XLIV – Lecturas Científicas

En esta segunda entrega, el autor destaca cómo Freud logró situar en el inconsciente la estructura del lenguaje, siendo las logociencias su referente. La palabra se sitúa así, como el operador esencial de esta práctica, único vehículo que permite elaborar para cada sujeto la posibilidad de elegir.

Andrea Améndola

Uno tiene que usar la moneda del país por el que viaja. Pensar que podemos hacer la teoría del inconsciente “en directo” sería tan absurdo como la conocida historia de los ciegos de Voltaire, que discutían sobre los colores. No tenemos un sentido para percibir el inconsciente. Los psicoanalistas sólo podemos razonar sobre los datos de nuestra experiencia. Fenomenológicamente, ¿cómo abordamos la experiencia analítica? Lo primero es que el único medio de la operación analítica es la palabra, en el campo del lenguaje.

El descubrimiento de Freud consistió en verificar, caso por caso, que el inconsciente tiene estructura de lenguaje. No se trata, pues, de percepción, sino de deducción lógica, ni tampoco de exactitud, sino de verdad. Toda la teoría psicoanalítica está situada entre el inconsciente como memoria y como elaboración por venir. El referente del psicoanálisis no son tanto las neurociencias como las “logociencias” (lógica, lingüística, matemática antropología…) En un análisis se trata de alcanzar el axioma que gobierna nuestra vida (la lógica del fantasma inconsciente) y pasar dicho saber al surco de la propia vida.

Freud tenía una fe extraordinaria en la racionalidad lógica de lo real, si no, ¿cómo podría decirse cualquier cosa sin importar qué, al azar, siguiendo la regla de la asociación libre, suponiendo que una ley ignorada está operando? A la suposición de una ley ignorada le llamó “inconsciente”. Si la verdad que se pone en juego en cada análisis no excluye un lazo con la ciencia es debido a que la verdad tiene un vínculo con la estructura del lenguaje.

Probablemente no existe verdad universalizada; depende de la cultura. Un filósofo de la ciencia como Kuhn afirmaba que las revoluciones científicas muestran que no existe verdad universal. El inventor de la lógica paraconsistente, Newton da Costa, quien señala que se puede establecer una relación entre los sistemas lógicos no clásicos y la estructura del inconsciente, contaba en una entrevista lo siguiente: “Cuando voy a EE.UU. sé que no trataré de la lógica paraconsistente pues allí impera la fortaleza de la materia clásica; en la URSS hay verdadera pasión por la lógica paraconsistente debido a la dialéctica, a la contradicción.

En China la lógica se enseña en los cursos primarios”. Parafraseando a Newton da Costa, espero que los ciudadanos de mi país tengan la posibilidad de tratar del psicoanálisis, aunque estemos dentro de la fortaleza de las neurociencias. Puede beneficiarse de ello no la salud mental, sino la sociedad civil. El psicoanálisis demuestra que la salud reside en la posibilidad de elegir.

XLIII – Lecturas Científicas

Vicente Palomera es psicoanalista en Barcelona, AME, miembro de la ELP y de la AMP. Ex AE (1999-2002). Docente del ICF. Autor de varios libros y director de dos colecciones, “Escuela Lacaniana de Psicoanálisis” y “Mente, Salud, Sociedad”.

Texto publicado el 25/02/2010 en Universidad Popular Jacques Lacan.

En este escrito, que será dividido en dos entregas, Vicente Palomera, destaca el valor de la invención del Psicoanálisis  por parte de Freud. Una pregunta recorre el texto, ¿cómo siendo el psicoanálisis hijo de la ciencia no se iguala a ésta? Lo universal de la ciencia, su saber experimental para todos, se diferencia radicalmente con la práctica analítica, pues como experiencia, aloja lo particular del sujeto que sufre.

La palabra deviene la operatoria esencial por la cual se realiza el psicoanálisis. Plantea que Freud, con su descubrimiento del inconsciente, nos permite alcanzar el axioma que gobierna nuestra vida, es decir, la lógica de lo real puesta en juego.

Finalmente, destaca que las neurociencias no hacen al psicoanálisis como referencia, pues no se trata de la salud mental para todos en tanto el alcance de una normalidad común, sino que aquella salud a la cual el psicoanálisis apunta es la que oferta a quien padece la posibilidad de elegir.

En esta primera entrega, Vicente Palomera señala el valor de la robustez del procedimiento freudiano, que si bien está ligado al nacimiento de la ciencia, no obstante no se iguala a ella. Experimentación y evaluación para todos, no es lo mismo que una experiencia que permite arribar a la verdad singular de cada sujeto.

 

Andrea Améndola

 

 

Al inventar el psicoanálisis, Freud fundó una profesión de la que vive un número apreciable de practicantes debidamente licenciados. Su seguridad descansa en parte en el éxito cultural del psicoanálisis, que suscita curiosidad, y en el ambiguo cobijo que le ofrece la medicina. Pero esta seguridad emana de la robustez del procedimiento freudiano.

Nunca sorprenderá lo suficiente que baste con acostar a un ser hablante que sufre proponiéndole asociar libremente para que ame a su psicoanalista, le preste confianza y vea aliviarse sus síntomas hasta desaparecer tras un tiempo más o menos prolongado. En esto radica el hecho de que el psicoanálisis sea freudiano.

Lacan señaló que el descubrimiento del inconsciente está ligado a la existencia de la ciencia. La pregunta que se plantea es ¿por qué el psicoanálisis siendo hijo de la ciencia no se iguala a esta?

El psicoanálisis es antes que nada un tratamiento del sujeto que sufre. No es una ciencia si se parte de que esta elabora y construye un saber que se demuestra, transmisible, en cuyo campo la experimentación es reiterable, es decir, elabora un saber “universalizable”.

El psicoanálisis está en oposición radical a la experimentación por el hecho de ser una práctica que acoge las demandas de quienes sufren de lo que llaman sus síntomas, lo cual motiva que no se dedique a nada “universalizable”.Se aboca a la queja, es decir a lo más peculiar del sujeto, queja que se trata de elaborar. También en el psicoanálisis hay una elaboración, pero, a diferencia del ideal de la ciencia, es de lo más peculiar del sujeto.

Quien pide un psicoanálisis es alguien que sufre un síntoma y tiene la impresión de que no saca de su vida lo que tiene derecho a esperar. Por ello el que hace un psicoanálisis se ve llamado a convocar lo más íntimo, su verdad, pero la encuentra en una experiencia que es una prueba singular distinta del carácter reiterable de la experimentación científica. El psicoanálisis es una experiencia, no una experimentación. Si la ciencia puede ser un saber universal se debe a que excluye la peculiaridad del sujeto.

XLII – Lecturas Científicas

El bien decir del psicoanálisis frente a la ilusión de la ciencia. Parte II

 

Segunda Parte:

 

En esta entrega, la autora toma como punto de partida la consideración del sufrimiento y su voz, esa que nos llega muchas veces bajo la forma de una demanda de curación. Señala cómo el analista debe estar presto a la singularidad de esa voz, valiéndose del bien decir para lograr situar el goce que se aloja en los huesos de cada cura. 

Advierte sobre la angustia de los expertos, que sabiendo del rasgo propio del deseo humano, no obstante, en ocasiones en donde la impotencia se le presentifica en cuanto a su saber hacer, recurre a ese saber loco de los protocolos que anulan lo propiamente vivo del ser parlante. 

La orientación, lejos de los dictámenes protocolares, es aquella que el psicoanálisis promueve, esto es, el lugar para que el vacío advenga y, desde allí, la ignorancia docta, haga fecundo el surgimiento de un saber singular por venir.

                                       

Andrea Amendola

 

 

El rechazo del sufrimiento

 

En primer lugar consideremos que la salud, que en una equivalencia figurativa implicaría el silencio del cuerpo (1), es decir, que no dé signo evidente o sensible de “ruido” (dolor, molestias, modificaciones corporales) que amerita una pregunta que lleve a la consulta. Si trasladamos al campo de lo que sería la salud mental, se trata de “silencio” del sujeto: ni queja, ni protesta, ni sufrimiento. Éste, que María Moliner define como el estado del que sufre física y mentalmente, nos permite adentrarnos también en otro terreno, ya en nuestro campo. Lo que clasifica estos sufrimientos, y que Lacan mismo propuso en 1974 (2), es que “la cura es una demanda que parte de la voz del sufriente, de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento”.

Entonces, hay un punto de partida que es la voz de quien sufre y que demanda ser curado, el “ruido” al que hacía referencia, por el que alguien se dirige a Otro. Una clínica sencilla que ordena el universo de quienes sufren en dos campos que permiten incluir sus variadísimas formas. Tan opuesta a las listas interminables de trastornos de los manuales de diagnóstico que no parten de ninguna demanda sufriente, sino de protocolos que valoran si eso de lo que cada quien habla entra en él.

Debemos los psicoanalistas convocados, hasta este punto, considerar los ítems siguientes:

1-Derechos Humanos, sí! imperativo de ejercerlos, ya es relativo al sujeto y su decisión responsable.

2-Prevención, imposible prevenir la contingencia que desencadena el síntoma. Requiere “formarse” para responder de la mejor manera a la demanda de la voz del sufriente.

3-En esta formación, donde sostenemos la singularidad de cada ser humano y por lo tanto de sus síntomas, no caemos en el “idealismo de ninguna clasificación” (3). Debemos más bien radicalizar nuestras clasificaciones haciéndolas operativas, en primer lugar, para dilucidar los casos y avanzar, y en segundo lugar, para afianzar una posición que demuestre una lógica que revele la eficacia de la práctica analítica.

4-El acto analítico, la formación que requiere debe sustentarse en una diferencia esencial: la práctica del psicoanalista que es esencialmente -aunque no toda- invitación a hablar y captar de qué se trata esa demanda de la voz del sufriente para de ese modo operar, nos ubica en lo que llamamos bien decir, que no es decir el bien, el supremo bien, el bien de la caridad, no.

Esta distinción esencial para los practicantes requiere estar atentos, la formación debe proporcionar este sustento que se anuda a saber hacer.

Aclaro esto porque la potencia que puede ejercer el uso de la palabra, implica que sea, que apunte al hueso del sujeto como goce que refleja su sufrimiento, para liberarlo de la angustia que produce el cientificismo y sus consecuencias.

El atractivo que despiertan los protocolos, si sólo fueran un dato a usar como tal, para valorar si una población padece más tales problemas, para ubicarnos en un campo que solemos decir “diagnóstico de situación”, vaya ese uso; pero no sabemos en qué instante pueden empujarnos a ser apresados por su mecanismo y operar con las herramientas del Bien, vigilar, controlar.

El trato humano, respetuoso, considerado, al que se tiene derecho, puede deslizarse al del Bien…eso debemos dejarlo en el campo de la religión. El psicoanálisis no lo es.

 

La angustia de los expertos

En nuestro Campo Freudiano hace mucho tiempo que sabemos leer cómo el deseo de los hombres es un factor de mercado en tanto la industria se ha apropiado de sus coordenadas posibles, al menos sabe que el hombre es un ser de deseo y le provee de objetos que masivamente le dan forma. Se los ponen ante los ojos, en la boca….

¿Están los expertos que juzgan la salud de las personas también expuestos a ello? Digo sí. Les propongo considerar lo siguiente.

Es importante cómo aquellos en quienes se confía como expertos, toman los objetos industriales -además de los aparatos incluyo los protocolos- como el determinismo de la ciencia, lo irrefutable. Esto daría la clave justa de lo que le pasa a un ser humano.

¿Y él mismo? ¿No entra él mismo en ese campo? “El niño se mueve en la silla” dice la experta en la película. Ese predicado, ¿qué valora?

Es la impotencia del experto que permite el atropello con estos objetos sobre el deseo mismo, salvo que éste sea el de someter. ¿Qué mejor que el sujeto debilitado por su sufrimiento, qué mejor que la infancia, aún cuando no es sufriente muchas veces, para la experiencia?

Propongo considerar que se trata de someter todo atisbo de singularidad, aún la propia. ¿Cuántas veces un docente, un pedagogo, un médico, un practicante psi no sabe cómo hacer frente a una problemática que lo sorprende o para la que no tiene respuestas inmediatas para proponer alternativas? Rápidamente, ante lo insoportable de lo que no sabe apela al protocolo, a los decálogos que definen comportamientos y aplican a quien sea eso, que disfrazado de saber científico es un saber loco -veremos en la película- sin causalidad. Así se produce la cadena de impotencias.

Detengámonos un momento en nuestro vivir:

Cualquier vacío de sentido que experimentamos, fugaz o no, nos produce desde cierta perplejidad a una angustia intensa con matices diversos entre ambos, lo que se traduce muchas veces en una “sensación de no sé”…

Ese “no sé” insoportable, desampara, empuja a buscar un sentido, algo que anule ese vacío. Si se trata de asumir una práctica, a veces viene algo del saber conseguido, acuñado en los textos y/o en la experiencia: “¿no será un caso raro?” Pero, si nos dejamos llevar por nuestro propio vacío de saber, “¿no será que hay algo que lo inquiete, que lo angustie, para que reaccione así, para que se aburra en clase, habrá razones que no tienen que ver con la forma en que enseño, no tiene que ver necesariamente con que yo sea un “buen” practicante, un “buen” psicoanalista?

Pero esa posibilidad extraordinaria de interrogación, de búsqueda de causas, muchas veces se rechaza, se anula, buscamos el sentido rápido, qué mejor que el que ofrece el mercado que viene con aval “científico”.

Veremos en la película la estafa de este aval. Nos ofrecen protocolos para localizar el problema que el otro tiene, que muchas veces seguramente no es más que su respuesta a la angustia de la existencia.

Pero partamos de que hace falta un instante de preguntar por la existencia del otro, que es absolutamente singular, única, que no responde a un estándar y que podemos localizar, si le trasladamos la pregunta seguramente tendremos “su” respuesta.

Pero si evocamos el estándar y pensamos: maltrata al gato, o pelea con sus compañeritos, es violento, o si se mueve mucho en la silla, trastorno de ansiedad, hiperactividad….

Yo pregunto, me pregunto, le pregunto a cada uno: y bien, sí, hiperactividad ¿y…?, ¿y…? ¿Cuál es su causa? ¿Nos responde esa nominación por la causa? ¿Nos responde por el tratamiento posible? No, ahí, en ese caso singular, no. Pero qué responde: el mercado, la medicación, la internación, una lista de prohibiciones.

Si no pregunto, si no busco su propia respuesta y a cambio le doy la mía o la del experto que me somete, ¿saben qué ocurre? Eso que causa la hiperactividad del ejemplo, no cesa, no cesará hasta que el “supuesto sufriente” no encuentre qué hiperactiva su cuerpo, y cómo abrochar ese “más”, ese “exceso” que lo activa a una causa propia, que sólo él en su cuerpo podrá orientarnos a ubicar. Intentaremos así una alianza nueva, diferente de lo “híper” de ese sufriente con su cuerpo.

Al practicante, al profesional, el psicoanálisis le aporta la posibilidad de aceptar el “no sé” y que se torne fecundo, que esa ignorancia se monte en el empuje que sea querer saber y hacer orientado.

 

Notas:

(1) LAURENT, E.: “¿Mental?”, Psicoanálisis y Salud Mental, Tres Haches, Buenos Aires, 2000, p.135.

(2) LACAN, J.: “Televisión”, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 538

(3) LAURENT, E.: “L’a Clasificación”, El Caldero de la Escuela,Nueva Serie, Nº9, Publicación de la Escuela de la Orientación lacaniana, Buenos Aires, 2009.

 

XLI – Lecturas Científicas

El bien decir del psicoanálisis frente a la ilusión de la ciencia

La autora, Ana Simonetti, asienta en este artículo, el cual será dividido en dos entregas, cómo las políticas desarrollan una tendencia a actuar sobre el sufrimiento humano bajo la forma de controlar su malestar, hecho éste que va en detrimento del verdadero cuidado hacia mismo.

Propone que tres son las cuestiones que convergen en esta temática intrincada: La voracidad de los Estados por los capitales, el borramiento de la subjetividad y la angustia de los expertos ante el empuje de la estandarización, a la hora de tomar en cuenta la singularidad del hombre, esa en donde habita el deseo que humaniza.

Primera Parte:

En esta primera entrega, la autora destaca cómo los ideales del siglo pasado sobre la prevención de enfermedades mentales, rápidamente han caído en una devaluación inevitable, dado que no hay lugar para prevenir de modo universal aquello que hace a lo contingente en la vida de un sujeto humano.

Como consecuencia,  se ha tendido hacia la normalización que generaliza y la impostura de las figuras jurídicas que no reemplazan las figuras parentales en su función. Pasaje preocupante del ejercicio del derecho a la vigilancia de que se demuestre cómo se lo ejerce, destello éste de la decadencia de la autoridad que la época nos revela.

Andrea Amendola

 

Nos convocan hechos preocupantes que en la AMP y el Campo Freudiano se advierten: la transformación y el descuido del sufrimiento humano. Podríamos entender “bajo control”, la forma encontrada por el que sufre para controlar su malestar. Y no está mal. Pero no. Nos referimos a políticas decididas que instauran las formas de vigilar, evaluar y controlar la vida de las personas bajo la falacia del cuidado.

Para tratar este tema propongo considerar la convergencia de tres cuestiones: el problema financiero de los Estados por la voracidad de los capitales, el rechazo del sufrimiento humano en tanto subjetividades y la angustia de los expertos ante el desbarajuste en la civilización.

 

El quiebre financiero como causa de los “programas” sanitarios

Es una causa esencialmente en el sentido que es lo que determina cómo se programa el “derecho” a la salud que los gobiernos deben garantizar.

El problema financiero de los Estados lleva a que la salud, los estamentos sanitarios y sus programas para todos, desechen la idea de causalidad.

En el siglo pasado, los ideales de prevención como solución a las enfermedades llamadas mentales, situaban las causas enlazadas a la orfandad con la falta de cuidados maternales. La figura del padre, cabeza de familia, iba enlazada a una madre guardadora de la familia que cuidaba a los hijos. Lo que llevó a indicaciones sobre cómo prevenir estas posibles falencias.

Por cierto pudimos constatar en el tiempo, el fracaso de estos ideales porque por estructura hay imposibilidad lógica de una prevención universal en el campo humano. La devaluación de estos ideales tuvo consecuencias: 1) sustitución por ideales de normalización sin respeto por la singularidad y 2) el mandato de sustituir las figuras parentales por las jurídicas. Simultáneo a este cambio vemos cómo los Estados buscan regular el gasto con menor inversión en salud, de lo que resultan programas sanitarios que sólo salen al cruce de problemas ya desencadenados, coyunturales o para uso de remanentes (utilizar la misma vacuna antigripal por años consecutivos porque se compraron partidas excesivas).

Constatamos que las figuras paternales tienden a extinguirse y ser sustituidas por los estamentos judiciales que por otra parte dan cuenta de sus limitaciones ante una demanda fuera de su campo.

Otro punto, La Declaración de los Derechos del Hombre, a la que se adosan los del Niño, ha llevado a un deslizamiento reflejado en cierto cambio del estatuto de “derecho”: se trata de un pasaje de estar respaldado por él, a la demanda de demostración de su ejercicio, y de allí al mandato de ese ejercicio.

Les propongo captar esta diferencia ya que bajo la nominación de ejercer un derecho: Ud. tiene derecho a…, el niño tiene derecho a cuidados maternos…, se impone “demostrar” que se lo ejerce: las instancias escolares, hospitalarias, los servicios sociales en un rol de vigilancia deben constatar que el niño es cuidado por la madre, y ante lo que se valora como fracaso, pasamos a la intervención de la justicia y de las instituciones que “cuidan” de los niños desamparados de sus padres y/o familiares.

Por otro lado, sabemos de los nuevos órdenes en la civilización, que no trataré aquí, y cómo la época nos revela la decadencia de la autoridad, del rol protector de la familia, etc.

Entonces, los psicoanalistas ¿a qué somos convocados por distintas instancias institucionales? ¿Va la ética del psicoanálisis con los fines de este llamado?

XL – Lecturas Científicas

Segunda Parte:

Señala el autor, cómo hay una creciente desconfianza hoy día en la propia ciencia. La paradoja de una ciencia sin sujeto tiene efectos catastróficos muchas veces, que escapan a su intento evaluativo y de control. En el afán por erradicar las malas sorpresas, y por sostener el principio de falsabilidad, se pierde de vista lo que podría ser un descubrimiento, un encuentro sorpresivo con lo real, o tal vez una ruptura epistemológica.

Hoy, es el consenso de la propia comunidad científica el que funciona como Otro de la garantía. No hay ciencia sin creencia. La propia ciencia asiste a su propia crisis interna. Por un lado se sabe que anda mal, pero por otro las reglas siguen siendo las mismas. ¿Relativismos relativos? ¿pluralidades de creencias?

En cuanto al goce, el psicoanálisis enseña que el goce no tiene nada de relativo. Su fijación en el fantasma de cada uno, revela la dimensión ficcional de aquel ser que habla. Su verdad engañosa adviene porque no hay Otro, más que el reducto de su propia inconsistencia.

Resta así, la posibilidad de una confianza acertada: hacia el bien decir singular de cada analizante.

Andrea F. Amendola

 

Y de ahí la serie de paradojas que se derivan de ésta:

— La investigación como una actividad de producción en un contexto de industria masiva tiene como principio la competición entre equipos, y como método la evaluación entre pares. Así, la evaluación en sus múltiples formas absorbe hoy más de la mitad del tiempo de un investigador.

— Para obtener apoyos y subvenciones, hay que hacer explícito aquello que se va a encontrar en la investigación, excluyendo así buen número de posibles malas sorpresas. Pero la ciencia ha funcionado precisamente por estas “malas sorpresas”, algunas de las cuales han hecho posibles nuevos descubrimientos.

— Dicho en términos popperianos: el famoso principio de falsabilidad puede ir en contra finalmente del encuentro sorpresivo de lo real. La ciencia no funciona en realidad por el principio de falsabilidad, principio por otra parte que casi nadie sigue actualmente. La ciencia funciona por rupturas epistemológicas —hay que releer siempre al respecto a G. Bachelard, a A. Koyré—, no por la falsabilidad de experiencias locales. Este último principio, como tampoco el anterior, no es a su vez falsable sino simplemente dejado de lado por un cambio de paradigma que subvierta al anterior. La reintroducción del sujeto en el campo y en la experiencia de la ciencia pudo ser en un momento, para Jacques Lacan, una subversión de este orden.

— El verdadero principio de cientificidad, aquello que funciona hoy como el Otro de la verdad a falta de un falsacionismo pragmático, es el consenso de la propia comunidad científica que funciona entonces de hecho como Otro de la garantía. Los Comités de Ética han sido en algunos casos un recurso para hacer más verosímil este lugar del Otro de la garantía. El Premio Nobel de Medicina en 2013, Randy Schekman, ha hecho algo más que llamar la atención sobre los impasses que esta función del consenso ha introducido en las revistas científicas y en la investigación en general. Pone de hecho en cuestión el propio sistema de validación en el que se apoya este consenso.[7]

— Si bien hay un diagnóstico compartido al respecto por una parte importante de la comunidad científica —la ciencia va mal—, se mantiene la misma creencia que la comunidad financiera ha aplicado erróneamente al mismo sistema por el que pretendía velar: la creencia que este sistema se estabilizaría y se curaría por sí mismo de sus males. En este punto, como en otros, la ciencia no sabe que cree cuando cree saber, para retomar la sabia expresión de Alain Besançon a propósito de Lenin.[8]

— No hay pues ciencia sin creencia. Pero es por no poder localizarla en su sistema que la propia ciencia está también entrando en una crisis de credibilidad apuntada hoy desde diversos flancos.

En palabras de Laurent Ségalat: “La credibilidad interna, es decir la confianza de los investigadores en los resultados de los otros investigadores, disminuye día por día, y seguirá disminuyendo lógicamente

si las reglas siguen siendo las que son. En cuanto a la credibilidad externa de la ciencia, está todavía intacta. La ciencia sigue dando, a pesar de algunas disonancias, una imagen tranquilizadora de continuidad. Surfea todavía sobre su antiguo aura. ¿Por cuánto tiempo? Nadie puede decirlo, dado que la percepción de la ciencia por el público es irracional”.[9]

 

El goce no es relativo

Entonces, en efecto, ¿en quién confiar cuando la tecnociencia de nuestro días ha dejado de lado definitivamente la singularidad del ser que habla para someterlo al principio general de una ley cibernética? Uno de los miembros más significados del Comité Consultivo Nacional de Ética en Francia (CCNE), el biólogo Henri Atlan, plantea el problema en un reciente libro,Croyances.[10] Buscando una alternativa entre el cientificismo dominante y el relativismo postmoderno, Henri Atlan apuesta finalmente, “en esta andadura de prudencia pragmática, en el caso por caso, sin regla universal”,[11] por un “relativismo moderado”, o incluso un “relativismo relativo” en el que tengan cabida “pluralidades de creencias”.

Sería, en efecto, un mundo posible donde la creencia en el inconsciente tendría también cabida, y seguramente para demostrar el valor siempre relativo de esa creencia, incluida la propia creencia en el inconsciente.

Pero si la experiencia analítica enseña algo es la existencia de un factor nada relativo en el ser que habla. Ese factor es el goce, aquel hermanito de la verdad[12] que llega a tener un valor de significación absoluta cuando queda fijado en el fantasma de cada uno. En este punto, toda verdad se convierte en sospechosa, hasta engañosa, en relación al goce que habita en el ser por el hecho de hablar.

Cuando se trata del goce, en efecto, ¿de quién fiarse? De la inconsistencia del Otro, allí donde éste ya no existe como Otro sujeto, allí donde su verdad coincide necesariamente con su valor de goce. Pero, cuidado, también allí podrás fiarte sólo de tu inconsciente[13]… si sigues siendo un analizante que ha sabido encontrar su biendecir, ese que, al decir de Jacques Lacan, no dice dónde está el Bien.

Allí, no hay duda que no lleve a una certeza imborrable.

 

Notas:

[7] Randy Schekman, “How journals like Nature, Cell and Science are damaging science”, inThe Guardian, 9/12/2013.

[8] Alain Besançon, Los orígenes intelectuales del leninismo, Ediciones Rialp, Madrid 1980, p. 23: “Lenin no sabe que cree. Cree que sabe”.

[9] Laurent Ségalat, opus cit., p. 106.

[10] Henri Atlan, Croyances, Éditions Autrement, Paris 2014.

[11] Henri Atlan, opus cit., p. 336.

[12] Para retomar la expresión de Jacques Lacan en su Seminario XVII, “El reverso del psicoanálisis”, Paidós, Buenos Aires 1992, p. 63.

[13] Retomamos aquí un luminoso tweet de Jacques-Alain Miller del 21/10/09: “Peut-on se fier à son inconscient? Oui, tout en restant sur ses gardes, car il en est de traîtres et sans foi, et d’autres qui sont bêtes…”.

Tomado de: http://miquelbassols.blogspot.com/

XXXIX – Lecturas Científicas

En esta ocasión, les acercamos este artículo de Miquel Bassols que será dividido en dos entregas. Ciencia y confianza, dos términos que el autor pone en tensión, pues si bien dirá que no hay ciencia sin creencia, no obstante, asistimos a una crisis interna de la ciencia en donde es el propio consenso de la propia comunidad científica el que viene a  ubicarse como Otro de la garantía.

En el nombre de la ciencia, aún así, las garantías devienen inconsistentes. Resta un camino posible, una confianza sin desaciertos: el bien decir al que llega cada sujeto en análisis.

 

Primera Parte:

 

En esta primera entrega, Bassols precisa cómo la confianza remite, al igual que el amor, al hacer existir al lugar del Otro, de quien se espera, al menos cierta reciprocidad. Garantizar la confianza ante un público, sin incluir la dimensión subjetiva, sino proponiendo al Otro de la ciencia como garante infalible, es una maniobra habitual en algunos discursos dominantes.

Una paradoja se impone, ya que todo intento de forcluir al sujeto que produce los mismos objetos de los cuales se espera devengan infalibles, revela que toda garantía se diluye, aún en el nombre de la ciencia.

Recuerda una observación que hace Lacan en el seminario III, que apunta precisamente a lo que está presente en el pensamiento científico, desde Descartes hasta la actualidad: la creencia irreductible en un Dios que no puede engañarnos.

 

 Andrea F. Amendola

 

 

¿En quién confiar?* La pregunta está bien planteada: en quién y no en qué. La dimensión de la confianza supone siempre, en algún lugar, un sujeto del deseo, un sujeto de la decisión que puede responder o no, que puede engañar o no. La confianza, como el amor, hace existir al lugar del Otro del que se espera una reciprocidad.

Y, sin embargo, cuando alguien quiere asegurar esa confianza, garantizarla ante el público, prefiere hacerlo refiriéndola a un lugar del Otro que no haga signo de sujeto alguno, preferentemente a un objeto despersonalizado. En Octubre de 2014, cuando el presidente Obama salió ante las cámaras para tranquilizar al mundo en plena crisis de contagio del virus del ébola, enfatizó su mensaje recurriendo a la evidencia científica de los datos empíricos, más que a los sujetos que los producían y los manejaban: “Esto es la ciencia, estos son los hechos (…) Debemos ser guiados por la ciencia, debemos ser guiados por los hechos, no por el miedo”.[1] La ciencia moderna, como lugar del Otro que no engaña, viene en efecto al lugar del Dios de Descartes, lugar del que de hecho esa misma ciencia es deudora.

Recientemente, en ocasión del dramático siniestro del vuelo de Germanwings estrellado en los Alpes, el comentario se ha hecho escuchar en distintos ámbitos: mejor confiar en las máquinas, en los programas, que no en las personas, mucho más complicadas e imprevisibles. Pero el argumento introduce una primera paradoja: no hay objeto en el cual confiar sin la suposición de alguien, un sujeto, que ha producido ese objeto y en el que reposa la confianza de su uso. De hecho, fue activando el piloto automático con unos parámetros determinados como el avión de Germanwings fue a estrellarse de manera precisa en el lugar especialmente pensado por el sujeto.

La dimensión del sujeto de la confianza resulta así irreductible, aunque muchas veces sea preciso obviarlo, incluso forcluirlo, para garantizar esa confianza. Esta es, en efecto, la paradoja en la que reposa la ciencia desde su nacimiento y que en nuestros días se ve llevada hasta sus últimas consecuencias.

 

El Dios que no engaña

Recordemos la temprana observación de Jacques Lacan en su Seminario III al abordar el elemento no engañoso en el discurso como un punto de referencia fundamental, “incluso para lo que llamamos objetividad, el mundo objetivado de la ciencia”.[2] Se trata de aislar aquello que no puede engañar y que la ciencia ha situado en la reproducibilidad de un experimento, más allá de su comunicación por la palabra. Si un experimento no puede reproducirse no es fiable, no puede validarse de ninguna forma. De ahí, en efecto, que el psicoanálisis no pueda nunca ser considerado una ciencia de manera plena: ¿cómo reproducir el efecto de una interpretación, de un sueño, de un acto fallido, de una formación del inconsciente?

El elemento no engañoso y su posición en el discurso no ha sido sin embargo siempre el mismo.

Para Aristóteles y el pensamiento anterior a la ciencia moderna, este elemento no se encontraba en la repetición de la experiencia sino en la repetición de la posición de los objetos supralunares en el firmamento. “Las cosas en tanto vuelven siempre al mismo lugar, a saber, las esferas celestes”[3] eran aquello que aseguraba la no-mentira del Otro en tanto real.

Es muy distinto encontrar lo que no engaña en la esencia divina de lo que vuelve siempre al mismo lugar que encontrarlo en la reproducibilidad de una experiencia. Con el advenimiento de la ciencia, las voces de las esferas celestes fueron silenciadas por las letras de la fórmula que rige la ley de gravitación universal y ésta debe verificarse en la repetición de la experiencia, haciéndola así falsable según el conocido criterio de cientificidad de Popper.

La observación de Lacan apunta sin embargo a aquello que está presente en el pensamiento científico a partir de Descartes en la creencia irreductible en un Dios que no puede engañarnos. Es un Dios que también está presente en Einstein —Dios es astuto pero honesto, no juega a los dados— y también, de hecho, en muchos presupuestos de la ciencia actual, lo sepa o no. Erwin Schrödinger lo llamó “la hipótesis p” en un artículo al que hemos dedicado una atenta lectura en otro lugar.[4]

 

“¿Hay un piloto en el avión de la ciencia?”

Desde esta perspectiva, podemos captar hoy un nuevo fenómeno, que podría parecer sorprendente y que no puede explicarse simplemente por los casos de impostura, cada vez más frecuentes por otra parte, propios de toda empresa económico-científica: es el aumento progresivo de la desconfianza en la propia ciencia después de un tiempo en el que ha ocupado el lugar de sujeto supuesto saber que tenía la religión.

Entre otros muchos, alguien como Laurent Ségalat,[5] genetista y exdirector de investigación en el CNRS, ha puesto sobre la mesa el cuestionamiento actual de esta credibilidad. El primer párrafo de su ensayo publicado en 2009, La science à bout de soufle, se nos aparece hoy extrañamente actual, y ello por partida doble: “¿Hacia dónde va la ciencia?, se preguntaba ya Max Planck hace tres cuartos de siglo en un célebre libro consagrado al funcionamiento de la investigación. Esta pregunta es hoy de una ardiente actualidad. ¿Hay un piloto en el avión de la ciencia? No. ¿Corre el riesgo el avión de la ciencia de estrellarse? El riesgo es real. Es la tesis de este ensayo”.[6]

El argumento cientificista que Laurent Ségalat critica en su ensayo sigue de manera siniestra la misma paradoja que ha permitido estrellar estos días un avión real en los Alpes: redoblar las medidas de control y seguridad, de evaluación objetiva para controlar el factor humano termina por encerrarlo cada vez más en el interior del propio sistema que se trataba de salvaguardar. Es la paradoja del sujeto de una ciencia sin sujeto.

 

NOTAS

* Texto original del artículo publicado en francés en la revista de la ECF, “La Cause du Désir” nº 90, dedicado al tema À qui se fier?

[1] That’s the science, those are the facts (…) We have to be guided by the science, we have to be guided by the facts, not fear. Barak Obama, 25/10/2013.

[2] Jacques Lacan, Seminario 3, Las psicosis, Paidos, Buenos Aires 1981, p. 95.

[3] Ibidem, p. 97.

[4] Schrödinger E. (1935), “Algunas observaciones sobre las bases del conocimiento científico” en La nueva mecánica ondulatoria y otros escritos, Madrid: Biblioteca Nueva, 2001.

[5] Laurent Ségalat es alguien que, más allá de su culpabilidad real, se ha encontrado con la inconsistencia del Otro de la ley jurídica al recibir dos sentencias contrarias sobre el mismo proceso que se instruyó contra él acusado del asesinato de su suegra. El asunto “Ségalat” sigue hoy dando vueltas tanto en los medios de comunicación como en los medios jurídicos como un ejemplo especialmente espinoso de la pregunta: ¿de quién fiarse? No es pues por nada que hemos escogido precisamente su argumentación, tan sólida como instructiva cuando se trata de abordar la no existencia del Otro de la garantía en la ciencia.

[6] Laurent Ségalat, La science à bout de souffle, Editions du Seuil, Paris 2009, p. 7.

 

XXXVIII – Lecturas Científicas

En esta segunda y ultima parte, Hellemeyer, parte de la característica atribuida a la teoría Lacaniana de la ciencia, cuya tesis desarrollada en la Ciencia y la verdad”, establece que el psicoanálisis opera sobre el sujeto de la ciencia, un sujeto determinado bajo este modo singular de constitución.

Milner  enfatiza sobre un punto; la contingencia y dice que la ciencia moderna se apoya enteramente en la contingencia, siendo este un punto central en el psicoanálisis.

Dirá que cada punto de cada referente de cada proposición de la ciencia aparece en un instante relampagueante, y la letra lo fija como es, y como no pudiendo ser diferente a lo que es, salvo cambiando la letra.

Una vez que la ciencia ha fijado la letra impone el olvido de la contingencia que la autorizó, a esto Lacan lo llama sutura, en tanto el sujeto es el que emerge en ese relámpago, donde los dados se encuentran girando, sutura y forclusión del sujeto.

 

Angela Vitale

 

 

Qué características se le atribuye a la teoría lacaniana de la ciencia? En primer lugar la idea de que la ciencia es esencial para la existencia del psicoanálisis. Si se trata de un elemento esencial no funciona ya en exterioridad al modo de un ideal, sino que es consustancial a su propia existencia. De este modo, la tesis lacaniana desarrollada en “La ciencia y la verdad”, establece que el psicoanálisis opera sobre el sujeto de la ciencia, es decir, sobre un sujeto determinado bajo este modo singular de constitución.

Si la ciencia para Lacan estructura de manera intrínseca la materialidad de su objeto, esto indica que no es exterior y es precisamente esta perspectiva la que hace caer inmediatamente la idea freudiana de un “ideal de la ciencia”, y consecuentemente cualquier forma de “ciencia ideal”. Más aún, Lacan invierte esta pregunta formulándose: Qué es una ciencia que incluya al psicoanálisis? Reseñas de Enseñanza [1984]. Manantial.

Milner, por su parte, establece tres axiomas en la teoria lacaniana de la ciencia. Cito textualmente a continuación:

a.- la ciencia moderna se constituye por el cristianismo en tanto éste se distingue en el mundo antiguo.

b.- dado que el punto de distinción entre el cristianismo y el mundo antiguo depende del judaismo, la ciencia moderna se constituye por lo que hay de judío en el cristianismo.

c.- todo lo que es moderno es sincrónico con la ciencia galileana, y sólo es moderno lo que es sincrónico con la ciencia galileana.

La hipótesis del sujeto de la ciencia reposa en el cogito cartesiano. Lacan ha comentado profusamente este término, en “ La instancia de la letra” y en “La ciencia y la verdad” , estableciendo, tal como se ha comentado previamente, que el sujeto freudiano en la medida en que es intrínsecamente moderno, no podría ser otro que el sujeto cartesiano.

Esta afirmación no se sostiene en una mera coincidencia cronológica, sino en una cercanía discursiva. El sujeto aparece despojado de toda cualidad, al igual que la matematización elimina cualquier atributo del objeto. El sujeto de este modo es despojado, no solo de sus cualidades empíricas y morales, sino también formales, el sujeto no posee ni reflexividad ni conciencia.

El pensamiento sin cualidades -establece Lacan- es lo que hace posible fundar el inconsciente freudiano. En tanto hay pensamiento en el sueño, hay inconsciente.

Milner propone nominar a la teoría de la ciencia en Lacan como un “doctrinal de la ciencia”, en tanto el mismo reúne la conjunción de proposiciones sobre la ciencia y el sujeto. Hay un punto especialmente enfatizado por Milner relativo a la contingencia.

La ciencia moderna se apoya enteramente en la contingencia, y este es asimismo un punto central en el psicoanálisis.: cada punto de cada referente de cada proposición de la ciencia, aparece, “en un instante relampagueante, pudiendo ser infinitamente diferente de lo que es… la letra lo fijó como es, y como no pudiendo ser diferente de lo que es, salvo cambiando de letra. Es decir, de partida”.

“[…] manifestar que un punto del universo es como es, requiere que se tiren los dados de un universo posible donde ese punto sería diferente de lo que es. Al intervalo de tiempo donde los dados giran, antes de volver a caer, la doctrina le dio un nombre, emergencia del sujeto […]” (Milner, La obra clara).

Milner aclara esta cuestión, demostrando lógicamente que la ciencia una vez que ha fijado la letra impone el olvido de la contingencia que la autorizó. A esto llama Lacan en “ La ciencia y la verdad” sutura, en tanto el sujeto es lo que emerge en ese “relámpago donde los dados se encuentran girando”, sutura y forclusión, concluye Milner, son necesariamente sutura y forclusión del sujeto.

Ahora bien, el problema de la contingencia y de la letra que busca fijar “ los posibles” trae consigo el problema de lo infinito. El conjunto integral de los puntos a los que refieren las proposiciones de la ciencia se denomina coloquialmente, universo.

En el sentido de un conjunto cerrado de proposiciones que para sostener su consistencia interna debe cerrarse a cualquier elemento heterogéneo. El problema que se plantea es que cada uno de esos puntos/proposiciones se deja capturar solo como una oscilación de variación infinita. Es decir basta con una sola variación para que universos posibles sean distintos. A propósito de este punto Milner explicita: “Los universos posibles son infinitos en número, dado que el universo no existe para la ciencia sino por el rodeo de esos universos posibles, el universo es necesariamente infinito…”. Es decir, el infinito llega al universo por la vía de la contingencia, y “ le llega desde su propio interior”.

La operación que el psicoanálisis inaugura, reintroduce al sujeto en el universo, retirándolo de su lugar (propio de la episteme antigua) de excepción. Ni el alma, ni la conciencia del hombre, ni Dios – como ejemplos precisos del “fuera del universo” serán ya una excepción que por su propia condición constituían un todo cerrado- sino que pierden sus privilegios. El inconsciente freudiano hace perder al hombre ese lugar de excepción y en ese movimiento la figura de Dios es afectada. Ya no hay fuera del universo.

La afirmación lacaniana: Dios es inconsciente, en primer lugar habla de que el nombre del inconsciente “escribe” la inexistencia de cualquier fuera de universo, si Dios designa en el mundo antiguo un fuera de universo –indica Milner– el advenimiento de la modernidad indica “el triunfo del inconsciente incluso sobre Dios”.

En el psicoanálisis el inconsciente parasita lo consciente, lo manifiesta como pudiendo ser infinitamente distinto de lo que es.

Dice Milner: …en su fondo el psicoanálisis es una doctrina del universo entendido y concebido como infinito y contingente…

 

Referencias bibliográficas

•    Milner, J.C. (2002). La obra clara: Lacan, la ciencia y la filosofía. Ed. Manantial.

•    Lacan, J. (1957). “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”. Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI.

•    J. Lacan. (1974) El triunfo de la Religión. Conferencia de prensa en el Centro Cultural Francés, el 29 de octubre de 1974.

•    Freud. S. (1927). El porvenir de una ilusión. Amorrortu Editores.

•    S. Freud . (1912). Totem y tabú. Amorrortu Editores.

 

XXXVII – Lecturas Científicas

Andrea Hellemeyer, Psicoanalista argentina, residente en Bogotá. Asociada a la NEL-Bogotá, Miembro de La Antena Infancia y Juventud de Bogotá. Docente e investigadora en Ética y Valores de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y del Instituto de Bioética de la Universidad Javeriana en Bogotá. Autora de varios artículos relacionados con el tema y autora en el libro de reciente aparición: Destinos del testimonio: víctima, autor, silencio.

La autora   realiza una articulación posible entre  ciencia, religión y psicoanálisis. Hará un contrapunto entre lo que desarrolla Freud y Lacan.

La cuestión concerniente a Dios, Freud  la deja de lado porque Dios mismo escapa a cualquier racionalismo, no así con la fe, se pregunta: ¿Cómo es posible creer en Dios? Allí donde el saber falta, se erige la fe. A mayor ininteligibilidad mayor es el dogma.

Freud aborda el origen de la religiosidad en Totem y Tabú, estableciendo la tesis de Dios en tanto padre idealizado. Lacan, por el contrario, se preguntará; ¿Cómo es posible no creer en Dios? en el afán de darle sentido a todo, garantizaría su éxito.

En relación a la ciencia, Freud sostiene el anhelo de que el propio psicoanálisis  lo sea, en tanto Lacan no se interesa por este ideal,  indicando que tampoco existe para el psicoanálisis una ciencia ideal.

 

Angela Vitale

 

 

En el presente escrito abordaremos una cierta articulación posible entre ciencia, religión y psicoanálisis.

En la obra freudiana encontramos el abordaje del vínculo entre ciencia y religión en diferentes escritos. Resulta interesante advertir, antes de adentrarnos en el análisis de dichos textos, que la cuestión concerniente a Dios -como tal- es un problema que Freud explícitamente deja por fuera de su campo de interés en la medida que el problema mismo de Dios escapa a cualquier racionalismo.

Dirá Freud, que en tanto no es posible obtener una prueba de su existencia, el tema de Dios no resulta un objeto de estudio pertinente al método racional de investigación. Sin embargo, agregará, no ocurre lo mismo con la fé. En la medida en que ella es racionalmente constatable, Freud se ocupará de ella.

La pregunta que Freud se hace, podría formularse en los siguientes términos: Cómo es posible creer en Dios?

En El porvenir de una ilusión [1927], Freud vaticina que la ciencia triunfará sobre la religión, estableciendo de este modo una diferencia taxativa entre la razón científica y la fé.

La fe religiosa se produce en el punto de falla del saber, donde el saber falta es allí donde se erige la fe. Es decir, a mayor ininteligibilidad mayor es el dogma. Así encontramos en el “credo quia absurdum” sentencia atribuida a Tertuliano, Padre de la Iglesia, un claro ejemplo de esta afirmación. “Lo creo porque es absurdo” supone que las doctrinas religiosas se sustraen de las exigencias de la razón , ubicándose, a la vez, por encima de ellas. Esta sustracción o completo distanciamiento es un punto de aproximación de las ilusiones (concepto ampliamente analizado por Freud en el texto citado), respecto de las ideas delirantes. Ambas comparten el hecho de ser indemostrables y en consecuencia también irrefutables.

La génesis de la fe, el origen de la religiosidad, es abordada por Freud en Tótem y tabú [1912] estableciéndose en este texto la tesis de Dios en tanto padre idealizado. De este modo, la añoranza al padre se encontrará en la base de la necesidad religiosa. Resulta interesante advertir el contrapunto entre diferentes escritos dedicados a esta cuestión. En el Porvenir de una ilusión [1927] la tesis hace hincapié en el primitivo desvalimiento infantil.

La vivencia de desamparo es la encargada de producir la creencia de un padre/providencia divina, capaz de atenuar la angustia ante los peligros de la vida.

Freud establece una ligazón lógica entre ambas tesis, en tanto el motivo de la nostalgia por el padre es: “idéntico a la necesidad de ser protegido de las consecuencias de la impotencia humana, la defensa frente al desvalimiento infantil confiere sus rasgos característicos a la reacción ante el desvalimiento que el adulto mismo se ve precisado a reconocer, reacción que es justamente la formación de la religión”.

Freud, establece de modo claro, el estatuto ilusorio de la fe en la medida de que se trata de una creencia motivada por el cumplimiento de un deseo. En este sentido, la religión misma es un síntoma estructurado al modo de una neurosis obsesiva en tanto se encuentra allí una verdad reprimida y una satisfacción velada.

El sujeto de la religión comete, siguiendo esta linea de pensamiento, al menos dos “pecados”:

– cobardía, por no querer saber del real que nos atañe como sujetos mortales ( la muerte, la miseria, el desamparo -en términos freudianos-).

– ignorancia: no querer saber de las pulsiones implicadas en el Edipo.

Estos “pecados” le permiten a Freud sostener la argumentación a favor de la educación laica y esclarecer la particular resistencia que ofrece el síntoma religioso al análisis.

Freud sostendrá firmemente, como argumento contra sus detractores, una concepción de la ciencia en disyunción con la ilusión propia de la religiosidad. Dirá Freud a propósito de la ciencia: …”sí sería ilusorio, en cambio …., esperar de otro lado lo que ella no puede darnos”.

En este punto resulta interesante realizar un contrapunto con la concepción lacaniana de la ciencia.

Si para Freud la pregunta se formulaba bajo los siguientes términos: Cómo es posible creer en Dios? Para Lacan, por el contrario, será : Cómo es posible no creer en Dios?

En El triunfo de la Religión, en la entrevista del año 70´ que se le realiza en Roma, Lacan vaticina que la religión triunfará sobre el psicoanálisis. El afán de dar sentido a todo, garantizará su éxito: “ por poco que la ciencia ponga de su parte, lo real se extenderá, y la religión tendrá entonces muchos más motivos aún para apaciguar los corazones”. “La ciencia, que es lo nuevo, introducirá montones de cosas perturbadoras en la vida de cada uno. Sin embargo, la religión, sobre todo la verdadera [la romana], tiene recursos que ni siquiera podemos sospechar. Por ahora basta ver cómo bulle. “[…] Se tomaron su tiempo, pero de pronto comprendieron cuáles eran sus posibilidades frente a la ciencia. […] Y sobre sentido conocen bastante, ya que son capaces de dar sentido a cualquier cosa: un sentido a la vida humana, por ejemplo”. (p. 79).

Lacan plantea en “ La ciencia y la verdad” que el sujeto sobre el que operamos en psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de la ciencia. El descubrimiento freudiano no hubiera podido tener lugar sin la ciencia moderna.

Ahora bien, cuál es la concepción freudiana de la ciencia? J.C. Milner, en La obra clara señala que la teoría de la ciencia en Freud reside en lo que se acuerda en denominar “el cientificismo de Freud “, asunto que hemos mencionado anteriormente y del que los textos anteriormente citados dan profusas pruebas. Este cientificismo no es mas que el asentimiento que Freud otorga al “ideal de la ciencia” Ese ideal sostiene el anhelo freudiano de que el propio psicoanálisis lo sea.

En este punto encontramos una disyunción en la perspectiva lacaniana de la ciencia. Lacan no se interesa por este ideal de la ciencia para el psicoanálisis. Indicará: “tampoco existe para el psicoanálisis una ciencia ideal”.

XXXVI – Lecturas Científicas

Gustavo Dessal, psicoanalista en Madrid y escritor de numerosos textos de literatura y psicoanálisis.

Fernando Martín Aduriz, psicoanalista en Palencia y coautor del libro ‘La sociedad de la vigilancia y sus criminales’.

Parte II: En esta segunda parte de la entrevista Aduriz interroga sobre “El futuro del Mycoplasma Laboratorium”, de Jacques-Alain Miller. En ese texto da una particular definición del psicoanálisis como “una nueva forma de discurso, el producto artificial de la logotecnología más avanzada”, y que no es seguro que sus practicantes aún se hayan dado cuenta del discurso inédito al que sirven. (Tecnología es una palabra de origen griego, τεχνολογία, formada por téchnē (τέχνη, arte, técnica u oficio, que puede ser traducido como destreza), en el mundo de la tecnología, el logo es el distintivo compuesto por letras e imágenes, peculiar de una empresa, una marca o un producto, y debe reunir varias características: ser legible, reproducible, escalable, distinguible y memorable. Dessal responde y continúan desarrollando otros artículos del libro.

 Patricia Pena

 

Fernando Martín Aduriz: Jacques-Alain Miller en “El futuro del Mycoplasma Laboratorium” define sorprendentemente al psicoanálisis como “una nueva forma de discurso, el producto artificial de la logotecnología más avanzada”. Y añade que no es seguro que sus practicantes aún se hayan dado cuenta del discurso inédito al que sirven. ¿Está de acuerdo?

Gustavo Dessal: A los psicoanalistas nos resulta difícil tomar conciencia cabal de lo que el psicoanálisis significa. De allí que a lo largo de la historia del movimiento analítico no ha dejado de producirse permanentemente una tendencia a la psicologización de la doctrina y la praxis. Ha sucedido con Anna Freud, y ha sucedido incluso en nuestra Escuela. Es la prueba de que hay algo imposible de soportar en ese discurso, más allá de la pasión con la que los psicoanalistas intentamos sostener nuestra experiencia.

Fernando Martín Aduriz: Ud. mismo dice en el Prefacio que “el querer de la ciencia, su pasión y su deseo de saber, está causado por una ignorancia que le es inherente”.

Gustavo Dessal: Es, en síntesis, la tesis de Lacan sobre la ciencia.

Fernando Martín Aduriz: Guy Briole se pregunta por el lugar del médico cuando sabe que el paciente sólo quiere obtener de él un objeto-medicamento…

Gustavo Dessal: Su ensayo es muy fino. Desarrolla con mucha pertinencia lo que Lacan señaló a propósito de las relaciones entre el psicoanálisis y la medicina, y cómo el discurso analítico puede servir para reconducir la práctica médica hacia sus fundamentos no sólo clínicos sino también éticos.

Fernando Martín Aduriz: Y por último, una referencia al trabajo breve pero muy clarificador del doctor Santiago Castellanos, y que se titula “Acerca de la impostura científica de las terapias cognitivo-conductuales”. Afirma: “Ninguna de las revisiones sistemáticas otorga evidencia científica a las terapias cognitivo-conductuales ni a sus ensayos publicados”. En la batalla que sostenemos con quienes desprecian al psicoanálisis, este dato es muy revelador, y puede dar muchas pistas a los psicoanalistas y los debates que mantienen…

Gustavo Dessal: El doctor Castellanos ha realizado una excelente investigación sobre este tema que valdría la pena proseguir. Sería fundamental que algunos psicoanalistas estuviesen dispuestos a profundizar en la teoría de las TCC. Su carácter “científico” es otra de las grandes estafas que gozan de la aquiescencia de los poderes universitarios y sanitarios.

Fernando Martín Aduriz: Muchas gracias Gustavo y mucho éxito de ventas. Y de lecturas

 

(Extraído del Blog de la ELP)

XXXV – Lecturas Científicas

Gustavo Dessal, psicoanalista en Madrid y escritor de numerosos textos de literatura y psicoanálisis.

Fernando Martín Aduriz, psicoanalista en Palencia y coautor del libro ‘La sociedad de la vigilancia y sus criminales’.

Esta entrevista fue realizada en el contexto de la aparición de un Libro titulado Las Ciencias Inhumanas, de la Colección ELP, dirigida por Vicente Palomera y editado por Gredos. Se trata de una compilación de 23 artículos  de psicoanalistas, filósofos y científicos. Su autor, Gustavo Dessal realiza una compilación de textos: Jacques-Alain Miller, Éric Laurent, Miquel Bassols, y él mismo entre otros tantos. 

 

Parte I:  En esta primera parte Dessal cuenta como se le impuso el título de este libro, dedicado al público en general. La idea transmitida y captada por los autores de los textos, en sus propias palabras, era dar cuenta del avance del cientificismo y los efectos deshumanizantes de sus discursos y prácticas, que se suelen amparar en lo científico. 

La entrevista transcurre con comentarios sobre algunos de los artículos del libro, la pregunta de Aduriz sobre el  libro-denuncia, le permite a Dessal afirmar que este libro, desde el psicoanálisis, “es el testimonio de que no estamos dispuestos a que en nombre de la ciencia se pueda justificar cualquier cosa”.  

 Patricia Pena

 

Es un libro para desmentir que la ciencia se equivoque con el cientificismo. O que el psicoanálisis como disciplina pueda dejar de tener interés, incluso para los científicos, comprometidos ellos mismos con su subjetividad en las investigaciones que emprenden, en la razón de su empresa, en la verificación de sus efectos. Científicos a quienes les importe que el significante científico pueda sobrevivir a todo fracaso.

Hemos entrevistado para dar a conocer este libro a su compilador, Gustavo Dessal.

Fernando Martín Aduriz: En primer lugar, enhorabuena por este acierto. ¿De quién fue la idea de publicar este libro?

Gustavo Dessal: Hace algunos años que vengo considerando la necesidad de este libro. Los psicoanalistas no podíamos seguir de brazos cruzados frente a la creciente colonización que el discurso científico viene llevando a cabo en el terreno de la subjetividad. Se imponía una denuncia importante del cientificismo, que es -por así decirlo- una desviación innoble de la ciencia, que por desgracia se reproduce con gran facilidad en las últimas décadas. Un buen día, de repente, se me impuso el título “Las ciencias inhumanas”, y a partir de allí me puse en movimiento para concretar el libro. Reunir veintitrés trabajos en distintas lenguas no ha sido una tarea fácil, pero el resultado me ha dejado realmente satisfecho. Todos los autores supieron captar muy bien la idea, que consistía, entre otras cosas, en poder llegar a un público que no fuese necesariamente especializado en psicoanálisis, y al que poder sensibilizar sobre los efectos deshumanizantes de ciertas discursos y prácticas que se amparan en el método “científico”. Escribo este término entrecomillado, para dejar bien claro que no basta con anunciar el carácter científico de una afirmación, para que ésta necesariamente lo sea.

Fernando Martín Aduriz: El artículo titulado “Hablemos de la locura”, de nuestro colega José María Álvarez pone de manifiesto cómo en lo tocante a las enfermedades mentales la ciencia se ha puesto de lado del mercantilismo, de la invención de enfermedades mentales y ha abandonado la clínica clásica, la historia, el psicoanálisis…

Gustavo Dessal: Sin duda, a medida que la industria farmacéutica ha penetrado en al campo de la enfermedad mental, la psiquiatría ha entrado en la pendiente de la desaparición como práctica clínica. El psiquiatra se ha convertido en un técnico que correlaciona un listado de síndromes creados a la medida de esa industria, con los medicamentos que esta produce.

Fernando Martín Aduriz: Rosa López hace un relato extraordinario sobre un hecho histórico que pudo cambiar la historia, el encuentro de Heisenberg y Bohr. Quizá algunos puedan ver en este encuentro el momento álgido del libro: dos científicos frente a frente ¿se detendrán ante los avances científicos y las posteriores consecuencias? Dejemos que el lector lo descubra, pero no le parece Dessal que esta entrevista es muy actual…

Gustavo Dessal: Absolutamente. Lo que no es tan seguro es que abunden los científicos dispuestos a interrogarse por su papel en el mundo, y por la función que la ciencia debe tener. Cada vez se cuestiona menos la alianza entre ciencia e industria.

Fernando Martín Aduriz: El largo artículo “La reducción cientificista de lo humano”, de Peteiro, un médico experto en análisis clínicos y Manuel Fernández Blanco, psicoanalista, finaliza con una llamada a nuestro deber ético: denunciar a las falsas ciencias. ¿Este libro es un libro-denuncia?

Gustavo Dessal: Lo es sin disimulo. Algunos colegas me han criticado el título, por considerar que podía herir la susceptibilidad de los científicos. Desde luego, el psicoanálisis no es un discurso que se opone a la ciencia. Pero este libro es el testimonio de que no estamos dispuestos a que en nombre de la ciencia se pueda justificar cualquier cosa.