XXV Jornadas Nacionales de Carteles de la EOL

             XXV Jornadas Nacionales de Carteles de la EOL

 

                                   Cuerpos en la urgencia

 

Sábado 10 de septiembre 2016

 

Inscripciones:

secretariacarteleseoldelp@gmail.com

Jornadacarteles2016@gmail.com

 

Colegio Nacional Rafael Hernández

                  Av 1 y 49.

 

La plata. Buenos Aires. Argentina

 

Reseña X Seminario EOL 2016. Carlos Dante García

                   
                “Transexualismo: ¿psicosis o….? Una nueva fórmula”
 
 
                                                                                       Martes 21 de Junio 2016.
 
 
 
 
Referencias Bibliográficas:
 
1- J. Lacan: “La lógica del fantasma”
2- Miller, De la naturaleza de los semblantes, Cap. XI “To have and have not, pág. 156.
 
Recomendación de libros:
Sexualidades.  Silvia Di Segni.
Recorrido por el Ulises de Joyce. Lucia Mazzinghi.
 
 
Presentación de Andrea Améndola sobre el comentario de la película: “La chica Danesa”.
 
Los invitamos a leer el texto completo en el link de la página Lectura Lacaniana: http://www.lecturalacaniana.com.ar/doc2.php?doc=590
 
Carlos D. García le pregunta a Andrea si cuando Einar dice “A lo mejor lo disfrute”, ¿Se trata de un deleite, de un disfrute lo que el personaje masculino de la película manifiesta o de la presentificación de un goce opaco innombrable? Para este sujeto parece más del lado del deleite.
Cuando se produce un desencadenamiento; ¿el sujeto se encuentra con un deleite o con un goce opaco, extraño, ajeno?
 
Carlos D. García destaca tres puntos:
1- La afirmación que se repite : “El acto sexual no da una identidad sexual”, está en el seminario de Lacan: “La lógica del fantasma”. Tampoco formar parte de un grupo, del bando de las mujeres.
¿Qué acto da una identidad? 
El acto de enunciación: la posición de enunciación de aquel que habla.
2- Cambio en él: incremento de un deleite, algo que ya estaba: una mujer. El cambio en ella: pasaje de una posición aparentemente femenina a la angustia. La angustia está del lado de ella, de Gerda, no de él. 
3- Lectura de Andrea: “Pero ¿de qué se trata? De la relación del hombre y la mujer en tanto serían apropiados, por el hecho que habitan el lenguaje para hacer enunciado de esta relación”. 
 
La única forma en que se pueden relacionar un hombre y una mujer es haciendo enunciado de la relación. Hacer enunciado es hacer semblante, dando apariencia de lo que puede ser un hombre y una mujer.
 
 
En la adolescencia se produce la puesta en marcha de los enunciados, hacer semblantes=”hacer como”.
El enunciado está articulado al fantasma de cada uno. Toda significación es igual al fantasma y todo fantasma es una significación. 
¿Cómo genero la significación hombre o mujer? Es a través del fantasma.
Hacer enunciado de la relación es distinto del acto de la enunciación.
 
Significación =  Fantasma = Particular.
 
Siempre que se va a un analista hay algo que se le quiere decir y siempre hay una elección puesta en juego. Porque en la elección concierne a un modo de satisfacción, a un goce.
 
Transexual: El deseo de alguien de transformarse a través de una operación,  en otro sexo. 
Dos cuestiones:
1– ¿Ese deseo incide sobre órgano? Se saca o agrega el órgano. Lacan va a decir que hay una forclusión del falo; ese órgano no está significado como falo, se lo confunde, el error es tomar ese órgano como falo y hay que sacarlo.
2- Necesidad de trasformar el cuerpo.
 
Andrea: Hay un rechazo del sgte. Se toma el pene por el órgano real no como falo, sin la significación fálica. Toma lo simbólico por lo real porque se saca el órgano. 
Carlos: Hay forclusión del falo es diferente de la forclusión del nombre del padre; por eso no en todos los casos se trata de psicosis.
 
Tres cuestiones distintas:
El nombre (la asignación) // El cuerpo (transf. cuerpo) // El órgano.
 
Hay transexuales que no necesitan sacar el órgano, otros transforman el cuerpo y mantienen el órgano.
¿Cómo nos orientamos por el goce? ¿De qué goce se trata? 
¿Es un goce que está fuera de lo fálico o no? 
Si está fuera de lo fálico, ¿va hacia el goce femenino o no?
Lo que orienta a los psicoanalistas es el goce, goce fálico o femenino. ¿Ese goce se localiza en el órgano o no se localiza en ningún caso?
 
Catherine Millot propone que el transexual es alguien que no forma parte de las formulas de la sexuación.
 
Estos casos avanzan cada vez más porque es el resultado del cruce de  subjetividades que se forman según el discurso de la época y el cruce de dos discurso que prevalecen en el mundo actual: el capitalismo y la ciencia.
 
¿Qué implica la elección del sexo en el transexual?  
1- Rechazo al Otro: Rechaza los términos en que puede ser nombrado, significado lo que le ocurre en el cuerpo.
Puede haber rechazo al Otro sin estar en la psicosis.
 
Nombre del rechazo al Otro: Los disidentes: dicen algo distinto de lo que les es dicho. (Beatriz Preciado)
Cada una de las estructuras clínicas es una variedad de las disidencias. Ej.: Histeria= “si y no”.
 
Si no hay disidencia no hay singularidad. El asunto es la gradación!!
 
2- Los que dicen estar en un cuerpo equivocado. No está en juego el tener el órgano. El no tener el órgano, ¿es solo no tener el órgano o implica toda la dimensión fálica? Miller, De la naturaleza de los semblantes, Cap. XI “To have and have not, pág. 156. Acá ubica el tener del lado hombre, el tener fálico no es solo tener el órgano, es mucho más. Entonces en los transexuales, no tener el órgano, ¿alcanza a todo el tener?
 
3- Los transexuales no temen perder el órgano. ¿No temen perder otras cosas? La significación fálica implica el temer perder. No solo el órgano, la imagen, el dinero, pareja.
 
4- Quedan ubicados bajo una forma de excepción en relación a lo fálico. Hay algunos que se quieren sacar el órgano y otros no.
 
 
Freud: Niñas: Deseo que le crezca. 
Acá no hay deseo de que le crezca, solo hay un deseo de tener.
¿Cómo ubicar el lugar de la falta en estos casos en los que hay un deseo de tener, sin que le crezca? 
– Si quieren que le coloquen un órgano, ¿Hay falta?
– ¿Qué se agrega un transexual que se agrega un órgano? ¿se agrega una prótesis? , un postizo? ¿Dispone de un sgte para significarlo? ¿Hay un error en estos casos? Lo que no cabe duda es que hay una versión imaginaria del falo en estos casos.
 

Las psicosis infantiles: del “autismo” a la psicotización, Parte IV

IV parte: a modo de Conclusión

En esta última parte, Belaga introduce algunas puntuaciones sobre la clínica diferencial de las psicosis.

Dice que en las llamadas psicosis infantiles de presentación “autista” se comprueba la primitiva disyunción entre lalengua y el goce originario.

El llamado autista, como el esquizofrénico, se definen para Lacan por presentarse atrapados en lalengua, sin un posible elucubración de lenguaje, sin ninguno de los discursos establecidos.  Desde este punto conceptual, la psicosis es la normalidad, siendo las otras estructurales que deben obtenerse por corte o por suplemento a partir de la figura topológica que las metaforiza, la aesfera.

Lacan define a estos niños como “personajes verbosos” que se escuchan a ellos mismos, abriendo así para el autismo una clínica de la alucinación y del ceñimiento de su parasitismo, teniendo en cuenta su inmersión en lo real.

Angela Vitale

 

Finalmente, a modo de conclusión de esta parte podríamos situar que las descripciones psiquiátricas más pertinen- tes serían aquellas que por su “envoltura formal” dan cuenta de los siguientes puntos:
– El restablecimiento del concepto freudiano de autoerotismo que ubica la articulación primera entre lenguaje y economía libidinal. En un trayecto inverso al de Bleuler que rechazaba el descubrimiento fundamental de la sexu- alidad infantil.
– El hecho de que el lenguaje pre-existe al sujeto, y que su condición de “parletre” (ser hablante) está vinculado a esa “máquina” externa que lo parasita, cuya metáfora es el Síndrome de de Clerambault.
– El estatuto de la Behajung freudiana, su no inscripción y las formas clínicas que se desprenden en relación a “das Ding”, La Cosa.
En 1914, Freud describe a la parafrenia (término con el que intentaba sustituir al de demencia precoz) como el resultado del triunfo de la represión, y la fijación al autoerotismo. Cuya fase de reconstrucción no está representado por el delirio, sino por el mecanismo alucinatorio y las estereotipias motrices -y verbales-, como intentos de restabl- ecer la libido a los objetos. Tiempo después agregará que el “lenguaje esquizofrénico” se caracteriza por tomar las palabras como cosas (Ding).
Podríamos asignar a estos conceptos el carácter de primeros indicios para un camino de esclarecimiento de las psi- cosis infantiles, que se ajusta también con el dato clínico que el campo de la esquizofrenia domina en relación al de la paranoia. En este sentido lo dicho por Freud lo refrenda, teniendo en cuenta las figuras del amor, ya que mien- tras hace corresponder para la paranoia la erotomanía, encuentra el mismo límite para su parafrenia como ocurre con las psicosis infantiles, que es la dificultad de responder sobre la posibilidad de que en esos casos exista algún tipo de amor objetal.

4. El “blocking” de Bleuler, y el Automatismo mental de Clérambault
Como ya se mencionó el autismo infantil desde sus orígenes tiene como ejes la disociación afectiva, el concepto de
Yo regulado por códigos sociales, e incluso las ideas de Binswanger del espacio- tiempo, y/o el ser-en-el-mundo.
El “bloqueo afectivo” afín a estas formulaciones, y tan extendido en la cultura para explicar ciertas inhibiciones de la infancia, proviene de lo que Bleuler llamó “blocking”: síntoma que describe la interrupción de la cadena asocia- tiva “la obstrucción o el detenimiento del pensar” [16] y que también tiene un correlato en la esfera motora. Junto con esto señala un hecho aparentemente opuesto: algunos pacientes presentan la sensación de verse forzados a pensar. Incluso llega a decir que ambos fenómenos pueden aparecer en el mismo paciente.
Por otro lado, Clerambault en una forma más pertinente al significante “neutro” y “atemático”, hace otra lectura de los mismos padecimientos, describiéndolos dentro del pequeño automatismo mental como fenómenos negati- vos (anideicos) y positivos (intrusivos). Figuras que toma Lacan según el momento de su enseñanza, para ilustrar respectivamente la ruptura de la cadena significante y la perplejidad en el seminario sobre Schreber y luego en los 70 cuando se refiere al parasitismo del lenguaje y el sinthome.

5. El Otro, la esquizofrenia y las enfermedades de la mentalidad


Estas coordenadas permiten introducir algunas puntuaciones sobre la clínica diferencial de las psicosis.
En las psicosis infantiles de presentación “autista” se comprueba claramente la primitiva disyunción entre lalengua y el goce originario.
El llamado autista, como el esquizofrénico, se definen para Lacan por presentarse atrapados en lalengua, sin una posible elucubración de lenguaje, sin ninguno de los discursos establecidos. Desde este punto conceptual, la psico- sis es la normalidad, y son las otras estructuras las que deben obtenerse por corte o por suplemento a partir de la figura topológica que las metaforiza, la aesfera. Como explica J.A.Miller, la estructura del automatismo mental es lo normal, lo que implica que en la práctica hay que interrogarse sobre lo que viene a obliterar la emisión del receptor [17].
Lejos de estar sin actividad mental, Lacan define a estos niños como “personajes verbosos” que se escuchan a ellos mismos. Así, efectivamente abre para el autismo una clínica de la alucinación, y del ceñimiento de su parasitismo, teniendo en cuenta su inmersión en lo real.
Al respecto existen variados indicios sobre el camino del autismo infantil, predominantemente en conexión con la esquizofrenia. Esta observación es común a casi todos los marcos conceptuales; así un estudio sobre las formas evolutivas alcanzadas luego de un seguimiento de 100 casos durante 20 años, llegó a la conclusión que las mismas se podrían agrupar en dos cuadros: la esquizofrenia, y la formación de carácter, con diversos grados de lazo social [18].
También, E.Laurent vincula con mayor frecuencia al niño autista con la vertiente esquizofrénica [19], señalando que el esfuerzo que hace no es tanto movilizar toda la metáfora para reconstruir una metáfora delirante, sino el hacer función con sus órganos puesto que no ha simbolizado esto en el falo.
En este sentido, el caso “Joey” de Bruno Bettelheim [20] es desde el psicoanálisis un aporte importante, por su variada presentación clínica y el hecho de ser un relato que abarca desde los primeros meses de vida hasta los inicios de la adultez. Así es como relata una primer secuencia que va hasta los 7 años donde predominan los signos del “autismo”: un contraste dramático entre su fascinación por lo mecánico (que incluía su cuerpo), y las personas que lo rodeaban a las que no prestaba atención. Sumado al uso neológico autorreferencial del lenguaje, y fenóme- nos imaginarios como la falta de una organización tópica al estadío del espejo, la ausencia del “complejo del seme- jante”, e inversión de los pronombres personales.
Luego al finalizar esta etapa, habla de su persona al modo alucinatorio del comentario de actos: “quiero que la señorita M. te empuje en la hamaca”. Hecho que se repetirá en otra parte del historial cuando dice en voz baja luego de un baño, “aquí te llevan incluso a la cama”.
Posteriormente, a los 9 años, a partir del pasaje por una institución religiosa de “rígidas normas” sobreviene la salida del autismo y la entrada en el delirio que le ha valido el bautismo del “niño máquina”. Circunstancia que marca la tesis que sigue este trabajo, y que -junto a otros casos permite sacar una conclusión más general: el “autismo” sería una fase transitoria que evoluciona hacia la “psicotización”, hacia diferentes tipos de psicosis.
Siguiendo la orientación lacaniana en relación a las mismas, lo que el clínico busca fundamentalmente para su diagnóstico son los modos de localización del goce.
A partir de estas indicaciones conviene en principio despejar un punto de mucha controversia, como es el estatuto del Otro en el autismo. Al respecto, en principio se puede afirmar que hay Otro pero que nunca se trata de un Otro barrado. Por otro lado, la existencia del Otro tendría varios modos de presentación desde el punto de vista imagi- nario como se verifica en algunas respuestas frente al partenaire, la toma de distancia, el rechazo absoluto, y otros modos de reaccionar hacia lo que surge como “intrusión”.
La explicación para esto sería que el conjunto del lenguaje está alucinado, que estos niños tienen como Otro a lalengua y por lo tanto aparecería la pura exterioridad significante encarnada en el partenaire como Otro-amo.
Asimismo, esta relación a lo real es la que dificulta muchas veces los primeros acercamientos al niño. Un verdadero arte, un “saber hacer” que poco a poco la práctica enseña, y que por lo general resulta en un hecho “traumático” del analista, porque rompe con la homeostasis que el niño autista tiene con sus voces.
Por último, hay acuerdo en que es poco frecuente la vertiente paranoica, la localización del goce en el Otro.
Por lo tanto, el problema quedaría más bien del lado de la esquizofrenia y/o de las enfermedades de la mentalidad, que se presentan por su retorno del goce en una repartición cartesiana: el cuerpo esquizofrénico, y la mente pura.
Brevemente recordaremos la definición que dice que en la esquizofrenia todo lo simbólico se hace real, donde hay una iteración que hace que falte la falta, que se manifiesta por ejemplo en la estereotipia y la ecolalia, en la pura repetición. Y también, aparece muchas veces en forma dramática con la invasión del goce en el cuerpo, en la agitación, en el lenguaje de órganos y/o en la auto-mutilación como intento de vaciamiento del mismo.
Con respecto a las enfermedades de la mentalidad, son mencionadas por J. Lacan -en 1976- luego de una presentación de enfermos [21], en referencia a los pacientes que padecen del síndrome de automatismo mental “puro” (sin mecanismo interpretativo). Allí el retorno del goce está localizado en el mismo parasitismo del lenguaje, y en contraposición se verifica la deriva imaginaria del cuerpo, como se deduce del comentario de la paciente cuando afirma que: “no sabía qué cuerpo poner bajo el vestido”.
En este sentido, en el historial del “niño-máquina” se encuentran una serie de padecimientos que remiten a cada una de estas vertientes clínicas: en relación a los fenómenos de lenguaje de órgano, más esquizofrénicos, se ilus- tran por la frase “tengo que vaciar toda mi sangre porque hace demasiado calor”, y por otro lado la “ausencia” de un cuerpo, se manifiesta en un “ritual” donde siempre precisaba cubrir su cuerpo con servilletas de papel antes de comer “para quedar enchufado” a una conexión externa, de lo contrario, esta falta de cobertura podía implicar una dramática desvitalización del sujeto. De ahí que Bettelheim, fino observador de la conducta del niño, asentía a este tratamiento de hacerse de un cuerpo a través del uso de esas servilletas que eran un modo de hacer borde y de lograr una “armadura”, de darse una forma. Pero por otro lado, intervenía con un firme “¡No!” cuando el “enchufarse” a un aparato exterior, era el acto literal de conectar un cable enrollado a su cuerpo a un enchufe eléctrico.
Por último, después de varios años de internación el niño es dado de alta al alcanzar la reducción del delirio. Tiempo después, cerca de los 20 años, el paciente regresa de visita con el título de Técnico, y para sorpresa de los terapeutas les muestra orgulloso una máquina eléctrica -de corriente alterna- que había construído.
En esta última entrevista, Bettelheim detalla que ya no hay indicios del cuadro delirante, sino más bien rectificacio- nes “sensatas”, la mayoría -como el mismo advierte- a gusto del entrevistador.
De nuestro lado, encontramos que en esta invención existe un tratamiento particular de la disyunción entre goce (del cuerpo propio) y el sentido, habiendo alcanzado un funcionamiento que toma para el observador un carácter “inclasificable”, que podría ser calificado dentro de los “autistas sabios”. Pero cuya explicación está en un detalle significativo del historial. Así, en un momento de la cura surge como elucubración del niño una auto-denomi- nación: “Papoose de Conect-I-Cut”, nombre con el empieza a firmar sus dibujos. En un relato de floridos neologis- mos fonológicos y semánticos, verdadero enjambre de S1, éste combina el “mito de origen”, especie de “seudo” Nombre del Padre en tanto “papoose” es el nombre que los indios americanos dan a sus pequeños, junto a que Joey provenía de Conecticut; con el intento de hacer una función de su cuerpo conectado a una máquina eléctrica. In- cluso, más que hablar del niño-máquina, como dice Laurent conviene hablar del niño-órgano. Además, como efecto de esta lograda defensa del goce, en las sesiones siguientes se verifica que esta organización  imaginaria del cuerpo le ha implicado el control y la delimitación de los esfínteres, e incluso por la localización libidinal empieza con una práctica masturbatoria.
Entonces para finalizar, podemos ubicar en el estudio de cada secuencia de este caso la posibilidad de un programa de investigación para las psicosis infantiles. Empezando por el “autismo”, pasando luego a la “psicotización”, a un saber delirante, para llegar a la estabilización particular de la metonimia del goce en la que se deslizaba alrededor del agujero de lo real. La nominación suplementaria “papoose” de “conect-i-cut” a la que arriba, explica como el joven consiguió “humanizarse”, y la posterior creación de ese objeto fuera-de-cuerpo, esa máquina de corriente alterna, muestra cabalmente el genio de este paciente para dar con una suplencia.
Recorrido y experiencia que este niño hizo con las interpretaciones y bajo transferencia con el analista, demostrando que una acción analítica es posible y que lejos de pensar en un déficit, y/o en apostar a la vía educativa, el niño llamado autista puede encontrar un alivio, y que sus límites pueden invertirse en efectos de creación.


1- LAURENT, E.: “Reflexiones sobre el autismo”, en “Hay un fin de análisis para los niños”, Colección Diva, Bs.As., 1999.
2- LACAN, J.: “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, en “Intervenciones y textos 2”, Ed. Manantial, Bs.As., 1988.
3- BLEULER, E.: “Demencia Precoz o el grupo de las esquizofrenias”, Ed. Hormé, Buenos Aires.
4- FUSTER, P.: “Psicosis infantiles”, en Manual de Psiquiatría. Tomo I de J.J. López Ibor-Aliño, Ed. Toray.
5- CAMPBELL, M., SHAY, J.: “Trastornos generalizados del desarrollo” en Tratado de psiquiatría de Kaplan H., Sadock,B., Ed.Intermédica,
1995.
6- DSM-IV. Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales, IV Edición. Ed. Toray Masson.
7- CLAUDE, M., HEUYER, G., et LACAN, J.: “Un cas de démence precocissime”, en Bulletin des Sociétés Savantes, séance du 9 mai,
1933.
8- DEL RONCAL, P.: “Manual de Neuro-Psiquiatría Infantil”, Ed. La casa de España en México, 1940.
9- TAUSK, V.: “De la génesis del aparato de influencia durante la esquizofrenia”, en “Obras Psicoanalíticas”, Ed. Morel, Buenos Aires, 1977.
10- BETTELHEIM, B.: “La fortaleza vacía”, Ed. Laia, Barcelona, 1981.
11- MISES, R. :”Psychoses de l”enfant”, en E.M.C. – Psychiatrie 85 e Fr 37-299-M-10/37-299-M-20.
12- QUEMADA, N.: Vertex Nº 17. Revista Argentina de Psiquiatría. Pp. 209-214.
13- MALEVAL, J.C.: “De la psicosis precocísima al espectro del autismo”, en Freudiana 39, Barcelona, 2004.
14- CAMPBELL, M., SHAY, J:  ib. idem.
15- DELEUZE, G. GUATARI, F. “El Anti-Edipo”, Ed. Paidós, Bs.As.
16- BLEULER, E.: ib.idem.
17- MILLER, J.A.: “Suplemento topológico a “De una cuestión preliminar…”, en “Matemas I, Ed. Manantial, 1987.
18- MANZANO, J., LAMUNIERE, M.C., PECKOVA, M. : L´enfant psychotique devenu adulte. Résultats d´une étude catamnestique de 20 années sur 100cas, en Neuropsychiatr. Enfance Adolesc., 1987, 35, 429-443.
19- LAURENT, E.: “La psicosis en el niño en la enseñanza de Lacan”, en “Hay un fin de análisis para los niños”, Colección Diva, Bs.As.,
1999.
20- BETTELHEIM, B.: ib.idem.
21- MILLER, J.A.: “Enseñanzas de la presentación de enfermos”, en  “Matemas I, Ed. Manantial, 1987.
 

Las psicosis infantiles: del “autismo” a la psicotización, Parte III

III parte: La clínica edipizante del “autismo” y el ascenso del cognitivismo.

Lo que busca el autor con este trabajo, es poner en cuestión la validez y por lo tanto la pertinencia del término “autismo” como entidad nosográfica porque aunque algunos autores intenten darle otro sentido más ajustado  a los conceptos de Lacan, no se puede evitar su peso moral en la Sociedad, su “pecado de origen”: el privilegio de las emociones  y el rechazo a la articulación freudiana entre decir  y economía libidinal.

Angela Vitale

 


3. La clínica edipizante del “autismo” y el ascenso del cognitivismo


Algunas teorizaciones del psicoanálisis en relación a las psicosis infantiles pueden justificar ciertas críticas, y la adopción de posiciones que favorecen el abordaje de las terapias cognitivo-comportamentales y las estrategias educativas. Principalmente, las críticas apuntan a la edipización de la causalidad, y al aspecto deficitario con que quedan enmarcadas estas psicosis.
En un reciente artículo, J.C Maleval efectúa un repaso de cuatro autores que nos parece interesante citar para este desarrollo [13]. Al respecto, sitúa que la posición de M. Mahler afín a la corriente genética annafeudiana aparece también en los DSM. En cuanto al autista, recuerda que Mahler sostiene que se comporta como “si no oyera nada” en tanto hay una denegación de la satisfacción alucinatoria, al  considerar que se trata de la regresión libidinal más profunda. En la cual el sujeto se separa alucinatoriamente de las fuentes de percepción sensorial del mundo “vivi- ente” que demanda respuestas emocionales sociales.
En 1967, Bettelheim postula en su célebre obra “La Fortaleza vacía” una terapia a través del entorno, siguiendo un enfoque tributario de su experiencia en los campos de concentración. El niño que describe está abierto a la angustia más extrema, y la reacción autista resulta una respuesta a haber estado sometido a condiciones extremas de vida (estableciendo una ecuación que se puede resumir como Madre = Muerte).
Por la misma época en Londres, la corriente kleiniana encuentra en Meltzer un representante importante que pien- sa que el autista está “desmantelado”, con lo que deja errar los diferentes sentidos, internos y externos, de manera que se fijaría en los objetos más estimulantes del momento. El niño se hallaría en un estado primitivo esencialmente “sin actividad mental”, retirado del mundo en un grado cero de la transferencia. Para Meltzer, el autista no está angustiado, no se defiende, es el ser arcaico por excelencia.
En coincidencia con éste, Tustin piensa que estos niños no tienen actividad mental; aunque se diferencia de lo ante- rior cuando observa que ponen en marcha mecanismos de protección ante una prueba dolorosa.
Para esta autora existiría un traumatismo oral precoz, un fantasma catastrófico de un seno o un pezón arrancado prematuramente, donde el sujeto habría hecho en forma demasiado temprana la experiencia de separación respecto del objeto de satisfacción pulsional. Esta experiencia traumática deja un “agujero negro” en la boca, que genera el sentimiento de haber perdido una parte vital del cuerpo y que estaría poblado de objetos persecutorios. Añadiendo que la cápsula protectora del autismo recubre dicho agujero.
En consecuencia, para Maleval, estos enfoques durante mucho tiempo produjeron un imaginario en los clínicos de que el autismo tenía un pronóstico sombrío, y que bordeaba la demencia.
Por otro lado, si bien los primeros planteos cognitivistas como el de Rimland en 1964, no contribuyeron a mejorar su recepción, a partir de los años setenta se produce un viraje vinculado a las siguientes circunstancias: hallazgos clínicos que comprobaban en los sujetos capacidades poco compatibles con la imagen deficitaria de su patología, como sugerían las primeras descripciones de Kanner y las mencionadas teorías psicoanalíticas. Esto hizo que se recupere la antigua categoría de los “idiotas sabios” para nuevas investigaciones, reforzada por un contexto cul- tural que se sensibiliza a estas propuestas como lo marca el éxito de la película “Rain man” en 1971, que describe la historia de un autista sabio.
Desde esta perspectiva, que propone una versión menos negativa, es que Maleval valora la descripción de Asperg- er cuya “psicopatía autística” demuestra una “riqueza de la vida interior” que no se condice con los planteos que acentuaban la presencia de una psicosis precosísima sin actividad mental.
El otro hecho que hizo perder terreno a las posiciones del psicoanálisis, fue que en una época donde  se comienza cada vez más sólo a esperar las buenas noticias, transformando incompatible aceptar un pronóstico deficitario, tampoco pasan a tolerarse las afirmaciones sobre los padres “patógenos” que acentúa el sentimiento de culpa en los mismos.
Estas consideraciones fenoménicas tan comúnes en los inicios, por ejemplo de la “madre fría”, indiferente, des- apegada y obsesiva que suministraba “cuidados mecanizados”, se mostraron inconducentes para explicar los casos donde los mismos padres criaban hijos normales, o cuando otros padres de hijos autistas no correspondían con los supuestos estereotipos que se describían como patógenos.
Así, progresivamente estas teorías indujeron reacciones de oposición entre padres y médicos, y crearon “confusión y culpa en padres que ya soportaban la carga de cuidar a un hijo autista” [14].
Una de las implicancias más importantes de estos cambios, además  del advenimiento del concepto de trastorno generalizado del desarrollo, fue el impulso de nuevas medidas terapéuticas que disminuían el papel de la psiquiatría a favor de la educación especial, estrategia pedagógica que terminó de elaborarse a partir de 1972 con el programa TEACCH (Treatment and Education of Autistic Children and related Communication Handicapped Children), creado en Carolina del Norte, que incluía la participación de los padres a los fines de que los métodos utilizados en clase se transfirieran al hogar.
Por otro lado, ya hemos dicho que en este trabajo buscamos poner en cuestión la validez y por lo tanto la pertinen- cia del término “autismo” como entidad nosográfica porque aunque algunos autores intenten darle otro sentido mas ajustado a los conceptos de Lacan, no se puede evitar su peso moral en la Sociedad, su “pecado de origen”: el privilegio de las emociones y el rechazo a la articulación freudiana entre decir y economía libidinal.
Pensando que la concepción lacaniana de la envoltura formal del síntoma es una defensa frente a lo real, nos parece acertada la crítica que efectúan Gilles Deleuze y Felix Guattari, cuando dicen que la psiquiatría, y  algunos psicoa- nalistas, basan sus teorizaciones en el concepto de Yo, y su regulación por códigos sociales que dejan englobados bajo la denominación de “Edipo” [15]. Su elogio a Clerambault se justifica porque su tesis les permite lanzar un argumento contra la “edipización”, y destacan de aquel su idea de que el delirio con su carácter global sistemático, es secundario a “fenómenos de automatismo parcelarios y locales”. Es decir, que lo primario son los fenómenos atemáticos, “de eco, de sonorización, de explosión, de sin sentido”.
En sus argumentos sobre la génesis de la teoría de la esquizofrenia, válidos para la desencadenada en la infancia, dicen que se ha basado en tres conceptos que constituyen su fórmula trinitaria: la disociación (Krapelin), el autismo (Bleuler), el espacio-tiempo, o el ser-en-el-mundo (Binswanger).El primero es un concepto explicativo que pretende indicar el trastorno específico o el déficit primario (orgánico). El segundo es un concepto comprensivo que indica la especificidad del efecto, “el desapego a la realidad acompañado por una predominancia relativa o absoluta de la vida interior”. Y por último, el tercero es un concepto expresivo que descubre o redescubre al hombre delirante (en términos generales al “loco”) en su mundo específico.
Según los autores del “Anti-Edipo” estos tres conceptos tienen en común el relacionar el problema de la esquizo- frenia con el Yo, a través de “la imágen del cuerpo”. Pero agregan, “el Yo es como papá-mamá”, mientras que el “esquizo (…) está más allá, está detrás, debajo, en otro lugar, pero no en esos problemas”, resaltando en términos que evocan a Tausk la ruptura, la disyunción, y la conjunción “maquínica”.
Asimismo, el “fastidioso concepto de autismo” también le es criticado a Bettelheim; si bien hay un elogio clínico por sus observaciones del “niño-máquina”. Pero, es con el relato del “caso Dick” donde Deleuze y Guattari ejem- plifican el impulso edipizante en la psicopatología, citando el artículo donde M. Klein escribe: “La primera vez que Dick vino a mi consulta no manifestó ninguna emoción cuando la niñera me lo confió. Cuando le enseñé los juguetes que tenía preparados, los miró sin el menor interés. Agarré un tren grande y lo coloqué al lado de un tren mas pequeño y los llamé con el nombre de “tren papá” y “tren Dick”. A continuación, tomó el tren que yo había llamado “Dick”, y lo hizo rodar hasta la ventana, y dijo “Estación”. Yo le expliqué “la estación es mamá; Dick entra en mamá”.
Al respecto, cabe hacer una salvedad, porque aceptamos como válida la crítica de que la producción es rápidam- ente “aplastada”, “abatida”, por las imágenes parentales: Edipo (norma social), convertido en la piedra de toque de una lógica. Pero sabemos que más allá de M. Klein y sus planteos teóricos, su intervención fué efectiva en términos de compensación del niño, dado que como señala Lacan la misma resultó en un “enchapado edípico” imaginario, a modo de una suplencia. Concepto que más tarde continuará desarrollando a partir de la clínica “borromea”, que el significante del Nombre del Padre no es algo previo en la estructura, sino una invención, un artificio sobre un agujero, un síntoma.

Continuará…
 

Las psicosis infantiles: del “autismo” a la psicotización, Parte II

II parte: Las psicosis infantiles, del otro lado del atlántico. Francia

En lo que respecta a la psiquiatría francesa,  en la primera época la figura dominante fue Heuyer, siendo este el primer catedrático de Psiquiatría infantil en el mundo. Este autor tiene como referencia a Kraepelin, sumando los aportes de su contemporáneo, de Clerambault, sobre todo en las definiciones en torno a las leyes de la edad y la masividad, que condicionan las manifestaciones clínicas según  el momento de la vida en que irrumpe el automatismo mental.

Al respecto de esto, figuran en las actas de la Sociedad Médico-Psicológica del año 1933 un relato conjunto entre Heuyer, Lacan y Claude sobre un caso de demencia precocissima.

El uso que los autores dan al término “autismo” en este momento, es para representar dos fenómenos de diferente orden pero conectados entre si, por un lado la desafectación corporal y por otro la irrupción alucinatoria.

Heuyer destaca el negativismo, el oposicionismo y la desorganización corporal, provocados frente a la presencia de un otro.

Se hace incapié en las investigaciones psicoanalíticas encabezadas por Lebovici, continuadas por Diatkine y sus discípulos, dedicados al estudio de las psicosis infantiles.

Angela Vitale

 

Desde el otro lado del Atlántico, vemos que la situación en sus inicios era francamente diferente.
En lo que respecta a la psiquiatría francesa, en la primera época la figura dominante fue indiscutiblemente G. Heuyer. Entre cuyos títulos, ostenta el de ser el primer catedrático de Psiquiatría Infantil en el mundo.
Este autor organicista, emplea las descripciones de la Demencia precocísima teniendo como referencia a Kraepelin; y sumando además, los aportes de su contemporáneo de Clerambault, sobretodo las definiciones en torno a las leyes de la edad y la masividad, que condicionan las manifestaciones clínicas según el momento de la vida en que irrumpe el automatismo mental.
Al respecto, en las actas de las sesiones de la Sociedad Médico-Psicológica de Mayo de 1933 se puede leer el relato conjunto de Heuyer, J. Lacan, y M. Claude sobre un caso de demencia precocissima [7]. En la reseña del 9 de ese mes se consigna brevemente que hacían la presentación de un niño de 10 años y medio, cuyos trastornos intensos habían comenzado hacía más de un año “aparentemente luego de un estado infeccioso mal descripto por sus observadores, lo que oscurece el problema etiológico”.
En 1908, como ya fue dicho, Sante de Sanctis es el primero que describe una forma peculiar de “locura” en la infancia. Se trataba para este psiquiatra italiano del mismo proceso de la Demencia precoz, pero que por darse antes de la pubertad evolucionaba en forma mas rápida y masiva hacia la demencia.
Para Heuyer ésto último verificaba la ley de la edad de Clerambault, quién establece una correspondencia clínica entre el momento vital del desencadenamiento y el cuadro nosográfico que se manifiesta. Así hallamos:
– En el feto: idiotez y gran trauma motor.
– En el niño: imbecilidad, traumatismo motor más circunscripto.
– En el muchacho: demencia global, tras confusión agitada.
– En el adolescente: hebefrenia y catatonía.
– Más tarde, hasta los 30 años: demencia paranoide.
– Pasados los  40: psicosis crónica alucinatoria sin demencia o con demencia muy especial y tardía.
Cuanto mas jóven, mas masiva es la instalación del Gran Automatismo Mental (Ideoverbal, sensorial, ideomotriz o psicomotor).
Por lo tanto, al igual que en los planteos mas conocidos del adulto, aparece el Síndrome de Clerambault, como metáfora, como envoltura formal pertinente para señalar el momento en que el significante irrumpe -atemático, neutro, xenopático- en la psicosis infantil, abarcando desde el eco del pensamiento -del pequeño automatismo-, hasta las alucinaciones verbales, olfativas, cenestésicas, y las ideas de persecución, influencia, posesión, etc. En esta misma serie, podríamos ubicar, como parte de la disyunción entre lo simbólico-real y lo imaginario la desafectación corporal, y otro fenómeno comprobable como la desorganización motora.
Asimismo, dada su pertinencia, las descripciones de Heuyer sobre la Demencia Precocísima incluyen los siguientes puntos de gran valor [8]:
– subraya una discontinuidad: son trastornos que “forman contraste con la vida anterior del sujeto”,
– habría una anticipación de la psicosis del adulto,
– y se manifestaría por tres formas clínicas predominantes:
1. El enfermo se cierra en un hermetismo del que es difícil sacarlo. Adopta posturas extrañas en las que permanecen horas y horas, existe flexibilidad cérea, y la rigidez cataléptica es típica de esta forma.
Aquí, incluye el autismo de Bleuler como síntoma para nombrar el encierro en sí mismo, y la falta de interés por el mundo externo. Agrega que ante esto los pacientes pueden perecer en accidentes, porque al producirse continúan ininmutables sin tratar de ponerse a salvo.
Resulta evidente que en esta forma clínica los síntomas predominantes están vinculados con el registro del cuerpo.
Desde estos planteos, parecería que el uso que los autores dan al término “autismo” es para representar dos fenómenos de diferente órden pero conectados entre sí: por un lado la desafectación corporal, y por otro, la irrupción alucinatoria.
Por último, Heuyer destaca: el negativismo, el oposicionismo, provocados frente a la presencia de un otro. Donde las negativas tienen su correlato corporal, y no solamente con los dichos, los pequeños retienen sus deposiciones, rechazan los alimentos, llegando a correr peligro sus vidas.
Finalmente la desorganización corporal, puede tomar la vertiente opuesta presentándose con estados de excitación, y entonces se golpean, agreden a los familiares o a personas cercanas, rompen todo cuanto cae en sus manos, incluso sus vestimentas.
Tipo clínico con predominio de fenómenos alucinatorios e ideas delirantes: las descripciones en estos casos coinciden con las hechas por Víctor Tausk en su célebre artículo sobre el “aparato o máquina de influencia”en la esquizofrenia [9].
Las ideas delirantes de perjuicio y persecución, son alimentadas por alucinaciones visuales, auditivas, y cenestésicas. “Sus enemigos le insultan por radio y se le aparecen colgados de la lámpara desde la que le envían corrientes para molestarle y arrancarle las vísceras”.
Frases, que también recuerdan las expresadas por Joey, el caso famoso de Bruno Bettelheim que testimonia de una máquina que lo controla por telecomando [10]. Por ejemplo, los dibujos de este pequeño muestran la “articulación de aceite” que lo protegía de una evisceración completa y la “transmisión del Blinderator (…) que ciega”.
Sus dichos, expresan el síndrome de exterioridad que estos niños padecen, el esfuerzo por tratar de articular la disyunción entre neologismo y cuerpo.
3. La última forma clínica es la que muchos autores dan por “el pseudo deficiente mental”. Heuyer dice que: “El enfermo dá una impresión de estupidez, ríe a veces sin motivo, con risa estereotipada”. Hay una discordancia progresiva en el discurso, haciéndose vago, rebuscado, desaliñado, “tonto”, con un correlato de hipoafectividad y de movimientos sin finalidad alguna.
Pasaremos ahora a mencionar otros trabajos que ilustran también el panorama de la psiquiatría infantil en Francia.
Así, en la post-guerra prevalecen las investigaciones psicoanalíticas encabezadas por Serge Lebovici, y continuadas por René Diatkine. Actualmente, quizá uno de sus discípulos más destacados es Roger Misés, que desde la década del ¢70 es el responsable del capítulo dedicado a las psicosis infantiles en la Enciclopedia Médico-Quirúrgica [11]. En su extenso artículo propone tres grandes grupos donde se  vislumbra cierta incongruencia, desde las referencias que toma, heterogéneas y en cierta forma contrapuestas. Así clasifica a los cuadros en:
1. Psicosis precoces (en clara referencia a la edad de aparición).
2. Psicosis de la fase de latencia (según la categoría tomada de Freud, y utilizada por el autor para designar el período comprendido entre los cuatro – cinco años hasta la pubertad).
 . Psicosis agudas (aquí la referencia es al curso de la enfermedad).
En una descripción clínica dificultosa y poco clara incluye dentro de las psicosis precoces, las psicosis autistas (en las que figuran todos los cuadros descriptos de autismo por los diferentes autores, hasta la fecha), las psicosis de expresión deficitaria, y las distorsiones psicóticas precoces de la personalidad (incluyendo a la psicosis simbiótica de Mahler).
Por último, destacaría un esfuerzo de respuesta al DSM, con Misés a la cabeza, de algunos clínicos franceses que impulsan la CFTMEA (Clasificación Francesa de los Trastornos Mentales del Niño y del Adolescente). Este intento busca inscribir una clasificación propia de la infancia y la adolescencia, que se diferencie de la otra clasificación general donde se engloban a la vez los trastornos del niño y los del adulto [12].
Esta iniciativa de resistencia, reconoce razones y antecedentes previos: por ejemplo, los estudios de Lebovici y Sadoun que habían llegado a una clasificación triaxial, reformada en la conferencia de la OMS en 1967 sobre los trastornos mentales del niño y del adolescente. En esa oportunidad trabajaron en común con otros psiquiatras, especialmente con el inglés Michael Rutter.
Asimismo hallamos como un elemento distintivo, que en la clasificación francesa los trabajos propuestos por Anna Freud están muy presentes, situando las “neurosis” y las “disarmonías” según la concepción de los mecanismos de Defensa del Yo.
Continuando con otros autores europeos, no se puede dejar de mencionar a J. De Ajuriaguerra, quien trabajando en Suiza tiene posiciones cercanas a las francesas. Reproduciendo casi exactamente el esquema de Misés con ligeras modificaciones. Con respecto al autismo infantil precoz señala que: “al nacer no suele observarse ninguna anomalía en los niños, y es entre el cuarto y el octavo mes el momento en que suele llamar la atención de los padres la ausencia de los movimientos de anticipación”, que se presentan normalmente al querer levantarlos en brazos.
Describe también la apatía, los juegos ritualizados, la ausencia de interés por la exploración de su cuerpo y por los juegos que permiten una socialización; y la indiferencia ante su imágen en el espejo. En cuanto al lenguaje, señala el mutismo absoluto de algunos, el habla limitada y anormal en otros, siendo lo más característico la repetición de lo que oyen en forma de ecolalia. Por último destaca la inversión de los pronombres: “yo para los demás, y tú para ellos mismos”, y la presencia frecuente de melodías rítmicas sin sentido.
Siguiendo con este panorama, podemos situar en Gran Bretaña un desarrollo autónomo tanto de la clínica de adultos y la infantil, con respecto al resto de Europa. Con una fuerte tradición pragmática, impulsados en necesidades puramente asistenciales, privilegian en consecuencia los síntomas más “objetivos”, los de la conducta.
Es este parámetro de lo mas variable en la clínica con niños, lo que produjo como resultado una gran confusión,  y  para solucionarlo en 1961 M. Creak, propuso una “lista de síntomas” que sirviera de orientación y fijó criterios diagnósticos en base a 9 puntos. Pero esta enumeración no gradativa, donde todos los ítems eran considerados de igual importancia, también fracasó por ser de una excesiva generalidad y de escasa especificidad.
Finalmente, llegamos a Rutter ya destacado por su influencia incluso más allá de la psiquiatría inglesa. Sus posicio- nes pueden resumirse de la siguiente forma: postula que la psicosis infantil no forma parte de la esquizofrenia del adulto, y que los trastornos del lenguaje tienen un carácter de alteración primaria, partiendo de un daño orgánico cerebral. También afirma que otros trastornos de la percepción son probablemente importantes, subrayando que la psicosis no es primariamente emocional en su origen, y que los factores psicógenos sólo desempeñarían un papel secundario. Aunque acepta, que “las relaciones emocionales del niño pueden ser fundamentales en la superación o no de sus inhibiciones”.
Por sus hipótesis, Rutter llega a pensar en una estrecha relación esquizofrenia-disfasia.
Pero luego, otros autores han llegado a refutar dichas ideas haciendo hincapié que las fluctuaciones de la compren- sión y atención al lenguaje en el niño psicótico, no es al azar sino que aparece “fuertemente motivada”. Así, mientras que el niño disfásico no depende de motivos particulares sino de los cambios a nivel de la actividad cerebral, el psicótico que hasta hace un momento se mostraba indiferente a las estimulaciones verbales, de pronto se orienta activamente hacia el observador que le habla y responde con actividades complejas.
En cuanto a las afirmaciones de Rutter que más trascendencia tuvieron se encuentran las pronunciadas en relación a que el pronóstico estaría condicionado a la educación que eventualmente reciba el niño “autista”.

Continuará…
 

Las psicosis infantiles: del “autismo” a la psicotización, Parte I

Introducción.

Se trata de un arduo y detallado trabajo de investigación sobre el autismo en el que G.Belaga describe de qué manera la psiquiatría abordó esta difícil problemática, para luego tomar los trabajos que Melanie Klein llevara a cabo desde su clínica de la psicosis, finalizando con el modo en que Lacan retoma e inventa nuevos conceptos para la dirección de la cura de la psicosis. De esta manera, al final del trabajo, el autor trae un ejemplo clínico en el que va a ubicar “en el estudio de cada secuencia de este caso la posibilidad de un programa de investigación para las psicosis infantiles. Empezando por el “autismo”, pasando luego a la “psicotización”, a un saber delirante, para llegar a la estabilización particular de la metonimia del goce en la que se deslizaba alrededor del agujero de lo real”; y como lo dice él “demostrando que una acción analítica es posible y que lejos de pensar en un déficit, y/o en apostar a la vía educativa, el niño llamado autista puede encontrar un alivio, y que sus límites pueden invertirse en efectos de creación”.

Este trabajo será publicado en cuatro entregas.

I parte: Lectura crítica del término autismo, evaluación del uso equívoco del mismo por parte de los clínicos.


Dice Eric Laurent; en el libro titulado Hay un fin de análisis para los niños, en el capítulo  Reflexiones sobre el autismo, que Lacan fue muy prudente en el abordaje del autismo y que todas las  indicaciones que dio señalaban el hecho de que el niño autista está alucinado, es la tesis constante  que mantiene, que hay alucinación, es decir, sumersión en lo real.
Precisamente porque el sujeto está alucinado no puede escuchar un llamado, porque la respuesta está allí ya.
Belaga tomando esta afirmación, indica que el síntoma descripto en estos cuadros, el de la “falta de atención” hacia quien lo llama, ya no debería leerse como una “pérdida de contacto afectivo  con la realidad exterior” sino como una consecuencia de la inmersión en lo real, dado que para el niño la voz alucinada es ya una respuesta.
Propone pensar a los fenómenos del autismo a partir de la clínica de la alucinación, donde la presentación autista es una envoltura formal del síntoma ligada a estos niños que se escuchan a ellos mismos.
Nos introduce en un recorrido por el terreno psiquiátrico acerca de las psicosis infantiles, siendo Bleuler, quien formula por primera vez el término autismo para describir  la alteración del contacto afectivo en las esquizofrenias. Este concepto de esquizofrenia lo propuso como sustitución dela demencia precoz de Kraepellin, en pleno intercambio y transferencia positiva con los primeros trabajos psicoanalíticos de Freud. El apogeo de Melanie Klein, año 1930 conduciendo la cura de Dick, primer niño psicótico tratado por el psicoanálisis, al que consideraba esquizofrénico.
Para la revisión del tema de las psicosis infantiles, la propuesta es repasar las corrientes de pensamiento que marcaron una clara dicotomía entre Europa y Norteamérica, especialmente el tiempo comprendido entre las dos guerras mundiales y los años posteriores.

Angela Vitale

 

A partir de las consideraciones de J. Lacan sobre las psicosis infantiles se desprenderían algunas consecuencias como la lectura crítica del término “autismo”, y la evaluación del uso equívoco del mismo por parte de los clínicos.
En sus reflexiones sobre el autismo, Eric Laurent [1] señala fundamentalmente que en la prudencia de Lacan sobre el tema aparecería una tesis constante según la cual el niño autista presenta alucinaciones.
Por lo tanto, tomando seriamente esta afirmación, el síntoma descripto permanentemente en estos cuadros, el de la “falta de atención” hacia quien lo llama, ya no debería leerse como una “pérdida de contacto afectivo con la realidad exterior” sino como una consecuencia de la inmersión en lo real, dado que para el niño la voz alucinada es ya una respuesta.
La consecuencia de esta orientación es darle un sentido completamente diferente a los fenómenos del “autismo”, que implica pensar el tratamiento a partir de una clínica de la alucinación, y en la cual la presentación “autista” es una envoltura formal del síntoma ligada a estos niños que “se escuchan a ellos mismos” [2].
Sin dudas, esta afirmación de Lacan no puede ser entendida sin recurrir a su teoría de la alucinación explicada en “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”. En donde el sujeto es una creación ex-nihilo  que padece del parasitismo del perceptum, y no a la inversa, donde todas las otras teorías de la percepción, inclusive la freudiana, son sensacionistas, en las cuales el percipiente queda sin cuestionar, unificado, y sitúan como creación al objeto siguiendo la célebre definición esquiroliana de la alucinación como una percepción sin objeto.
Asimismo, la dificultad en entender la tesis lacaniana sobe el autista, aparece posiblemente en el hecho que es poco frecuente encontrar testimonios que den cuenta de la alucinación verbal. Es que la relación alucinada al lenguaje se manifestaría por ejemplo, en lo que se denomina la alucinación negativa -el pequeño automatismo “anideico”-, signo que reflejaría en la psicosis la propiedad de la cadena significante imponiéndose al sujeto en su dimensión de voz áfona.

1. Cortes en el terreno  psiquiátrico. Coordenadas conceptuales y ante-cedentes

En principio, para abordar el tema con una visión crítica, resulta necesario comenzar por la entidad nosográfica descripta por Leo Kanner, fundamental en la historia de las psicosis infantiles.
Este psiquiatra austríaco, en la década del ¢40 en Estados Unidos, crea una nueva entidad aplicable a niños que se distinguían por “su extremo repliegue desde el inicio de la vida”, definiéndola consecuentemente como autismo infantil precoz. Coherente con E. Bleuler, quien formula por primera vez el término de autismo para describir la alteración del contacto afectivo en las esquizofrenias [3].
Asimismo, para entender como Kanner llega a esta construcción conviene tener en cuenta su “background” y an- tecedentes teóricos. Formado en la clínica de adultos, fue el primer psiquiatra en trabajar en una clínica pediátrica, y se ve  influenciado en su formación por Meyer como muchos de sus colegas de la época. Seguramente en reconocimiento a su enseñanza, Kanner lo eligió para escribir el prólogo de su tratado de psiquiatría infantil.
Adolf Meyer fue una figura dominante en la psiquiatría estadounidense entre 1895 y 1940, uno de los precursores de la psiquiatría dinámica, y quien introdujo el concepto de “reacción” como basamento psicopatológico.
Su formación en Suiza, la realiza en principio siguiendo la teoría de Kraepelin, pero luego pasó a cuestionarle su psiquiatría estática incorporando a la causalidad orgánica la dinámica del psiquismo. Meyer destacará la impor- tancia de la historia de la vida de la persona para comprender su experiencia única con la enfermedad, concibiendo los desórdenes psiquiátricos como reacciones de mal  adaptación, y dependientes de lo orgánico, lo psicológico y lo cultural. Este planteo funcionalista lo llevó a elaborar una psicoterapia denominada análisis de la personalidad. Y uno de sus conceptos clínicos más conocidos es la depresión “reactiva” en oposición a la endógena.
Así, la prédica psico-biológica y la posición política de Meyer, contribuyeron a que los psicoanalistas que emigraban a EEUU huyendo de la Europa nazi tuvieran un medio cultural apto para difundir sus ideas.
Por otro lado, como consecuencia de este hecho tenemos una explicación por la que el psicoanálisis americano no criticará a Bleuler, sino mas bien a Kraepelin, lo que ya lo dejaba en oposición a la tradición krepeliniana de Freud.
Entonces, en este contexto intelectual al que hay que sumar los trabajos de Gesell, aparece Kanner con su cuadro. Además, estas influencias iniciales explicarían su sensibilidad al psicoanálisis, dado que más tarde con los cambios en la Sociedad, pasará a polemizar con Bettelheim en torno a la causalidad de su síndrome. Finalizando en la década del ¢70 con la creencia de que se hallaría el origen orgánico del mismo.
Con respecto a E. Bleuler, ya es conocido que el concepto de esquizofrenia lo propuso como sustitución de la demencia precoz de E. Kraepelin, en pleno intercambio y transferencia positiva con los primeros trabajos psico- analíticos de Freud. A pesar del hecho -que traerá consecuencias determinantes en el tema- que siempre se resistió a aceptar las teorías de la causalidad de la libido y de la sexualidad infantil.
En su tratado, postula que la alteración fundamental es orgánica y de la que derivan o se explican los síntomas de la enfermedad. Dicho trastorno provoca la escición de la vida psíquica (spaltung), dando como resultado los síntomas primarios: el autismo y la ambivalencia. Esta noción de autismo, será destacada de aquí en más por otros autores como Minkowski (fenomenólogo) que la define como la “pérdida de contacto con la realidad que entraña como consecuencia una imposibilidad o una gran dificultad para comunicarse con los demás”.
Sin embargo, no está nada claro en la obra de Bleuler si al autismo lo considera un síntoma, o una estructura patológica de toda la personalidad [4]. Asimismo, los psiquiatras infantiles van a tomar la patología unas veces como síntomas, otras como síndrome, y otras como una entidad nosológica totalmente autónoma. Cuestión que no puede sorprender, dado que en el campo del psicoanálisis, muchos psicoanalistas demuestran hasta el presente las mismas divergencias sobre este punto.
Asimismo, Kanner reflexiona en relación a los inicios del cuadro, tema que también hoy provoca disensos y diferentes puntos de vista. Más que un brote de tipo esquizofrénico, lo piensa como un “desarrollo” en el sentido jasperiano donde no existe una ruptura en la continuidad psíquica.
En definitiva, se puede comprobar que no compartimos el entusiasmo de algunos autores que señalan la importancia del psicoanálisis en la historia de la clínica con niños, marcando como hito el advenimiento del concepto controvertido de Kanner quien supuestamente al formularlo quedaría en deuda con esta teoría. Porque ya su marco conceptual desvía al psicoanálisis de sus principios, en tanto compromete y hace equívoca la causalidad del mismo, con lo que en cierta forma el término autismo oscurece mas que clarifica el problema de las psicosis infantiles. Aún más, en este sentido habría que cuestionar su lugar central a la hora de definir dicha categoría, a la luz actual del predominio del paradigma biologista.
Haciendo un poco de historia, el éxito rotundo de la noción de esquizofrenia de Bleuler que luego se extendió al autismo infantil se debió también a que como en la psiquiatría del adulto existía el concepto de demencia precocísima, acuñado por Sante de Sanctis en 1908. Este será reformulado por la nueva mentalidad diagnóstica que se inicia en la década del ¢  0. Podríamos ubicar en principio dos motivos fundamentales en este cambio: en primer lugar, la fuerte corriente psicoanalítica donde no hay que olvidar a M. Klein y el inicio de su apogeo. Así, en 1930, conduce la cura de Dick primer niño psicótico tratado por el psicoanálisis, al que consideraba esquizofrénico; en segundo término, prescinde del término de demencia, que lo liga a la noción de déficit neurológico, y que lleva en sí un pronóstico sombrío.
De todas maneras, el adaptar a la psicosis infantil la noción de esquizofrenia también generó controversias. Esta línea de pensamiento produjo una divergencia con los planteos freudianos que colaboró en el divorcio de las teorizaciones de las psicosis del adulto, con los cuadros de inicio en la infancia.
En este sentido, es ampliamente aceptado que el tema del desencadenamiento y la estabilización, la ruptura, la discontinuidad y la suplencia, son un problema a clarificar en las psicosis infantiles. Una crítica a este uso particular del concepto de esquizofrenia, es que -a diferencia de la del adulto- borra la idea de “brote” y pasa a estar influenciado por la noción de desarrollo. Así -como fue mencionado- a la carencia de un planteo de “ruptura” en Kanner, podríamos sumar la confusión que aporta M. Klein al hablar de “posiciones” depresivas y esquizoparanoides en el lactante como hechos normales de su evolución.
Mas tarde, la idea de “desarrollo atípico” desconectada de las psicosis del adulto, será predominante a partir del DSM-III.
En este punto nos parece fundamental detenernos en el concepto de discontinuidad, siempre subrayado por J. Lacan en la clínica de las psicosis. Veremos que otras corrientes de la psiquiatría infantil lo ubican en sus cortes decriptivos al seguir también la huella de Clerambault y Kraepelin cuya  clínica contempla aspectos sincrónicos y diacrónicos, el concepto de desencadenamiento, y los variados modos de compensación para el diagnóstico diferencial de las psicosis.

2. Las psicosis  infantiles, entre Europa y Norteamérica

Para la revisión del tema de las psicosis infantiles y sus problemas conceptuales, es de sumo interés repasar las corrientes de pensamiento que marcaron una clara dicotomía entre Europa y Norteamérica. Especialmente, el período comprendido entre las dos guerras mundiales y los años inmediatamente posteriores.
En principio, las décadas de los ¢40 y ¢50 coinciden con la época dorada de la psiquiatría infantil norteamericana, en contraste con Europa, que seguramente  se preocupaba mas por la superviviencia de sus niños antes de poder prestar atención a sus problemas patológicos. Luego de la Guerra, los primeros psiquiatras infantiles europeos formados mas en la tradición alemana y francesa, han tenido que vérselas con los cuadros clínicos “heredados” de los norteamericanos.
En lo que respecta a Estados Unidos de entrada existieron varias corrientes: por un lado las posiciones claramente opuestas representadas por L. Bender, biologista, y por M. Mahler, psicoanalista, con su teoría de la relación simbiótica madre-hijo en la génesis de la psicosis. Y, en un desesperado intento de reconciliación, L. Kanner.
Previamente a estos autores, aparece el aporte de la introductora del pensamiento de Bleuler en la psiquiatría infantil norteamericana: L. Despert. Verdadera pionera en este terreno, define en 1937 a la esquizofrenia infantil como “enfermedad procesual en la cual la pérdida de contacto con la realidad es coincidente con, o determinada por la aparición de pensamiento autístico y acompañada por fenómenos específicos de regresión y disociación” ( 1er Congreso Internacional de Psiquiatría Infantil. Paris). En su concepción otorga una importancia decisiva a la disociación afectiva, y como manifestación primordial  la disociación entre el lenguaje como signo y el lenguaje como función.
Luego, en un intento de marcar diferencias con Kraepelin que lo efectúa por el modo de terminación, establece una clasificación en tres grupos según el modo de comienzo:
1. Formas de comienzo agudo: con excitación motriz e insomnio o estupor, rigidez postural muscular y actitudes catatónicas. Llama la atención sobre la confusión y la ansiedad abismal que origina estados de pánico. Y los tres síntomas que más destaca son: movimientos extraños, ansiedad aguda y mutismo.
2. Formas de comienzo insidioso: en los menores de 7 años dice que dominan las compulsiones rituales. Formulan reiteradamente preguntas y se preocupan en exceso por conceptos abstractos, figuras y cuestiones de “astronomía”. Además encuentra agresividad y falta de adaptación social. Retraimiento, irritabilidad o abierta hostilidad hacia los padres son las alteraciones afectivas mas presentes. Por último, se presentan con intensa ansiedad, que cuando disminuye se transforma en autismo y disminución de la capacidad de contacto social. Luego, en los mayores de 7 años hay alucinaciones y delirios persecutorios y somáticos.
3. Formas de comienzo insidioso con episodio desencadenante agudo: describe que domina la ansiedad, excitación y excesiva e intempestiva locuacidad, que acaba transformándose en mutismo. Hay delirios y alucinaciones.
En lo que respecta a L. Bender, siempre mantuvo que la esquizofrenia era una encefalopatía, un “déficit de maduración a nivel embrionario genéticamente condicionado ya activado por la crisis fisiológica del nacimiento”. A diferencia de otros autores, destacó insistentemente en sus descripciones que el niño esquizofrénico no se muestra retraído en sus contactos sociales y humanos (léase autismo, aunque no lo explicite), sino patológicamente invasor -al menos durante un período- en su intento de superar el terror, que le domina en su relación con la imagen del padre o el terapeuta.
Estas diferencias fenoménicas en los casos clínicos nos llevan a preguntar si: ¿no tendríamos que pensar que puede haber “el niño Bender” por un lado, y “el niño Kanner” por otro?, y entonces quizás la respuesta sería que dependiendo del clínico que los recepcione se puede constituir una serie conocida: “el niño Klein”, “el niño Bettelheim”, etc.
En la otra vertiente del mapa norteamericano, mencionábamos a M. Mahler. Su teoría se centra en la significación de la relación simbiótica madre-hijo en la génesis de la esquizofrenia, describiendo en 1952 un cuadro clínico que denomina psicosis simbiótica.
Nuevamente, ¿su dificultad en delimitarlo como entidad clínica, no estaría relacionado con un tipo clínico: “el niño Mahler”?
Por otra parte, resulta interesante ver como su descripción es un intento por establecer un puente de unión entre los hallazgos de la escuela norteamericana (a la que pertenece geográficamente) con la más pura tradición kleiniana (a la que pertenece ideológicamente). Entonces, distingue por un lado un autismo infantil primario, el de Kanner, cuya psicopatología básica deriva de “no conseguir el Yo infantil percibir emocionalmente a la madre como representativa del mundo exterior, como la primera representante de la realidad exterior”. En el Yo del niño autista, la madre como persona y como entidad separada no serían nunca objeto de catexis.
En cambio, su segundo cuadro la psicosis simbiótica, presenta una relación simbiótica precoz madre-hijo que no progresa hasta el estado de catexis libidinosa del objeto. La representación mental de la madre permanece inseparable del sí mismo o se fusiona progresivamente con él. El objetivo primordial del niño parece ser mantener la ilu- sión de omnipotencia mediante la fusión simbiótica con la madre, alejando de este modo las reacciones de pánico  Cuando se siente atemorizado por la amenaza o el inminente peligro de separación de la misma.
Estos últimos fenómenos aparecen como los síntomas más destacables, de lo que podríamos ver los efectos de un “Fort-Da fallido”, en contraste con el “autismo” del otro cuadro.
Se provocan así confusiones en relación a delimitaciones sintomáticas, que en realidad responderían a constelacio- nes fenoménicas de la no extracción del objeto en la psicosis. Es decir, para nuestro punto de vista, fenómenos ob- servables de la falta del juicio de atribución freudiano, de la bejahung que destaca Lacan como afirmación primera que introduce a “la palabra como muerte de la cosa”.
Por último las posiciones americanas a partir de 1980 con la tercera edición del DSM (DSM-III), darán un giro radical al afirmar que el autismo era diferente de la esquizofrenia, así como que su contexto correcto era incluirlo dentro de los Trastornos generalizados del desarrollo. Una primer consecuencia de esta nomenclatura, es que el autismo infantil, queda subsumido en una categoría amplia -regida por enfermedades neurológicas- que se carac- teriza por el “espectro autista”, y a su vez diferenciado de la esquizofrenia de inicio prepuberal.
El antecedente de este cambio, fueron los estudios de Michael Rutter en 1965 donde informó de sus resultados de un seguimiento de 63 niños prepúberes con diagnóstico de psicosis infantil (autismo), cuyos datos permitían dife- renciar al autismo de la esquizofrenia, e indicaban una estrecha asociación del mismo con factores orgánicos, como lesión cerebral y subnormalidad mental.
Así, las dos primeras ediciones del DSM reflejaban la locura partiendo del paradigma psico-social predominante en esa época, y por lo tanto el autismo era una variante o la expresión más precoz de la esquizofrenia del adulto. Luego en 1972 y 1978, Rutter publicó sus cuatro criterios diagnósticos que resultaron determinantes: inicio antes de los   0 meses de edad, deterioro del desarrollo social, retraso y desviación del desarrollo del habla, e insistencia en la similitud. Además, puso énfasis en la necesidad de evaluar las alteraciones sociales y del habla en relación con el nivel intelectual del niño, así como de especificar su estado médico y neurológico [5].
De este modo, el DSM-III, que coincide con el advenimiento de un nuevo paradigma de explicación de la locura en términos biologistas -de la mano del modelo económico neoliberal imperante-, basó sus criterios en las modificaciones que Rutter hizo de Kanner y ubicó el autismo infantil -como ya se dijo- en la nueva categoría de los trastornos del desarrollo. Con el término “generalizados” destaca la gravedad de que se encontrarían invadidos la mayor parte de los aspectos del desarrollo y comportamiento del niño (cognoscitivos, relaciones sociales, habla y juego).
En el DSM-III-R (edición revisada) el término “autismo infantil” se cambia por el más abarcativo e inespecífico “trastorno autista” y finalmente el DSM-IV confluye con la clasificación de la OMS (ICD-10), que también abandona la categoría de psicosis iniciada en la infancia por el de Trastorno del desarrollo psicológico [6]. Quedando limitados los siguientes cuadros:
1- el Trastorno Autista: dentro de los criterios se enfatiza que es “una categoría (que) se reserva para trastornos de la comunicación que no cumplen los criterios de ningún trastorno de la comunicación específico”. Asimismo catalogan que es un cuadro de aparición anterior a los 3 años, y su diagnóstico está condicionado a que lo observado no se explique mejor por un trastorno de Rett, o de un trastorno desintegrativo infantil.
2 – el Trastorno de Rett: es claramente el único de origen orgánico, afecta sólo a niñas, con microcefalia, alteraciones del crecimiento y el desarrollo a partir de los 5 a 48 meses de edad. Con la consecuente pérdida de habilidades, y graves síntomas neurológicos.
3 – el Trastorno Desintegrativo Infantil: comienza entre los 2 y 10 años. El manual indica que se debe descartar esquizofrenia para su diagnóstico. Precisamente, nos parece por su sintomatología que estaríamos frente a un cuadro psicótico desencadenado en esa edad.
4 – el Trastorno de Asperger: recupera vigencia el cuadro descripto en 1944, por este psiquiatra vienés bajo el nombre de “psicopatía autística”. Emparentado temporal y clínicamente con el cuadro de Kanner.

Finalizaremos el comentario de este manual resaltando que establece que estos cuadros son acompañados siempre de algún grado de retraso mental. Favoreciendo de este modo, un abordaje terapéutico que privilegia los dispositi- vos y programas educacionales.