XLIII – Lecturas Políticas

Continuación..

El “femicidio” en tanto pasaje al acto no es una mera acción sino que se lo define a partir de la estructura del lenguaje y se puede encontrar “un decir”: “Era ella o yo”- “Eran ellas o yo”- “Era mía o de nadie”- “No había nadie que la pare”- También se puede encontrar en la ocasión la constatación de que ya no funcionaba para el sujeto el semblante y los protocolos que daba el nombre del padre: “ Nunca supe qué hacer con ella”-“No sé qué hacer con una mujer”- “No hacía lo que yo quería”-“Se lo merecía..era una…”

El “femicidio” como pasaje al acto sin llegar a ser el acto de matar, requiere como necesario reconstruir las coordenadas inconscientes en que éste se produjo. Por lo general, como fenómeno de violencia se produce el pasaje al acto cuando alguien en una relación de pareja- y digo alguien para no identificarlo necesariamente a una mujer- introduce en la realidad de esa relación algo que va más allá del goce fálico. Ese más allá del goce fálico lo denominamos lo femenino. La mayoría de los hombres piensan y en consecuencia actúan echándole la culpa a la mujer. “Es por culpa de ella” sería la frase que organiza el pasaje al acto hacia la mujer cuando ésta presentifica sin saberlo o sabiéndolo una extraña experiencia: la experiencia de presentificación de lo femenino, para ella, para él, que no debe confundirse con los semblantes de la feminidad ni con los atributos de la feminidad.

Lo femenino tiene dos nombres: el goce femenino y la no relación sexual, lo que no puede escribirse en lo real. Reconstruir las coordenadas inconscientes conduce a verificar que el fantasma de cada uno de los partenaire se abre entre el sujeto del significante y el objeto, condición proclive a la violencia.

El “femicidio” como acting-out implica como ya dije una relación de dominio en la palabra en la que se actúa en esa escena en dirección a la mirada del Otro.  En el mundo actual, hay una tendencia a explicar la llamada violencia de género por un rechazo de lo femenino. Puede ser cierto pero esto deja de lado dos cuestiones fundamentales: ¿Hay algo nuevo en la violencia actual contra las mujeres que el “femicidio“ vela? ¿Por qué fallan las políticas de género verificado en la extensión cada vez mayor del “femicidio”?

Antes mencioné al pasar lo que llamo “la clínica del significante amo- femicidio” Esta clínica como clínica psicopatológica, judicial, social y de salud mental, no puede orientarse en su implementación sino a partir de ciertos valores de nuestra época: una época en la que se prioriza como fundamental la información, el juicio moral anticipado, etc. Si no se tiene en cuenta cómo se organizan las “acciones lógicas” implementadas para y por el “femicidio” me parece que es difícil encontrar una alternativa a los impasses que se presentan en el tratamiento del tema.

Tomo las palabras de J.A.Miller en Libèration, del 11 de abril de 2005: “Creer que la información determina la decisión es un error psicológico y epistemológico ya que saber y acto son dos dimensiones distintas. La certeza es rara en el orden del saber, no se obtiene sino localmente, por construcciones lógicas, siempre artificiosas, impera la impostura de la objetivación sin límites, la tiranía de la vigilancia generalizada y el goce obsceno de la transparencia, la falta viene a faltar y la angustia invade la escena: (no se puede explicar)

Estar informado no necesariamente conduce a la acción. La certeza no se obtiene mediante el saber. Se pretende obtener certezas mediante construcciones lógicas que pretenden ser objetivas. Se sigue en estos casos una vigilancia generalizada para actuar que linda con la tiranía. En el nombre de la transparencia se realiza un goce obsceno. En éste contexto y éstas condiciones, la falta viene a faltar: se genera angustia. Considero que es necesario revisar cómo se diagnostican los actos de los que participan en los “femicidios”, tanto los protagonistas como los agentes, así los podemos llamar, “agentes del significante amo” que participan en el modo en que se recogen los testimonios, en que de deciden acciones.

El ideal de la acción calculada, del que hacemos un patrón de medida en relación al cual medir la inadaptación del acto, incluso su inmotivación, conduce a errores crasos. Las acciones que ponen en continuidad la acción con el pensamiento tienen una condición previa: la función de que lo que está en juego en el acto sea considerada como establecida, que la naturaleza de lo que está en juego se haga sin equívoco. O sea que, sabemos lo que ya está puesto en juego en el sujeto que va a actuar, sabemos sobre el sujeto del acto: en el acto de matar a una mujer se ataca a las mujeres y al género femenino y que necesariamente  quiere su propio bien y el del otro; que quiere lo útil. El sujeto del “ femicidio” es pensado en la forma de pensamiento ( del femicidio) el sujeto no quiere el bien de las mujeres y sí lo quiere el agente. Ni racional, ni bien, ni útil. La ética: incluye un juicio, una razón ética. La epopeya y la ridiculez. ¿Cómo anticiparlo? Cuando no hay anuncio.

El actuar no está definido para nosotros psicoanalistas por el objeto o persona contra o a partir del cual se actúa, la víctima. El acto de matar, como el suicidio entra en la categoría del pasaje al acto o acting- out. Hay femicidios y femicidios.  Si tomamos el “femicidio” como acting-out, el que no llega al acto de matar, el de la agresión progresiva, el de la violencia verbal o los golpes, es porque en él hay un mensaje y un llamado que es dirigido al Otro.

Se los puede llamar “femicidios fallidos”, cuando no son escuchados. Los “femicidios logrados” se pueden incluir en la categoría del pasaje al acto y suponen como tales un suicidio del sujeto, no de la persona que lo hace. Suicidio del sujeto quiere decir que el sujeto ya no va a ser el mismo después de realizarlo: delincuente, condenado, asesino. Efectos definitivos sobre el sujeto. Una verdad que dice el “femicidio”: hay algo de lo femenino. Más que un rechazo hacia lo femenino, cualquiera sea el “femicidio”, éste es un no saber que hacer con “lo femenino”. El sexo es “lo femenino” dice Lacan. El llamado “femicidio” es un no saber hacer con el goce como tal. Cada femicidio es un ataque a una mujer, no al género.

 

CARLOS DANTE GARCÍA

XLII – Lecturas Políticas

Continuación…

 

Para el psicoanálisis a partir de Lacan, todo acto incluye y excluye la dimensión al Otro; ¿qué significa esto? Que todo acto tiene como referencia al Otro de distintas maneras. En primer lugar, el Otro es el lugar de la palabra, la dimensión del lenguaje y eventualmente de un código, de la ley, etc. Clínicamente el Otro es por definición lo que no es idéntico al sujeto, lo que no es de sí. Lo ajeno, lo Otro.

Lacan toma como modelo y paradigma del acto lo que inventó como “pasaje al acto”, el suicidio. El paradigma del acto para Lacan es el acto suicida, paradigma del acto propiamente dicho. ¿Qué sugiere ese paradigma? Que hay algo en el acto que no trabaja para el bien del sujeto. Todo acto es delincuente, transgresor. “Todo acto verdadero es un “suicidio” del sujeto”: opera hacia y por la pulsión de muerte. En el corazón de cualquier acto está el pasaje al acto. El pasaje al acto es e implica el abandono de los equívocos de la palabra, del lenguaje y del pensar en vez de actuar. El suicidio es algo que se hace contra sí mismo, es auto; no tiene en cuenta al Otro. Transforma definitivamente al sujeto en varios sentidos: el sujeto ya no habla, sale de la referencia de la palabra del mundo del Otro e incluye algo que Freud denominaba pulsión de muerte y Lacan goce. El suicidio es un paradigma que muestra que el sujeto no busca ni quiere su propio bien. El que mata con su acto, tampoco busca su propio bien y evidentemente, tampoco el bien del otro.

Cuando se produce un pasaje al acto, hay algunas coordenadas a tener en cuenta: La apuesta del acto no es cifrable. Es exterior al universo de las suposiciones, de las computaciones, de los cálculos, de las equivalencias, de los intercambios. Significa que cuando se trata del pasaje al acto no se trata del todo de algo calculable ni explicativo. Tiene un horizonte: apuntar a algo definitivo. En el corazón de cualquier acto está como paradigma el pasaje al acto y el corazón de éste es el goce. Un modo de satisfacción intolerable y no regulable. El pasaje al acto es transclínico, esto es que no se corresponde con una estructura clínica determinada como la psicosis, neurosis o perversión. Cualquiera de ellos puede matar a una mujer. En el suicidio, aquello que se pretende eliminar, la fuente, está en el sujeto mismo. En el acto de matar, aquello que se pretende eliminar está en el Otro. Un goce nocivo en el sujeto o en el Otro. Dos modos de pasaje al acto: hacia sí, hacia, en dirección al Otro saliendo del Otro.

El acto, que se diferencia del pasaje al acto y del acting- out tiene las mismas coordenadas que el pasaje al acto pero con por lo menos tres características distintas: -en el acto el sujeto se transmuta pero  vuelve como sujeto; en el acto el sujeto recupera mediante la significación a posteriori el acto; el sujeto luego de transgredir y salir del Otro, vuelve al Otro.

El acting-out también ocurre en una escena, y no como el pasaje al acto, saliendo de una escena de palabra pero, su particularidad es que en esa escena de palabra hay un incremento de una relación de dominio, es una relación de palabra de dominio en la que el sujeto actúa sobre ésta escena ante la mirada del Otro, dirigiéndose al Otro, llamándolo, convocándolo mediante un mensaje que él mismo desconoce. Hay en éste sentido, “suicidios fallidos” que salvo equivocación son llamados al Otro como hay golpes y violencia salvo equivocación que son también  llamados al Otro. Entonces hay violencia que se dirige al Otro que implica una separación del Otro y violencia que implica un llamado al Otro.

Si aceptamos éstas elaboraciones, nos conduce a considerar el “femicidio” en las coordenadas prevalentemente del acting-out y el pasaje al acto. Tomemos ésta última pregunta. La pareja de la “clínica del femicidio” son las personas: hombre- mujer. La pareja del psicoanálisis: sujeto Otro y/o como vamos viendo, sujeto-goce

Por lo tanto, en el acto de matar a una mujer, ésta puede venir a ocupar el lugar del Otro y/o del goce. Sin llegar necesariamente al acto de matar, en el acto de violencia, ocupa el mismo lugar. Esta es una respuesta general que requiere como ya anticipamos el camino hacia lo singular.

En el caso en que se pueda reconstruir las condiciones que precedieron el pasaje al acto y en las que el sujeto esté dispuesto a hablar se pueden verificar si no se queda en el mutismo absoluto, dos elementos fundamentales: la angustia que precede al acto y el acto está en el lugar de un decir.

Una de las más bellas definiciones del actuar producidas por Lacan es que “actuar es arrancarle a la angustia su certeza”. Se puede decir que actuar es ante la angustia, aunque no toda angustia lleva al pasaje al acto pero, es condición del tiempo del pasaje al acto la condición temporal como momento anterior al mismo, la angustia.  El actuar, sea bajo la forma del acting- out, del pasaje al acto, o del acto, son respuestas del sujeto ante la angustia. Otro camino es el síntoma que dejamos de lado.

 

Continuará…

XLI – Lecturas Políticas

El término “femicidio” es un significante que ya tiene su historia, una larga historia.  El término ingles “femicide”, creado literariamente, fue utilizado por primera vez en un contexto jurídico en el año 1976 en el Tribunal Internacional sobre los Crímenes contra la Mujer en Bruselas por Diana Russell y Jane Caputi para denunciar formas de violencia extrema contra la mujer: La definición que se dio allí fue “asesinato de mujeres realizado por hombres motivado por odio, desprecio, placer o sentido de propiedad de las mujeres”

El término “femicidio”, de ser un término de investigación en etnología, sociología y filosofía, al pasar a lo jurídico cambia de significación y de valor: el “femicidio” comprende toda una progresión de actos violentos que van desde el maltrato emocional, psicológico, los golpes, los insultos, la tortura, la violación, la prostitución, el acoso sexual, el abuso infantil, el infanticidio de niñas, las mutilaciones genitales, la violencia doméstica, etc. El “femicidio” va mucho más allá del acto de asesinar a una mujer. Es también un conjunto de actos que pueden llegar a derivar en el acto de matar. Sobre todo cuando el Estado no actúa. Pasa a ser entonces un término no solo jurídico sino político. Por lo tanto, cada país en Latinoamérica y en Europa ha construido una política y legislaciones distintas con el término “femicidio” Hay clases y tipologías de “femicidios”

Pero hay que decir que el término ha adquirido en el tiempo diversas significaciones y posiciones jurídico-políticas. Por ejemplo, para Zaffaroni que en el año 2012, en una entrevista en el matutino Tiempo Argentino, el entonces ministro de la Corte Suprema sostuvo que la mencionada legislación “no va a tener eficacia porque lo que tipificaron no existe”… la violencia de género “tendría mayor eficacia respecto de travestis y transexuales” porque para él “el homicidio por odio se produce contra minorías, para darle un mensaje a toda la colectividad”. “Acá, en la Argentina, nadie sale a la calle a matar a una mujer porque es mujer. Este planteo es una locura, no existe”.

No hace falta el psicoanálisis para sostener que el acto de muerte que se produce de una mujer no se debe necesariamente al sexo. No todo “femicidio” se superpone al asesinato de una mujer. Hay “femicidios” sin que sean asesinatos. Hay asesinatos de mujeres que no son causadas por el sexo o el género de la víctima. Entiendo que es necesario para que el psicoanalista esté a la altura de su época que tome distancia de los significantes que en cada ocasión empujan como significantes amos a una identificación.

El término “femicidio” es un significante amo producido en nuestra época que genera, como lo sugerí, un cierto número de categorías clasificatorias. No desarrollé las categorías con sus distintos “femicidios”.

Estas categorías generan una “clínica de la violencia de género”. Llamo “clínica de la violencia de género” a la clínica que se genera y se fomenta sobre todo a partir de la Organización Mundial de la Salud (O.M.S) que conduce y empuja al significante “femicidio” al ser un término que toma un valor privilegiado en el campo de la salud y específicamente, de la salud mental. J.A.Miller en “La salvación por los desechos” y en “Cosas de finura en psicoanálisis” ha denunciado y nos orienta: “El discurso del amo, especialmente en Europa…es actualmente pródigo en una nueva clínica, una clínica del significante amo…clínica organizada por los significantes amos”. La clínica analítica comienza cuando el psicoanalista sin dejar de tomar en cuenta el significante amo de la época, lo que habla el Otro de la época, se distancia de él y hace que el $ produzca sus significantes amos verdaderos, aquellos que en cada sujeto lo alejan de lo universal de la clase y lo acercan a lo singular de su violencia.(1)

En éste sentido “femicidio” es un significante amo de la época.

Al comentar el término “femicidio” en una muy breve historia, se fue desprendiendo el término del acto de matar. También se fue desprendiendo de la ideología de “género” en sus diferentes usos. Así un insulto o un maltrato llamado “psicológico” pueden ser ubicados como “femicidio”. También lo es un plan de exterminio de mujeres por la guerrilla o las violaciones en una guerra. Se puede hablar del “espectro del femicidio”. Me referiré al acto de matar.

En efecto, los psicoanalistas tenemos ahí un problema respecto de la cuestión del acto. El actuar no está definido para nosotros psicoanalistas, por el objeto contra o a partir del cual se actúa. El llamado “femicidio” definiría un acto violento contra un objeto específico: una mujer. Es definido prevalentemente por el objeto llamado víctima y definido por el género, al que a veces se lo confunde con el sexo por la anatomía. En definitiva, el llamado “femicidio” es también una explicación sobre los dichos y actos que se realizan contra las mujeres pretendiendo encontrar su fundamento exclusivo en un rechazo por lo femenino, por todo aquello que pueda ser femenino, representado en la ocasión por una mujer. Se argumenta también que esto se debe a la prevalencia por años del patriarcado que ha mantenido sojuzgada a la mujer mediante el odio y la misoginia.

1-“La violencia: ¡Qué locura!” De “La violencia síntoma social de la época” por  Carlos Dante García.

 

Continúa…

XL – Lecturas Políticas

Cuarta Parte:

En esta última entrega, Spivak pone de relieve cómo la cacería pasa a ser el objetivo central frente a vidas que no merecen ser vividas. La lógica de lo ilimitado de nuestra época,  tiene como efecto que la misma guerra esté dentro de la paz. El drone representa cómo la tecnociencia trabaja en aras de alimentar la caza individual del hombre. Resplandor de un goce mortífero, nuevo ideal irrestricto que desconoce todo acotamiento.

Andrea F. Amendola

 

El enemigo absoluto no es ya un enemigo. Se trata de una vida que no merece ser vivida, lo cual justifica su aniquilación. Sin enemigo, no hay par opositivo que organice la guerra ni la política en el sentido clásico y sólo hay lugar para un término y algo, que no es una vida, a aniquilar. En esto hay una transformación, el ideal no acota a la pulsión. Los ideales se reducen a exigencias de la pulsión de muerte o son puestos a su servicio.

La paz sin guerra. Milner ha señalado que la sociedad europea ha devenido ilimitada y tarda en encontrar un modelo político que responda a este tipo de estructura. Agrega que aquello que acompaña a la lógica ilimitada es el proceso. El proceso “no conoce principio de detención ni en el tiempo ni en el espacio ni en los objetos ni en las personas”. El proceso no conoce acotamiento.

También señala el privilegio obtenido por el término paz, el cual ha entrado en un proceso de ilimitación. Hay proceso de paz. En este orden de cosas la guerra, como concepto, se empobrece y la paz se vuelve compleja e ilimitada. De este modo, si durante la lógica del todo el tránsito de la guerra a la paz, que se traducía en la cesación de las hostilidades, pertenecía al final de la guerra y era aún la guerra, en nuestra época ese tiempo ya pertenece a la paz. La paz actual incluye aspectos clásicos de la guerra.

La cacería. El avance de la ciencia, en su asociación a la técnica, ha permitido que la utilización de armas nucleares y los bombardeos, siempre imprecisos, hayan dado paso al drone.

Si bien los bombardeos continúan, acaso se deban a una demora tecnológica. Wajcman propone un doble pasaje: de la muerte ciega de masas a la muerte dirigida individual, así como del enfrentamiento frontal de ejércitos a la caza al hombre. Esto no sin modificaciones en torno a la jurisprudencia. Agrega que la caza al hombre se ha vuelto el fundamento de la estrategia militar de los Estados Unidos.

Este modelo implica la eliminación del enemigo y una ilimitación del campo de batalla. No se trata ya del enfrentamiento y el triunfo o la rendición del otro, sino de su destrucción precisa como amenaza. El ideal del duelo parece haber variado por el ejercicio de la cacería.

 

Tomado de: http://ampblog2006.blogspot.com.co/

XXXIX – Lecturas Políticas

 Tercera Parte:

En esta entrega, Spivak toma a Schmitt, quien nos permite verificar cómo el Derecho Internacional, orientado por el derecho penal, produce el pasaje del enemigo a un criminal. Los términos de guerra y paz se entremezclan y el enemigo deviene así absoluto, su exterminio se impone, se lo considera un total desvalor. La tecnoindustria adviene entonces como el ideal que determinará el sentido del objetivo, quedando éste a merced de su feroz potencia.

 

 Andrea F. Amendola

 

 

Señala Schmitt que el Derecho Internacional de Guerra se volvió progresivamente criminalista, orientado por el Derecho Penal. El fin de la guerra no implicó, como en la época clásica, el acuerdo de paz “sino una sentencia condenatoria impuesta por los vencedores al vencido”. En el pasaje, el enemigo dejo de ser “justo” y se transformó en agresor y criminal; su acción ha devenido un delito. Con esto, el concepto de enemigo cobra una extensión que le hace perder su especificidad.

Derivada de esta operación, el par significante “guerra” y “paz”, que en la situación clásica hacía que uno establezca al otro, son relativizados. Surge una tercera situación, llamada por Schmitt “anormal” e “intermedia”, donde los términos se entremezclan. A partir de ese momento “paz” y “guerra” dejan de ser conceptos fuertes y determinantes de su opuesto. Y al no poder discriminarse entre guerra y paz tampoco se puede discriminar entre combatiente y no combatiente. En la extensión de los conceptos, al traspasar sus límites, estos se diluyen anulándose las distinciones.

El enemigo merece ser aniquilado. En 1963 y contemporáneamente a la Guerra Fría, Schmitt presenta su “Teoría del Guerrillero”. Hacia el final de su exposición señala cambios producidos en la práctica de la guerra y la incidencia de lo tecnoindustrial. Con esto último hace referencia a las armas de destrucción masiva y su impronta en la enemistad. Las armas nucleares son armas de aniquilación y exterminio. Derivado de esto, y lógicamente, medios de exterminio absoluto exigen el contrapunto de un enemigo absoluto. A partir de ese momento la enemistad deja de ser “mitigada”. El enemigo ha devenido absoluto. Aquí ya no es el Ideal lo que toma el comando, sino el producto de la técnica. La potencia del objeto tecnológico determina la concepción del objetivo.

Sumado a esto, señala Schmitt, es también necesario exterminar moralmente a las víctimas. Introduce entonces una lógica del valor y del disvalor. La operación implica declarar que el bando contrario es criminal, inhumano, un disvalor total. Esta lógica del disvalor obliga a producir nuevas y profundas criminalizaciones y devaluaciones de la vida del otro, para que se transforme en una vida que no se merezca vivir. Son las condiciones en las que el exterminio se vuelve abstracto y absoluto. Este cambio de vía hace que el exterminio no se dirija ya hacia un enemigo, en el sentido clásico, sino que se deriva de la imposición de valores supremos y la adjudicación del disvalor para la vida del otro.

XXXVIII – Lecturas Políticas

Segunda Parte:

En esta ocasión, Spivak nos trae las características del modelo estatal, en  donde el derecho internacional de Guerra clásico, permitía situar claras delimitaciones en tanto restricciones, las cuales incidían en la relativización y limitación de la enemistad. El acotamiento pulsional y un ideal de caballerosidad enmarcaban dicho contexto.

                            

Andrea F. Amendola

 

 

Lo clásico de este modelo fue la posibilidad de establecer diferenciaciones claras y unívocas. Entre ellas, constituir un dentro y fuera o una concepción de guerra y paz. En este sentido el derecho internacional de Guerra clásico instauraba un orden de precisas demarcaciones y limitaciones, por ejemplo, guerra y paz, combatientes y no-combatientes, enemigo y delincuente.

La definición acotada de la guerra remitía a las acciones llevadas a cabo por un Estado contra otro Estado, a través del enfrentamiento de ejércitos estatales y regulares. En este punto, la clara delimitación de la guerra contenía una relativización y acotación de la enemistad. El enemigo tenía un status y era reconocido como enemigo justo; no se trataba de un criminal.

La guerra, en esta orientación, tomaba como modelo al duelo, donde se enfrentaban dos soberanos, con armas, reciprocidad y caballerosidad de por medio. En ésta, los contendientes se respetaban como enemigos durante el conflicto, posibilitando y sobreentendiendo que el fin normal de la guerra era el acuerdo de paz o el armisticio.

Esta caracterización jurídica de la guerra limitada no dejaba de estar orientada por ideales de caballerosidad e implicaban un acotamiento pulsional; la limitación de la pulsión por el ideal. El mismo Schmitt reconoce una tendencia humana en considerar al enemigo como un criminal. Y la pena para el criminal es su ajusticiamiento.

Freud también se refiere a las restricciones al goce que el derecho internacional había impuesto a la guerra, restricciones en tiempos de paz, restricciones que caen durante la Primera Guerra Mundial y de donde surge la desilusión por la guerra. La práctica de la guerra, entonces, descubre las ilusiones del ideal caballeresco. Freud dirá de la guerra de 1914:

“No reconoce las prerrogativas del herido ni las del médico, ignora el distingo entre la población combatiente y la pacífica, así como los reclamos de la propiedad privada. Arrasa todo cuanto se interpone a su paso, con furia ciega, como si tras ella no hubiera un porvenir ni paz alguna entre los hombres”.

Una situación intermedia y la dificultad para definir la guerra. Carl Schmitt (1938) se refiere a una mutación a nivel del Derecho Internacional de Guerra, que continuó a la Paz de Versalles. La misma tiene como antecedentes el surgimiento de lo que denomina “guerra total”, esto es, la asociación de la “guerra en tanto acción” (las hostilidades y la acciones bélicas) y la “guerra en tanto estado de cosas (status)”, donde el enemigo existe aún cuando las hostilidades y las operaciones bélicas han cesado. Así mismo, durante la guerra total, ingresan en la contienda áreas de actividad extramilitares (economía, propaganda, energías físicas y morales de los no-combatientes).

XXXVII – Lecturas Políticas

En este artículo, que será dividido en cuatro entregas, Claudio Spivak destaca cómo el discurso de la guerra se ha modificado en nuestra contemporaneidad. El goce y el sentido que se juegan en   la misma son otros. La tecnoindustria incide tomando el comando a través de sus productos, de tal modo que el enemigo deviene absoluto. La cacería se impone, dejando atrás el ideal clásico del combate al modo del duelo. Los ideales, puestos al servicio de la pulsión de muerte, devienen ilimitados y trascienden las fronteras de la paz y el campo de batalla..

 

Primera Parte:

En esta primera entrega, Spivak señala cómo hay un cambio discursivo en relación a la guerra. El goce y el sentido que el mismo vehiculiza, dan cuenta del rasgo de nuestra época en donde la lógica de lo ilimitado se impone. Cita al jurista Schmitt, quien  precisa cómo el derecho respecto de la guerra cambió en los últimos tiempos, siendo distintivo del siglo XX el fin de la época estatal y de los grandes pensamientos.

 

 Andrea F. Amendola

 

 

El discurso de la guerra ha cambiado. Incluso ha cambiado tan radicalmente, a nivel de su sentido y del goce que en ella se juega, que con su homónima clásica solo parece compartir el nombre. Las guerras del siglo XX, el acontecimiento del 11 de septiembre del 2001 y los eventos que le sucedieron permiten verificarlo. En la guerra de la actualidad se manifiestan las permutaciones de nuestra época, donde prevalecen la estructura del no-todo y la lógica de ilimitación.

Para Jacques Lacan la esencia del derecho reside en repartir, distribuir, retribuir lo que toca al goce. El pensamiento del polémico jurista Carl Schmitt nos permite verificar como el derecho relativo a la guerra se ha modificado en las últimas dos centurias, dando cuenta de las variaciones en cómo se reparte, distribuye y retribuye lo relativo al goce a nivel de la política, la guerra y la concepción del enemigo.

El Estado clásico, la guerra y el enemigo limitado. Carl Schmitt señala una serie de novedades surgidas en el siglo XX. Entre ellas el fin de la época estatal. Según expone, el modelo clásico del Estado implicaba un área cerrada y pacificada en lo interno, cerrada y soberana frente a otros Estados soberanos. Metodológicamente, pone en relación el auge y la caída de la época estatal y la época de los sistemas de pensamientos. Con el fin de la época estatal, también finalizan los grandes sistemas lógicos de pensamiento.

XXXVI – Lecturas Políticas

Segunda Parte:

Los espectros de la biopolítica en el mundo contemporáneo, nos traen a la salud dentro de la macroeconomía como objeto de una verdadera lucha política. El hombre pasa a tener el deber de cuidar la salud de su cuerpo, y el Estado regulará eso. La medicalización impone una conexión entre mediación y bienestar, alimentado así la lógica de un consumo asegurado por el biopoder del capitalismo. En este contexto no tiene sentido la pregunta por el origen de los síntomas, sino que se trata de prevenir, no de curar. Asegurarse de erradicar la contingencia es el rumbo.

Señala, al igual que Foucault, cómo el poder padece de una ineficacia constitutiva y, por lo tanto, no es omnipotente. Para ello nos trae oportunamente el legado de Lacan con lo real, como aquello que siempre vuelve al mismo lugar.

Finalizando, la autora hace referencia a Lacan, la máquina del no-todo y la formación del analista en la era de la globalización. Incluye el concepto de biopolítica como figura del no-todo. Sitúa confluencias en las trayectorias de Foucault y de Lacan en su última enseñanza, delineando cómo cada uno realiza un recorrido que va de las sociedades disciplinarias a las post-disciplinarias. 

Luego de recorrer tres momentos en la enseñanza de Lacan, Freitas de Macedo puntúa que en los años 70 Lacan y Foucault dignifican lo que hay de positivado en el placer. Realza que en Lacan al final de su enseñanza, que hay una reconciliación con los placeres por la vía del cuerpo, efectos que incidirán en la dirección de la cura y su final.

Finalmente, nos invita a pensar el lugar de la práctica analítica tal como lo hiciera Miller, en la era de la globalización. Una práctica que, señala, es necesario no reducirla a la práctica de la norma. 

Andrea F. Amendola

 

4. Espectros de la biopolítica en la escena contemporánea

El mundo contemporáneo nos ha colocado ante innumerables desdoblamientos del problema planteado por Foucault en su conferencia “Crisis de la medicina o crisis de la antimedicina”, de 1974. El Plan Beveridge de Inglaterra (1942) sirvió de modelo de organización de la salud para varios países después de la Segunda Guerra Mundial.

En ese momento, la salud entra al campo de la macroeconomía, y se vuelve objeto de una verdadera lucha política. El derecho del hombre de preservar la salud de su cuerpo pasa a funcionar como un deber, y así se transforma en objeto de la acción del Estado.

A partir de ahí se construye todo un arsenal de protocolos, inventarios, cuestionarios, testes, estadísticas y procedimientos que deben tener el menor costo y la mayor eficacia, a fin de controlar todo y prever todo.

La medicalización pasa a actuar en su vertiente exclusivamente cosmética a través de la disolución de la frontera entre medicamento y enfermedad, que poco a poco es sustituida por una nueva conexión, la del medicamento con el bienestar; como lo ilustran la proliferación, e inclusive la banalización, del uso de los medicamentos cuya mira es el desempeño, como el Viagra, y similares.

Dentro de esa nueva dinámica asociada a la lógica del consumo en el mercado capitalista globalizado, sería superfluo localizar el origen, el sentido, o la verdad de los síntomas, siendo suficiente apenas verificar su distancia con relación al modelo normal, establecido únicamente de acuerdo a leyes, probabilidades, tendencias, y a los intereses del mercado.

La meta fundamental de la medicina ya no es la cura, sino la prevención de los riesgos. Definida como error[9], la propensión a la enfermedad se vuelve endémica, correspondiéndoles a los médicos venderles a los clientes y usuarios la ilusión de la posibilidad de una planificación sin brechas en sus vidas, administrando constantemente los riesgos, interviniendo tecnológicamente en la fatalidad del código, y eliminando por fin el carácter aleatorio y contingente de la vida.

Como bien concluye Paula Sibilia en El hombre post orgánico: cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales, Foucault demuestra, a lo largo de su trayecto, que el poder es engañoso, pero no es omnipotente, padece de una especie de ineficacia constitutiva. Las relaciones de fuerza que constituyen sus redes están en movimiento continuo, en lucha; son inestables, tensas, heterogéneas e imprevisibles.

Lacan, a su vez, nos deja el legado de lo real, de aquello que siempre vuelve al mismo lugar. En el hospital, lo real regresaba como efecto del rechazo del lugar del sujeto, del recurso a la palabra. Del lado de los profesionales de la salud, dicho rechazo se presentaba bajo la forma de innumerables y repetidas licencias, atribuidas sea a la depresión, sea al estrés, entre otras cajas negras. Del lado de los pacientes, lo real del luto no realizado a través de los cuadraditos de los cuestionarios y de las propuestas adaptativas regresaba bajo la forma de un altísimo índice de la persistente y enigmática “no adhesión al tratamiento”.

Y respecto a la cultura, a la política, ¿de cuántas máscaras se ha de servir lo real en su inevitable retorno, más allá de las catástrofes y de los pasajes al acto sin ningún destino, o de los nuevos síntomas desconectados del Otro y del deseo? ¿Habrá otro destino posible para el devaneo de omnipotencia del pleno dominio de lo real, que no sea una larga e incesante pesadilla?

 

5. Lacan, la máquina del no-todo[10] y la formación del analista en la era de la globalización.

Jacques-Alain Miller, en la clase del 22 de mayo del 2002 de su curso de Orientación Lacaniana, hace una curiosa analogía entre la estructura del Imperio, ampliamente desarrollada por Antonio Negri en su famoso libro, y la del no-todo, introducida por Lacan en “El atolondradicho”, escrito de 1972, en respuesta a El antiedipo de Deleuze y Guattari. Proponemos incluir en esta serie la noción foucaultiana de biopolítica como una figura del no-todo.

Veamos cómo Miller define el no-todo, sirviéndose de él para pensar los efectos de la globalización: ” […] el no-todo no es un todo que supone una falta, sino lo contrario, una serie en despliegue, sin límite y sin totalización.

Por eso el término globalización es inestable, pues se trata precisamente de que ya no hay todo, de que en el proceso actual, aquello que constituye un todo y establece un límite se encuentra amenazado, vacila. Entonces, llamamos globalización a un proceso de destotalización que pone a prueba todas las estructuras totalizadoras” [11].

Aún cuando el primer tomo de Historia de la sexualidad “La voluntad de saber” estémarcado por una crítica de Foucault a la práctica analítica, por considerarla un dispositivo de saber, a través de la confesión y el examen, característico de las sociedades disciplinarias[12], curiosamente encontramos, en los dos tomos siguientes – El uso de los placeres y El cuidado de sí – confluencias instigadoras en las trayectorias de Foucault y de Lacan en su última enseñanza. Parece que cada uno, a su manera y en su campo de investigación, hace un recorrido que va de las sociedades disciplinarias a las post-disciplinarias, o sociedades de control, como las llamó Gilles Deleuze.

Un ejemplo de tal confluencia se puede encontrar en la articulación que hizo Miller cuando, reflexionando sobre el destino del psicoanálisis en la era de la globalización, propone una historización de la enseñanza de Lacan a partir de la noción de sociedad disciplinaria, atribuida a Foucault.

El primer momento de la enseñanza de Lacan es el de la formalización del psicoanálisis en la época disciplinaria, período en que se dedica a su retorno a Freud. Ese momento “está fundado sobre la formalización del concepto de inconsciente a partir del algoritmo del signo; sobre la formalización unificadora del Edipo, de la castración, y de la represión a través de los conceptos de Nombre-del-Padre y de metáfora, y sobre la formalización de la libido vía los conceptos de deseo y metonimia”[13].

En el segundo momento, llamado de transición, Lacan realiza una subversión en la obra freudiana a través de la pluralización del Nombre-del-Padre y de la atribución de la operación de represión no a lo prohibido, sino al propio hecho del lenguaje, subvirtiendo, así, el concepto de deseo, anteriormente ligado a lo prohibido, acercándolo al concepto de goce; de tal manera que la falta pierde su primacía en favor de aquello que viene a rellenarla, lo cual actualiza la función del objeto a.

Miller localiza en el tercer momento de la enseñanza de Lacan su salida de la época disciplinaria. Los pivotes de su enseñanza pasan a ser el síntoma y el goce, que todavía se encontraba en una relación de tensión y de contraposición con el significante reprimido. En ese momento, éste pasa a funcionar como un operador de goce.

Deshecha esa oposición, la oposición goce-placer también tiende a disolverse, una vez que el placer también pasa a funcionar como un cierto régimen de goce. La pulsión, a diferencia del deseo, no se articula intrínsecamente a una defensa, lo que está en juego ahí es una cuestión de modo: sea en el dolor o en el placer, ella siempre se satisface.

Por lo tanto, podríamos afirmar que Lacan, anticipando los impasses de nuestro tiempo, encuentra en el recurso al goce y a la topología de los nudos las herramientas para construir una clínica que le haga justicia a una época, la nuestra, que ya no responderá prestamente a la clínica llamada ‘clásica’, fundada esencialmente sobre elementos antinómicos y sobre clasificaciones anquilosadas.

A respecto de Foucault, las paradojas generadas por la biopolítica y el biopoder lo condujeron a un impasse, ante el que trató de responder a partir de un desplazamiento teórico y de un reencauzamiento de su investigación hacia los campos de la ética y la estética en la Antigüedad tardía, quizás en busca de una salida para el hombre contemporáneo.

Aún en el rastro de las confluencias, es interesante notar que en los años 70, tanto Foucault como Lacan dignifican lo que hay de positivado en el placer. En la trayectoria de Foucault, podemos indagar si sus últimas obras: El uso de los placeres y El cuidado de sí no habrían aparecido como un intento de salir del impasse creado por la biopolítica y por el ejercicio del biopoder. Mientras tanto, lo que encontramos en su salida por las vías de los placeres y los cuidados es, paradójicamente, una moral estoica.

Para Lacan, a su vez, como bien advierte Miller, la oposición goce-placer tiende a disolverse, de manera que el placer pasa a funcionar como un cierto régimen de goce. Si antes el placer se presentaba siempre articulado a una vertiente sacrificial, en la que el goce se encontraba más cercano al sufrimiento, parece haber, en el tercer momento de la enseñanza de Lacan, una reconciliación con los placeres por la vía del cuerpo, lo que produce efectos importantes sobre la dirección de la cura y sobre los pilares en los que se funda el final del análisis.

Miller enfatiza que en aquel momento de la enseñanza de Lacan, el fin de análisis ya no se caracteriza por la cura, ni tampoco por la travesía; se trata únicamente del pasaje de un régimen de goce a otro, de un régimen de sufrimiento a un régimen de placer.

Y concluye su reflexión interrogando sobre el destino de los analistas en la era de la globalización: “lo que será de los analistas en la era de la globalización se descubrirá a partir del pase” [14], conforme este se traduce en aquello que la máquina del no-todo pone en escena, una vez que seamos llevados a concebir una desconexión entre ser un analista y la práctica del analista. Aquellos a los que Lacan quería consagrar como Analistas de la Escuela deberían analizar la Escuela, lo cual ya era una definición de analista independiente de su práctica analítica. “Lacan intentaba resolver de esa forma el problema de preservar el núcleo analítico de la práctica, en un mundo en el que el analista tiende a disolverse en la práctica asistencial[15].

Concluyo entonces con una pregunta más, o mejor dicho, relanzando la cuestión planteada por Miller sobre cómo pensar la formación del analista en la era de la globalización, tan difícil de determinar, ya que es preciso no reducirla a la problemática de la norma y concebirla “Mucho más en la vertiente de la comunicación de un estilo de vida, que como acceso a la realización de un ideal”[16].

 

Traducción: Alma Rosas

* Trabajo presentado en sesión plenaria del XV Encuentro Brasileño del Campo Freudiano.

 

8. A este respecto, consultar el riquísimo trabajo elaborado por LE BLANC, en su libro Le maladie de l’homme normal, Le passant, París, 2004.

9. Cuanto a este punto, consultar SIBILIA, P.: O homem pós-orgânico: corpo, subjetividade e tecnologias digitais. Rio de Janeiro: Relume Dumará, 2002, especialmente el cap.5: “Biopoder”, p.179-202.

10.Expresión utilizada por Jacques-Alain Miller en la clase del 22/05/2002 en el curso L’ orientation lacanienne – Réflexions sur le moment présent (inédito) a propósito de la globalización.

11.La clase del 22 de mayo de 2002, fuente de la cita, se encuentra publicada en la revista Mental: MILLER. “Intuitions milanaises[2] ». En Mental – Revue Internationale de Santé Mentale et Psychanalyse Appliquée, n. 12, MAI 2003, p.17.

12. Es sabido que Foucault se aleja también de la literatura por los mismos motivos atribuidos a su crítica del psicoanálisis, a saber, que ambos perdieron su fuerza transgresora: en el caso del psicoanálisis, por ejemplo, él habría sido responsable de la transposición del sexo del campo de la culpa y del pecado, del exceso y de la transgresión, al régimen de lo normal y de lo patológico.

13. MILLER, J-A. « Intuitions milanaises » [1]. Mental – Revue Internationale de Santé Mantale et Psychanalyse Appliquée, n. 11, DIC. 2002, p.17.

14. MILLER, J-A. « Intuitions milanaises [2] ». En Mental – Revue Internationale de Santé Mantale et Psychanalyse Appliquée, n. 12, MAI 2003, p.25.

15. MILLER, J-A. « Intuitions milanaises [2] », op. cit., p.25-26.

16.MILLER, J-A. Ibid., p.26.

 

XXXV – Lecturas Políticas

En el presente artículo, que será dividido en dos entregas, Lucíola Freitas de Macedo, hace referencia al error craso, como aquel que representa a nuestra sociedad hipermoderna bajo el empuje de la ideología de la evaluación. Precisa que el goce del acceso obsceno a la información, concluye generando angustia y procastinación. Menciona cómo desde el biopoder la biopolítica y sus dispositivos, a partir de la cual el ejercicio del poder está centrado en la normalización de los individuos y las poblaciones, responde al régimen del sistema capitalista. En su afán de eliminar el carácter aleatorio y contingente de la vida, en nombre de garantizar la salud, de lo que se trata en realidad, desde la ideología de la biopolítica, es de subyugar los cuerpos y controlar a la población. En el marco de nuestra globalización, la autora, finalmente se pregunta por el lugar de la práctica analítica, cómo preservarla más allá de todo ideal de asistencialismo.

 

Primera Parte:

La autora hace refiere cómo el error craso adviene porque el hombre hipermoderno responde a un  ideal de evaluación, en donde se pretende erradicar todo tropiezo humano y, paradójicamente lo que esta pretención genera, es más catástrofe y angustia, quedando los sujetos sumidos en el silencio y en la procastinación del acto. Por otro lado, el goce de lo obsceno de la transparencia que se traduce como vigilancia generalizada, conduce a la angustia y al afecto depresivo. 

En una institución, bajo la ideología de las terapias cognitivos conductuales, en donde se trataba a pacientes con lesión medular, se suponía que la información brindada a los pacientes generaría acciones eficaces en relación a su padecer, pero los estragos se hicieron presentes. Una analista trabajó en el equipo proponiendo que la transparencia en la información no fuera la regla, erradicando el carácter de obligatoriedad de asistencia a las clases para los pacientes, dejando así, abierta la posibilidad para que emerja la demanda y la vivacidad propia del deseo para cada cual.  De este modo, como era de esperar, los efectos fueron otros.

En cuanto a la biopolítica como política de la angustia, la autora toma este concepto de Michel Foucault, pues considera que esclarece cuando se trata de analizar el debate epistémico y político de la ideología de la evaluación y la tan mencionada eficacia de las TCCs. El efecto en común a todos los movimientos con esta ideología, es la sociedad de la normalización y su pretensión de normalidad. La medicalización revela el uso político de la medicina, en donde no hay límites en la incidencia del saber médico sobre la vida y el cuerpo que pretende controlar y subyugar, deviniendo así la vida, un objeto del capitalismo,  gestionado e invadido por el poder.

Andrea F. Amendola

 

1. Error craso

He aquí las palabras de Jacques-Alain Miller en Libération, del 11 de abril de 2005: “Creer que la información determina la decisión es un error psicológico y filosófico… saber y acto son dos dimensiones distintas. La certeza es rara en el orden del saber, no se obtiene sino localmente, por construcciones lógicas, siempre artificiosas.” [1].

Retomemos también el escrito del 9 de septiembre: El agujero negro de las vanidades de Éric Laurent[2]: “De acuerdo a un estudio reciente de la Harvard Medical School, los gastos administrativos de evaluación absorben 31% de los gastos de salud en Estados Unidos. A pesar de las interminables evaluaciones a respecto del huracán Katrina[3], para citar sólo un ejemplo, no se tomaron las decisiones. El acto se hizo esperar”.

Son errores demasiado humanos, los viejos errores que las tragedias griegas no se cansan de cantar y purgar, los que llevan al abismo y a la catástrofe. Tropiezos que los mejores protocolos de evaluación no pueden prever. En situaciones de extrema angustia, y frente a señales contradictorias e incomprensibles, el hombre griego, al contrario de lo que anuncia Laurent sobre el hombre contemporáneo, tomó la palabra, bien dijo su agón a través de sus tragedias. En la llamada hipermodernidad, el error trágico se convierte en error craso, que a través de la ideología de la evaluación induce a un silencio ensordecedor y procrastina el acto.

 

2. Goce obsceno

Donde impera la impostura de la objetivación sin límites, la tiranía de la vigilancia generalizada y el goce obsceno de la transparencia, la falta viene a faltar. La angustia invade la escena, se instala desde las entrañas acompañada por su alma gemela, el afecto depresivo.

Esta es la escena que se repite en una institución totalmente identificada, en el plano epistémico, a la ideología de las TCCs: el luto silenciado y no realizado a través de los cuadraditos de los inventarios de depresión, la de la denegación de la distancia entre la anticipación de la información y de la insondable decisión del sujeto, la de las propuestas tanto autoritarias como adaptativas. El efecto: un altísimo índice de la persistente y enigmática caja negra llamada “no adhesión al tratamiento” por las TCCs.

Fue a causa de esa brecha, por no decir del abismo cavado entre el procedimiento propuesto, el efecto esperado y el efecto producido, que algo del registro de la demanda pudo ser introducido por un breve espacio de tiempo, el de la permanencia de un psicoanalista en uno de los programas de la institución.

El impasse surgió en una sesión clínica de un Programa de Rehabilitación para Afectados por Lesión Medular. La única representante de la clínica médica entre los médicos que coordinaban el programa hizo una pregunta simple y legítima: ¿por qué será que todos los pacientes con un cuadro agudo duermen o se sienten mal durante las clases sobre lesión medular y orientación sexual? Esas clases eran obligatorias, un prerrequisito indispensable para iniciar el programa de rehabilitación, regido por la lógica del ‘paquete’, con actividades y duración preestablecidas y difícilmente modificables. Esas clases anticipan información técnica sobre lo que le sucede a la médula después del trauma, el pronóstico y los efectos sobre el funcionamiento sexual posterior a la lesión. Los efectos son previsibles, recorren repetidamente el circuito implacable que oscila entre el afecto depresivo y el fantasma de la no adhesión al tratamiento.

El método fundado en el error epistémico de suponer que la información genera decisión y acción, produce sus estragos, siempre atribuidos a un déficit de motivación por parte del paciente que, en vez de salir de las clases consciente de su situación, deseoso de empezar a reaprender a vivir con sus limitaciones, agradecido por la atención de los profesionales que lo tratan, cordial y obediente, sale de las clases deprimido, angustiado, rebelde, resistente, y cuando no apático.

Aproveché la brecha abierta por la ocasión de esta sesión clínica, después de algunas observaciones sobre el trabajo de luto y el hiato entre información y saber, y entre saber y acto, para indagar si no sería interesante y oportuno intentar un cambio en cuanto al carácter de las clases; las cuales podrían dejar de ser obligatorias y pasar a ser objeto de una posible demanda del paciente, lo que podría incluso no suceder, o surgir en un tiempo posterior, después del alta hospitalaria.

El equipo se quedó un tanto dividido, pensando que la falta de información dificultaría el trabajo de los fisioterapeutas y enfermeros. Sostuve que consideraba compulsiva la exposición generalizada a la información, lo que retornaba como no adhesión al tratamiento. El equipo aceptó, no sin cierta resistencia, probar el cambio. Los efectos fueron claros. En esta unidad de la Red, la exposición obscena a la información dejó de ser la regla, durante un breve período de tiempo. Algunos años después, los profesionales que cuestionaron la uniformización ya no formarían parte de la Red. Unos buscaron otros caminos, más favorables a las “formas vivas del deseo”[4], otros simplemente fueron expulsados.

 

3. La biopolítica y sus dispositivos

Los problemas planteados por Michel Foucault, a través de sus consideraciones sobre la biopolítica, nos parecen esclarecedores cuando se trata de examinar el debate político y epistémico en torno a la alardeada eficacia de las TCCs, de las falsas ciencias, de la reglamentación de las prácticas psi, del uso generalizado e indiscriminado de los protocolos, y de los efectos nefastos de la ideología de la evaluación.

Lo que parece haber en común entre los movimientos de reglamentación, más allá del interés de garantizar el provecho del promisor mercado de la salud y de la vida, es el hecho de que son producto de una ideología que se alimenta de la biopolítica y del ejercicio del biopoder en su imperativo normalizador.

A partir del siglo XVIII, el cuerpo humano, así como las conductas y los comportamientos, pasaron a integrar el nuevo modo de funcionamiento de la medicina, para el cual no hay exterioridad posible. El término medicalización viene a designar precisamente este proceso que tiene como marco el uso y el ejercicio político de la medicina, caracterizado por una extensión indefinida y sin límites de la intervención del saber médico sobre la vida.

El ejercicio moderno del poder se realiza a través del ejercicio de la normalización de los individuos y de las poblaciones. En este contexto, la medicina pasa a desempeñar un papel fundamental: “si los juristas de los siglos XVII y XVIII inventaron un sistema social que debería ser dirigido por un sistema de leyes codificadas, se puede afirmar que los médicos del siglo XX están por inventar una sociedad de la norma, no de la ley. No son los códigos los que rigen a la sociedad, sino la distinción permanente entre lo normal y lo patológico, la perpetua empresa de restituir el sistema de la normalidad[5].

El término biopolítica aparece por primera vez en la enseñanza de Foucault en su conferencia “El nacimiento de la medicina social” [6], pronunciada en Río de Janeiro en 1974. Es pues justamente en el contexto de la medicina que este término será generado: “el capitalismo que se desarrolló entre los confines del siglo XVIII y el principio del XIX socializó un primer objeto, el cuerpo, en función de su fuerza de trabajo. El control de la sociedad sobre los individuos no operó simplemente a través de la conciencia o de la ideología, se ejerció en el cuerpo y con el cuerpo. Para la sociedad capitalista, lo más importante es lo somático, lo corporal. El cuerpo se constituye en cuanto realidad biopolítica, y la medicina como estrategia biopolítica[7].

A través de sus mecanismos de control, regulación y uniformización, la biopolítica objetiva mantener las medias, asegurar compensaciones en medio del campo aleatorio de la población global, o sea, instalar mecanismos de previsión y de reglamentación en torno a lo aleatorio inherente a una población de seres vivos, así como crear e implementar mecanismos capaces de optimizar estados de vida.

Para Foucault, el efecto histórico producido por esa tecnología de poder centrada en la vida es precisamente la sociedad de normalización[8], donde se observa una valorización creciente de la norma y, consecuentemente, de una pretendida normalidad.

 

Traducción: Alma Rosas

* Trabajo presentado en sesión plenaria del XV Encuentro Brasileño del Campo Freudiano.

 

Notas

1. MILLER, J.A. « UE, il ne suffit pas d´expliquer ». En: Liberation.fr, 11 avril 2005 (http://www.liberation.fr/tribune/0101525391-ue-il-ne-suffit-pas-d-expliquer)

2.  Disponible en: http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=publicaciones&SubSec=on_line&File=on_line/psicoanalisis_sociedad/laurent-elagujero.html

3.  Entre las catástrofes consideradas “naturales”, que para Laurent no tienen nada de “natural”, cabe evocar, el todavía más reciente sismo y tsunami de Sendai, Japón, de marzo de 2011.

4.  Término usado por Eric Laurent en una intervención en Lausanne en 1977: «Normes nouvelles de distribution de soins et leur évaluation du point de vue de la psychanalyse », publicada en Curinga n.13., Minas Gerais: EBP.

5.  FOUCAULT; M.: “Crise de la médecine ou crise de l’antimédecine?”, en Dits et écrits III, Gallimard, París,1994,p. 50.

6.  Esta conferencia se encuentra en Dits et Écrits III, op. cit., pp. 207-228.

7.  La naissance da la médecine sociale”, Dits et Écrits III ,op. cit., p.209-210.

XXXIV – Lecturas Políticas

En esta oportunidad le presentamos una conversación que sostuvo Eric Laurent con Télam desde París, a pocos días del inicio del IX Congreso Internacional de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), el psicoanalista francés argumentó sobre el agotamiento de la búsqueda de sentido en la práctica política y en la religión en una época hegemonizada por el sueño absolutista de la razón científica cifrada en el cálculo y el individualismo democrático de masa, advirtiendo sobre la concentración empresaria en los espacios del común.

De un mundo puramente calculable, sin que nada quede afuera, a lo que propone el psicoanálisis; el reconocimiento de un real, partiendo de que la relación sexual como tal, no se puede calcular.

Y agrega, que el goce, se revela como aquello que escapa al cálculo.

Laurent, quien fue analizante de Jacques Lacan, también es docente; del 2006 al 2010 presidió la AMP, cuya acta de fundación se firmó en Buenos Aires el 3 de enero de 1992.

Entre sus libros figuran  El goce sin rostro, La batalla del autismo, Ciudades analíticas, Psicoanálisis y salud mental, Lost in cognition, El sentimiento delirante de la vida y Los objetos de la pasión.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde París, donde reside.

 

Angela Vitale

 

 

T : El congreso internacional de 2012 se centró en el orden simbólico. Este, que empieza en unos días, tal como indicó Jacques-Alain Miller, sobre un real. Sin embargo, en ambos casos se incluye la perspectiva siglo XXI. ¿Cuáles serían las diferencias respecto al siglo pasado?

EL : La diferencia esencial con el siglo pasado es que estamos en una época de triunfo de los poderes del cálculo; entramos en the digital age.

Como dijo Jacques-Alain Miller, esto fue anunciado por Lacan en su fórmula Hay l’ Uno, en francés Y’a dlun.

Con esta contracción, quienes piensan que el individualismo democrático de masa está fundamentado sobre el uno del cuerpo, se equivocan. Lo nuevo es la manera con la cual los cuerpos se articulan con el uno del cálculo. Esto se puede ver en el libro de los responsables de Google , Jared Cohen y Eric Schmidt, The new digital age, como en Big Data, de Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Niel Cukier. Ambos exploran cómo la acumulación de los cálculos cambian nuestra relación con el mundo.

El horizonte del cálculo es una utopía. Un mundo puramente calculable, sin nada que pueda quedar afuera. Si nada escapa al cálculo, estaríamos en un mundo sin contingencia, un mundo sin Real. El psicoanálisis propone, al revés de esta utopía, el reconocimiento de un real: un real vinculado al hecho de que la relación sexual como tal no se puede calcular.

T : Precisamente, uno de los últimos seminarios de Miller en castellano se titula El ultimísimo Lacan. ¿Qué hay más allá de ese ultimísimo?

EL : Las consecuencias clínicas que hay que explorar. La articulación de los cuerpos al cálculo de las máquinas permite el sueño de una transparencia total del uso de los cuerpos. Se sueña un yo cuantificado, quantified self. Pero esta articulación a las máquinas, a los smartphones, que pueden saber todo del funcionamiento del cuerpo, sólo sostienen el discurso del superyó contemporáneo. Un superyó a medida que nos grita ¡Goza!, o tenés que mejorar tu performance. El goce se revela aún más como lo que escapa al cálculo. Lo que huye.

T : El discurso de la ciencia, ¿en qué relación cree usted está con las infinitas variantes de la religión (incluso laicas) y con cierto agotamiento epocal de las formas republicanas de la política?

EL : El discurso de la ciencia nos promete the theory of everything. Lo que hay de común con las promesas del Big Data es el sueño de un mundo completamente simbolizado, pero sin sentido. El sentido es de lo que se ocupa la religión. Es la nueva complementariedad entre ciencia y religión. No fue siempre así. En el siglo XVII, cuando surgió la ciencia, era considerada un peligro para las creencias. Ya no es el caso.

La época del todo político en la cual la política daba respuestas a las preguntas sobre el sentido, está terminada. Las religiones laicas que cumplían esa función son cosas del siglo XX. El individualismo de masa no permite más estas creencias absolutas. Hay una fragmentación de los modos de vivir la pulsión. Pero subsisten trozos de común. El problema de la política mundial, como dice Paul Krugman, es saber si la concentración oligárquica del capital no pone en peligro todo el espacio de lo común. Parece que la política ha perdido su poder de regulación. Hay una llamada a un más allá de la política. Es un síntoma de la época.