemos 10 minutos, aproximadamente. Si quieren hacer alguna pregunta, alguna intervención.
 
Carlos Dante  García: ¡Ah! Un asunto que lo dije al pasar pero me parece importante para ubicar el contexto de todo lo que dije. Página 112 de Sutilizas: la regla analítica implica una garantía que ustedes proveen, o sea que el analista provee, la garantía es: no serás juzgado, no serás juzgado. No hay juicio, ni final, ni primero, o sea no hay juicio ni al principio ni al final, no hay juicio en absoluto.
Y aquí vienen los dos párrafos que me interesa transmitir, y esto es más o menos cierto, dice Miller, puntos suspensivos, como sea, es lo que implica la lógica del asunto.
 
O sea, que lo que fui desarrollando es lo que implica la lógica del asunto, ahora hay que ver cómo eso se materializa, cómo eso se encarna, cómo eso va a la realidad, todo lo que les expliqué. Lo que les expliqué implica, por ejemplo, que alguien pueda en el inicio de un análisis, pueda pasar en su función o estar a destiempo respecto del inicio del análisis, que el analizante, por ahí está más adelantado que el analista, y el analista todavía no sancionó, 
 
O sea, que no hay una concordancia absoluta, absoluto quiere decir lo que implica la lógica del asunto, y entonces, por eso dice Miller: es más o menos cierto. O sea, que hay una lógica de lo que es el dispositivo analítico y otra cosa es cómo se la encarna. ¿Por qué es importante ubicar cómo se lo encarna? Porque cómo se lo encarna sirve para dos cosas: para orientarse y para responsabilizarse, o sea no es para que sea un ideal, sino para cuál es la orientación que va tomar eso que está ocurriendo en el análisis y cómo se responsabiliza, porque hay una responsabilidad del lado del analista.
 
Cosa que no hablé, que es el deseo del analista, es cuando alguien ha asumido la responsabilidad de lo más desagradable de sí mismo. Vuelvo esto a repetir: el deseo el analista es cuando alguien se ha responsabilizado de lo más desagradable de sí mismo.
 
Desagradable, ¿qué quiere decir? Es lo que yo no reconozco de mí, es lo que yo no soy, el deseo de muerte, deseos incestuosos, deseos de todo tipo que Freud lo decía en la responsabilidad moral por el contenido de los sueño: uno es responsable de lo que sueña, sea lo más terrible o lo más maravilloso, y dice: eso forma parte de mi ser.
 
Bueno, el que hace el recorrido del análisis, toma esa parte del ser que es el cinismo, por eso no lo expliqué, es el cinismo de uno que es lo residual, el deshecho, lo más desagradable de uno, entonces se responsabiliza de eso, no es una responsabilidad yódica, por eso, autorizarse a sí mismo es: yo me hago cargo, me ocupo, hago algo con lo más desagradable de mí.
 
Diana Nasra: Qué sería: lo extraño y lo familiar en Freud.
 
Carlos Dante García: Que sería lo extraño y familiar en Freud, claro. Bueno, esa parte me olvidaba de anudarla, por eso lo digo.
 
Diana Nasra: ¿Se acuerdan de esa parte? De la clase que frase que terminaba así, que es la de autorizarse, que lo dijo al inicio.
 
Carlos Dante García: Que muchas veces se dice de esta frase: el analista sólo se autoriza por sí mismo, quiere decir: que hace lo que se le da la gana, no es eso. O que no se relaciona con otro, no, no, no es eso. Se autoriza por sí mismo es, el sí mismo es lo que sería el deseo de dañar del Hombre de las ratas, el si mismo es eso.
 
Por ejemplo, es el deseo de joderlo al otro, entonces, si uno no asume esa parte de sí, no se responsabiliza va a joder a los demás. Entonces, es la parte del inconsciente con la que uno no quiere saber nada, que rechaza.
 
Diana Nasra: Sí, y es la que tiene que ver con el lazo, que es una de las dos cuestiones en juego: el lugar y el lazo. ¿Alguien desea hacer alguna pregunta o alguna intervención?
 
Auditorio: Sí, ¿podría ampliar la parte del deseo del analista más acorde a la producción y no al deseo, y no hacia la voluntad de goce?
 
Carlos Dante García: Si podría ampliar la relación del deseo del analista con la pulsión y la voluntad de gozo. Es justamente lo que acabo de decir, si mi voluntad de goce, si ustedes lo escuchan, por ejemplo, en una conferencia, voy a acomodar un poco las orejas de ustedes a algunas personas: están en una conferencia, alguien habla y levanta la mano y dice: “Me quedé pensando en lo que dijiste, muy interesante, estoy de acuerdo con vos, pero hay una parte que no mencionaste”, o sea, aquel que comienza a intervenir en una conferencia, un ubicando una falta del otro, puede tener dos características: es el deseo de castrar, propio del psicótico histérico, o el deseo jodido del obsesivo. Y eso está permanentemente por todos lados, entonces, ¿qué quiere decir el deseo del analista más acorde con la voluntad de goce? Si la voluntad de goce, que uno descubre es la insatisfacción permanente de generar una falta, es la histeria, no habrá con eso generado una insatisfacción, una falta por el mundo ni con los pacientes. Y si del lado del obsesivo, esa dimensión es un deseo sádico, ¿cómo se manifiesta el deseo sádico en un analista? Perdón por los analistas que van a caer.
 
¿Cuál es la particularidad? Porque hay distintas formas de manifestación del deseo del obsesivo y del deseo sádico, una es este tipo de preguntas o de intervenciones, pero la más conocida de las mujeres de los obsesivos, ¿cuál es? La indiferencia absoluta.
 
 
Te podes morir que no me importa. No habla, se aleja, se encierra y no dice lo que piensa, todo eso, que es propio del obsesivo, procrastina, opone. Es decir, todo eso, que es propio del obsesivo, opera en el análisis, y ¿cómo opera en el análisis? Por ejemplo, un paciente puede decir algo y estar operando qué: te podes morir que no me importa.
 
Es decir, por ejemplo, llegar con un brazo fracturado o con un cuello ortopédico al diván, un ejemplo. Se murió mi mamá, no puedo ir, y no le puede avisar porque estaba desvariada: me paga igual la sesión. Te podes morir que no me importa. 
Esa posición se le filtra al analista, y se le filtra en forma jodida, lo ejemplifico así para aliviar un poco las cuestiones, pero esa dimensión de que nunca aparece la dimensión de falta ni de ubicuidad ni de lo que el otro dice, es por ejemplo, hacer del dispositivo analítico un purismo absoluto, y eso, en verdad es la puesta en juego de: te podes morir que no me importa.
 
El dispositivo se encarna, no es que se hace puramente y obsesivamente, porque el dispositivo es una forma organizada para que se presente la discordancia y lo imprevisto, no todo previsto.
 
Adriana Casareto: Sí, o sea, están las filtraciones evitables y las inevitables, porque justamente faltaría un posible del análisis es que nosotros, por ejemplo, somos personas y entonces depende el grado de consecuencia y el recorrido en la formación, fundamentalmente por el análisis personal hasta donde podamos correr ese límite de la participación de los subjetivo en la escena de uno ubicado en un analista, pero bueno, tarea  imposible.
 
Carlos Dante García: Sí, totalmente de acuerdo, salvo en un punto. Salvo en un punto, el único que punto que es: depende del análisis. No depende del análisis, del análisis que haga, no, porque justamente eso es lo que des- responsabiliza a aquel que practica el análisis, lo que hace como analista. Depende del análisis, no depende del análisis, hay gente que por ejemplo, va a análisis y no habla de ciertas cosas, o no habla de cosas, entonces no depende del análisis.
 
Adriana Casareto: Pero, eso no es análisis.
 
Carlos Dante García: Sí, sí, eso es análisis, porque no necesariamente el que va a analizarse va a llevar todo a análisis, primera cuestión. Y segunda cuestión, un punto también muy importante, el análisis se inventa, cosa que no hablé.
El análisis no es que se hace algo que ya está preestablecido, se inventa, entonces alguien que practica el análisis no está en relación al análisis que está haciendo, todo lo que dije se basa en eso, en separar cómo se practica el psicoanálisis del análisis que se está haciendo.
 
Auditorio: Esa es la definición, para poder plantearlo como una experiencia del análisis.
 
Carlos  Dante García: Exactamente, es la referencia a que se trate algo como una experiencia y que no hay relación sexual, no hay relación entre el análisis que se hace y el análisis que se practica. Por eso, depende del analizante, hay mucha gente que se analiza y practica el psicoanálisis haciendo desastre, y hay gente que se analiza, o se analiza poco, y practica bien el psicoanálisis, no hay relación.
 
Por eso, la posición de Lacan es que se inventa el psicoanálisis, no que se transmite. La gente cree que me voy a analizar con fulano de tal, y entonces tengo una garantía de transmisión, no, totalmente lo opuesto. Esto que acabo de decir: primeras cuatro frases del seminario El lugar y el lazo, donde están claramente separadas las dos cuestiones.
 
Entonces, cuál es la consecuencia, la consecuencia es que se supone que aquel que se analiza está en condiciones de practicar bien el psicoanálisis, y son suposiciones.
 
Adriana Casareto: Sí, pero no lo contrario: aquel que no se analiza…
 
Carlos Dante García: No, la contraria no. De hecho, en esas clases, uno también va a encontrar la diferencia que hay entre psicoterapia, psicoanálisis aplicado a la terapéutica y psicoanálisis puro. El psicoanálisis puro no existe, es el psicoanálisis lógico, es lo que les expliqué recién como lógica. El psicoanálisis siempre se ha aplicado a la terapéutica, porque se compara con puro.
 
En cambio, la psicoterapia es aquel que no se analiza, aquel que rechaza o no acepta pasar por un análisis para atender a la gente, eso es psicoterapia.
 
Por eso estoy totalmente de acuerdo con ese aspecto de que no es contrario. 
 
Piensen en dos ejemplos, piensen en tres ejemplos: primer ejemplo, Freud no se analizó, hizo el análisis con Fliess. Segundo ejemplo, Lacan, ¿con quién se analizó?
 
Auditorio: Löwenstein.
 
Carlos Dante García:Löwenstein, era un analista de la escuela del yo, y nada que ver con la práctica lacaniana. Tercer ejemplo, Miller, ¿con quién se analizó? Se analizó con Melman y tuvo un terrible problema, a las patadas terminaron, cosa que poco análisis hubo también ahí.
 
O sea, quiero decirle que, con esto no vayan a decir no importa con quién me analizo, es el problema de todo lo que iba diciendo.
 
Lo que estoy diciendo es que eso es una garantía neurótica, hay que ver qué hace cada sujeto con lo que hace en el análisis, ¿se entiende eso? Todo lo que dije está basado.
 
Adriana Casareto: Claro, también es,  le falta análisis, sí, sí, puede haber ido 35 años a un consultorio, eso no quiere decir nada, no quiere decir nada.
 
Carlos Dante García: Yo siempre digo una frase, que es la siguiente: el analista no se caracteriza ni por el nombre, ni por la experiencia que tiene, sino por la repuesta que da en cada ocasión con un paciente, y eso es único, no hay algo que sea igual respecto de otra intervención, entonces, la frase es: los pingos se ven en la cancha, no en los títulos, ¿se entiende el planteo? 
 
Esa es la idea, para que se tranquilicen, por eso dije: voy a empezar diciendo frases y después depende de cada pingo.
 
 

La confesión de la culpa ¿vacuna contra lo que se goza en la corrupción?

En la entrevista “Nada bueno hay que esperar de los intentos de restauración de la figura de un padre” , Miquel Bassols, despeja la condición de estructura entre la corrupción y el sentimiento de culpa, y diferencia (esa condición) en las tradiciones católicas, protestantes y shintoistas. Puntúa que la corrupción siempre va acompañada por un secreto sentimiento de culpa más allá del goce del uno, a diferencia de cómo se lo imagina en el común colectivo como alguien que goza sin culpa. Sitúa cómo la tradición católica de la confesión de los pecados y de su posterior absolución propicia la impunidad del goce más allá del espacio circunscripto a lo religioso, pues la confesión también es notable en el ámbito de lo público.

En nuestra modernidad comunicar las faltas y los desaciertos abiertamente parecería queda bien, adviniendo la confesión a desfilar en la escena del reality show. La palabra confesión se originó en el vocablo latino “confessĭonis” y puede definirse como una declaración voluntaria, o por efecto de una presión física o moral, donde la persona expone la autoría o participación en un hecho ilícito, un pecado o una falta moral. Ejemplos: “El asesino confesó su crimen”, “María le confesó a su novio que lo engañó con su primo” o “El alumno confesó que aprobó el examen copiándose del compañero”. En la antigüedad, la prueba de confesión era determinante en los procesos judiciales.

En la Antigua Roma, quien confesaba, en especial si lo hacía bajo tormentos, admitiendo los cargos, se convertía en indiscutible autor de lo que hubiere confesado. En la actualidad, la confesión hace plena prueba en los procesos civiles, pero en los penales es necesario, por razones de interés superior que hacen al bien común, verificar que lo confesado coincida con lo que realmente ocurrió, ya que alguien puede confesar un asesinato o un robo con el fin de proteger a un pariente, cónyuge o amigo. Además existe un principio de raigambre constitucional que impide que se obligue a alguien a realizar una confesión, ya que nadie tiene la obligación de hacer una declaración que vaya en contra de sus propios intereses.

“Confesiones” es también un texto, compuesto de trece libros, escrito por San agustín donde relata los pecados de su juventud y el abrazo de la fe religiosa católica. En el catolicismo, la confesión es parte del sacramento de la penitencia. Permite obtener el perdón de los pecados mortales, donde el penitente se arrepiente en forma sincera de sus malas acciones, especialmente las graves, ante el confesor, que mantiene en secreto el contenido de la exposición. Luego debe cumplirse la penitencia impuesta y el sacerdote si cree en la sinceridad del arrepentimiento, lo absuelve.

Dice Michel Foucault en “Obrar mal, decir la verdad” que la confesión es un acto verbal mediante el cual el sujeto plantea una afirmación sobre lo que él mismo es, se compromete con esa verdad, se pone en una relación de dependencia con respecto a otro y modifica a la vez la relación que tiene consigo mismo. Asimismo, sitúa la relación entre poder y confesión, dice “primero, la confesión recuerda y reinstaura el pacto implícito sobre el cual se funda la soberanía de la institución que juzga. Segundo, la confesión constituye una especie de contrato de verdad que permite a quien juzga saber con un saber indubitable. Tercero y último, la confesión constituye un compromiso punitivo que da sentido a la sanción impuesta”. De este modo ubica cómo la confesión del culpable se convirtió en una necesidad “fundamental” del sistema punitivo en general pues disipa las incertidumbres y permite obtener información sobre lo fragmentario de los conocimientos.

Por otro lado, la tradición shintoista parece preferir el suicidio a la confesión o a la impunidad del goce, tradición que se va desdibujando por la filosa expandida de la globalización.

De esta manera, asistimos según Bassols a una feroz segregación interna y a un aumento de las críticas a la corrupción generalizada, en donde “la igualdad forzada por un lado retorna como diferencia segregada por el otro”. Finalmente, sostiene que el psicoanálisis al proponer una ética del deseo con la consecuente pérdida de goce, se tornaría así en una eficaz vacuna contra la corrupción.

Ahora bien, nos preguntamos si ¿puede el animal parlante vacunarse contra un goce “non decet”, no conveniente, que no es decente? Dice Miller en “Cosas de finura en psicoanálisis XVIII”: “Es por eso que su confesión en general encuentra obstáculos: no podríamos escribir el capítulo de la confesión del goce en psicoanálisis –la palabra confesión misma lo implica – sin poner en la lista todo lo que produce allí obstáculo.

Es bien conocido para el fantasma, Freud señalaba cómo hay que esperar la confesión de ese escenario del fantasma como imaginario para gozar, no es el fantasma fundamental, es el fantasma como instrumento, como medio de gozar. He recogido dos confesiones que el sujeto se torturaba para sacar, negociando con, ¿que?, ¿la conciencia moral? no lo sé, negociando con una mordaza infernal, para largarme algo que hubiera querido ahorrarme y que hizo que me venga a los labios un ¡pero todo eso es muy romántico! En tanto que el sujeto retrocedía frente al horror, la trasgresión. Es allí que podemos medir que, cualquiera sea este goce, no es decente. Sin embargo no inventamos verdaderamente nada extraordinario en ese registro, todos los horrores que ustedes hacen ya fueron hechos (risas). Hay algunos que son pasibles de castigo ante los tribunales, es un hecho, esos son por otra parte los que se dicen más fácilmente –cuando un sujeto no tiene decencia es otra cosa, eso existe también–. Pero por regla general la decencia está allí.

El goce se presenta ante todo en la experiencia analítica por el sesgo de la fijación sin eso, son sólo pequeños placeres, si puedo decirlo. Es verdaderamente en la fijación donde se reconoce el goce, es decir: siempre se vuelve allí”.

De este modo, podemos decir desde una lectura lacaniana que, si bien la pérdida de goce puede permitirle a un sujeto que la corrupción pierda sentido, no obstante, se tratará de intervenir sobre esa “mordaza infernal” que hace de piedra a la palabra y cuya vacuna aún quizás esté en experimentación.

 

 

 

Bibliografía:

Bassols, Miquel “Nada bueno hay que esperar de los intentos de restauración de la figura de un padre”, entrevista telam, 26-02-2014, por Pablo Chacón.

Foucault, M.: “Obrar mal, decir la verdad”, siglo XXI,

Miller, Jaques A.: “Cosas de finura en psicoanáisis XVIII”.

Entrevista a Luisa Valenzuela. Tercera parte

 

F.V.: ¿Hay algún ritual para escribir?

L. V: No, para nada, no soy Isabel Allende, no tengo que prender una vela, nada. Con sentarme a escribir basta. Lo que sí suelo hacer es pasar directamente de la cama al escritorio, en pijamas. El momento casi de duermevela es muy provechoso. Las microfábulas de Zoorpresas Zoológicas, las escribí así, mentalmente, al despertar, cuando las asociaciones de palabras y de cosas fluyen con todo desparpajo.

 

F.V.: “ABC de las Microfábulas” se lee cómo cada letra le resuena a cada uno más que otra.

L.V: Y lo que más me sorprendió de eso — aunque no me llegué a sorprender porque me ha pasado mil veces con otros escritos—fue cómo empezás con una cosa más restringida, que necesitás todas las palabras que empiecen con la misma letra, y se acaba armando una historia coherente, con pies y cabeza.

Porque empiezo tirando de un hilito verbal. Preguntale si no a mi profesor  de yoga; él es a veces mi tabla de resonancia.  Vamos caminando por el parque y de golpe digo, para darles un  ejemplo, “pterodáctilos, paquidermos y plantígrados, la plena patota”, y poco a poco se va armando toda la breve historia para que de esas uniones espurias nazcan los pelícanos, como si las resoluciones estuviera (¿están? les pregunto) ya inscriptas en el  inconsciente.

 

F.V.: En el resonar del significante.

L.V: Eso es fantástico. Es la sensación de vivir en el lenguaje, en la morada del Ser, la casa Heideggeriana del ser, con cierta holgura.

Hoy estoy contentísima porque viví dos escenas Inodoro Pereyreanas, que es mi personaje favorito en cuanto a percepción de los vericuetos del lenguaje. Y ambas tenía que ver con taxistas, esos seres emblemáticos de la ciudad. El primer taxi se me estaba escapando y yo lo llamé a los gritos, algo desesperada: “¡Taxi, taxi!”. Al subir el tachero me dijo: “Uy, parecía mi mujer gritando”, lo dijo con buen tono, en broma, lo que me permitió contestarle al ratito: “Mire usté, pero la diferencia es que yo lo llamé para pagarle, no para pegarle”. A la vuelta, fue el taxista el que hizo el juego de palabras, si bien involuntario: “Usted vive en ese barrio de calles raras como Artilleros, Cazadores, qué sé yo, Drogones”.  Lo iba a corregir cuando entendí que algo de razón tenía. Dragones es el nombre de la calle, pero él estaba en lo cierto, drogones no faltan.

 

A.V.: En todas tus novelas se filtra siempre el período de la dictadura y del proceso. ¿Cuál es tú relación con eso?

L.V: Mi relación con esto siempre fue… disculpen, voy a prender unas luces. Ya está oscureciendo, pero ésta también sería una forma de relacionarse con el tema, ¿no les parece? Un tema atroz sobre el que siempre trataremos de echar más luz, para que el trauma no nos ataque a traición como al protagonista de Novela negra con argentinos.

Mi conciencia llamémosla política se fue armando a los golpes, porque me crié en un medio apolítico en el cual la “literatura de mensaje” era anatema. De todos modos siempre fui una especie de francotiradora y nunca me afilié –ni siquiera me acerqué– a partido alguno, pero casi todos mis amigos era de izquierda. Mi primera experiencia de llevar el tema a la literatura fue en el 65/66 con Cuidado con el tigre, una novela que por  miedo a que la malinterpretaran dejé encajonada hasta 2001, imagínense. Después sentí ese impulso en el 74, al regresar de un viaje de dos años para encontrarme con toda la violencia y la paranoia generadas por la Triple A; en un mes escribí los cuentos de Aquí pasan cosas raras. Y ya no me pude permitir el inútil lujo de mantenerme al margen. En una época tuve una doble vida, colaboraba en La Nación y trabajaba en bambalinas en la revista Crisis, y me involucré en serio en tiempo de la dictadura. Permanecí en Buenos Aires hasta el 79, así que pude refugiar gente en mi casa, ayudar con los asilados en la Embajada de México, que es la historia que se refleja en Cambio de Armas. Casi toda mi literatura posterior, de directa o muy indirecta, tiene la marca de esos tiempos nefastos

 

F.V.: Los viajes, ¿vos viajás para escribir?

L.V: Yo viajo para viajar. Y escribo para vivir, pero esa es otra historia. Para mí el viaje es valioso en sí. Cierto que viajo a dar conferencias, o porque me invitan a simposios, coloquios, congresos, esas cosas; de otra forma no me daría el bolsillo. Pero siempre me las arreglo para ir un poco más allá para explorar lo que hay del otro lado: de las fronteras, de los muros de la ciudad, de la calle oscura.

Me encanta la extranjereidad, sentirme en un mundo totalmente ajeno al mío. A veces siento que estoy un poco mal de la cabeza, cuando me llena de alegría el estar sola en un país donde nadie habla una lengua medianamente comprensible para mí. Me atrae lo diferente, lo otro. Esto se ve reflejado en el libro que estoy concluyendo ahora, Diario de máscaras, en el que hablo de varios de esos viajes a lugares casi ignotos.

 

A.V.: ¿Que lugares?

L.V: Las Tierras Altas de Papúa Nueva Guinea, por ejemplo, donde tuve la enorme, inesperada, casi imposible fortuna de asistir a un auténtico sing-sing con los cuerpos decorados como obras de arte fauve. O en Vanuatu la isla de Malakula, que pocos saben de su existencia. Fui en pos de unas máscaras que había visto en un viejísimo número de National Geographic y aterricé en otra isa subsidiaria, diminuta, con dos o tres personas en un hotelito con cabañas de paja, donde no tuve mejor idea que aceptar “medio coco” de la bebida local algo narcótica, la kava, y me agarré la más atroz de las borracheras. Allí, donde nadie en el mundo sabía que yo estaba, a punto de morir en esa choza de paredes tejidas sin el menor medio de comunicación . Me quedé dormida pensando en mi total imprudencia, desperté a la mañana siguiente tan fresca, feliz de la confianza que me inspiraban esos aborígenes de aspecto feroz y actitud plácida. Ahora cuando viajo suelo hacer reservas, mal que me pese, porque se corre el riesgo de llegar a algún lugar y tener que dormir en el patio de algún hotel astroso (me ha sucedido). Pero viajar abierta al azar sigue siendo para mí lo más maravilloso que hay.

 

A.V.: El azar que te guía.

L.V: Sí, pero para mí el atractivo es mucho más fuerte que el miedo. Todo depende de la actitud de cada uno. Conviene sobre todo circular con alma de viajera, no de turista, y sentirse siempre bien con la gente por más extraña que nos resulta. Muchas veces me sucedieron cosas que podían ser incómodas o peligrosas, pero siempre logré navegarlas sin problemas. Si, tal como pienso, se escribe con el cuerpo, entonces una está poniendo el cuerpo en una situación de escritura en todo momento, y lo inesperado resulta bienvenido. Me ha ido bien hasta ahora, milagrosamente bien. Toco madera, claro. Me gusta meterme en los mundos llamados primitivos, y en los andurriales, los bajos fondos de las grandes ciudades. Y prefiero Nueva York por encima de todas las otras, por cambiante, sorprendente y llena de entretelas. Paris en la actualidad me parece edulcorada, profiláctica casi.

 

A.V.: Y, el nombramiento como Ciudadana Ilustre, ¿cómo lo has vivido?

L.V: Me encantó por dos razones, primero porque fue propuesta por Virginia González Gass, legisladora socialista que viene del corazón de la literatura; es doctora en letras, fue rectora del Nacional Buenos Aires, la conocí años atrás a raíz de un libro que armó sobre cuentos violentos, es una mujer con la cabeza muy bien puesta.

Y me hizo feliz porque sentí como un amor correspondido. Yo ahora a esta ciudad la quiero como cualquiera quiere a su ciudad cuando la quiere. Pero de joven, para mí Buenos Aires era el Aleph que encerraba al mundo entero,  y yo salía a explorarlo aún de muy chica, alrededor de la  manzana porque no me permitían cruzar la calle, y me inventaba mundos que de más grande se fueron expandiendo por todos los barrios. Y ahí estaba, para mí, Nueva York en un pequeña estatua de la libertad en las Barrancas de Belgrano, y frente a un palacio de la Avenida Alvear estaba en París, y después iba a Madrid por la Avenida de Mayo, y me paseaba por el mundo, paseaba por el puerto, muchísimo por el puerto.

Quizá por eso después me casé con un marino mercante francés (o dos). Y pensé mucho en los árboles increíbles de esta ciudad, y sin bien después me olvidé de decirlo en el discurso, mi idea era pedir un monumento a Thais que dibujó nuestras calles con el dorado de las tipas florecidas y el lila de lo jacarandás. Por otra parte decidí quitarle solemnidad al acto y, para expresar mi alegría y reconocimiento, invité a mi hija Anna Lisa Marjak a que proyectara dibujos de la ciudad y a mis nietos, a que presentaran una loca canción mía, compuesta por Gaspar, cantada por Rafaela.

 

 

Luisa nos invita a conocer el lugar donde escribe, lugar poblado de máscaras, libros  y objetos de sus numerosos viajes. Nos cuenta que está escribiendo tres libros y el de máscaras es el tercero y cuando termine va a tener que ordenar, porque quiere organizarlas por lugares, ya están muy mezcladas. Escucha poca música, escucha silencios, Mozart, Bach, música brasilera, música de lugares visitados, para ella lo importante es escribir, como su manera de estar en el mundo.